Por Arturo J. Flores
En 2002, realicé esta crónica del Cirque du Soleil. Eran tiempos sin influencers ni creadores de contenido. Así que le propuse a Ocesa pasar algunos días tras bambalinas para conocer cómo vivían los artistas antes del estreno. Al final, sólo me autorizaron un día. Pero de ahí salió esta crónica que originalmente se publicó en la desaparecida edición de Playboy México.
Cuando era niño, Alejandro Cuenca quería ser bombero. Quizá por ello, cuando se deja caer de espaldas desde esa gran altura y su cuerpo rebota en el trampolín, se ve de lo más divertido. Se ha de imaginar que ha rescatado a una linda chica de las llamas. Y nosotros, si fuéramos los curiosos que suelen reunirse en las tragedias urbanas, aplaudiríamos a rabiar. Eso no cambia, porque los visitantes que noche a noche abarrotan la Carpa Santa Fe donde se lleva a cabo la actual temporada de Dralion, casi se acaban las manos de tanto batirlas.

Minutos antes de acudir al ensayo de su acto, me encuentro con él afuera del gimnasio que los artistas tienen a su disposición en la carpa menor. (Éste es el sitio favorito de Bruce Mather, el director artístico y adonde acude a relajarse cuando tiene un coñazo con la oficina, como me dijo en español el canadiense).
Ahí, Alejandro se retira uno de los audífonos del iPod y extiende su portentosa diestra para saludarme. Alcanzo a escuchar un ritmo familiar en su reproductor de música.
—¿Qué escuchas? —le pregunto.
—Metallica —responde el catalán.
Cuando el baterista del grupo que acompaña en vivo a Dralion se lo permite, Alejandro se coloca detrás de la tarola y los toms, para azotarlos con la contundencia de sus brazos. También me cuenta que momentos antes de lanzarse al vacío, su corazón late como la batería de doble bombo de Iggor Cavalera.
—Es un subidón de adrenalina. Por eso, en escena yo intento poner a mis movimientos la agresividad del metal —menciona Alejandro, mientras se seca el sudor. De sus días de rock le sobrevive un tatuaje en el brazo. Es su nombre escrito en letras tribales.
Se despide. Quedamos de ir a un bar de heavy. Los lunes, los artistas de Dralion tiene el día libre y aunque la compañía los ha llevado de paseo al Palacio de Bellas Artes, la Condesa o el Zócalo, Alejandro tiene deseos de beber algo mientras escucha un tema de Iron Maiden. Quizá aquella que decía: «Hell ain’t a bad place, Hell is from here to eternity».

Más que una nariz roja
Quiso retirar el gancho del soporte, pero no lo logró. Intentó quitarlo con cuidado, pero por más vueltas que daba, el artefacto de metal continuaba unido al tubo. Entonces se desesperó y arremetió con violentas sacudidas. La frente de Philippe Aymard se llenó de sudor y sus ojos de furia.
Después de cinco minutos llegó a una conclusión: el gancho era el triunfador y no habría poder humano sobre la tierra que lo arrancara del tubo del clóset. El francés cayó entonces en la cuenta de la situación. Había invertido diez minutos de su vida en pelearse con un gancho de ropa que los diseñadores del Hotel Camino Real de Santa Fe, donde se hospeda el artista, habían decidido que no se quitara del soporte. Philippe se miró a sí mismo y no le quedó de otra que morirse de la risa.
—Eso me hace reír, los accidentes de la vida —me dice Philippe, uno de los tres payasos de Dralion.
Esta mañana, la compañía llevó a algunos de sus artistas al mercado de Jamaica para que compraran adornos para el árbol de Navidad que pondrían en el comedor. Para la ocasión, el chef de Dralion —a quien llaman Titi— preparó chocolate caliente, brownies y galletas navideñas. Titi, lejos de parecer el profesional que durante siete años estudió alta cocina, se expresa igual que una venerable abuela al frente de una enorme familia.
—Mi trabajo es proveer la gasolina para esta maquinaria y créeme, después de tantos años viajando con ellos, conozco bien sus gustos —expresa.
Su especialidad es el pescado, porque viene de la costa de Francia, pero aquí en México ha aprendido a cocinar hasta chilaquiles.
—Mi staff local me enseñó que lo tex mex no es cocina mexicana y, ¿sabes qué? ¡Qué bueno!
Después de adornar el árbol, Philippe quiere salir a tomar el sol.
—También me hacen reír los niños, por su inocencia —abunda en su respuesta. Eadie, la pequeña hija de su colega Spencer camina muy cerca. Trae el teléfono de Carite, su madre, en la oreja. Philippe la observa.
—Si no fuera payaso, sería vendedor de flores, cualquier cosa que signifique obsequiar algo a la gente.
En el pasado, Philippe ofreció divertimento a niños en hospitales. Todo lo que tiene que ver con su trabajo lo explica apasionadamente. Parece mentira que sea el mismo hombrecito que anoche, en la función, me hizo desternillarme a carcajadas cuando salía corriendo, perseguido por un dragón chino.
—Este circo me recuerda a la Torre de Babel. Comenzamos una frase en chino o en inglés, pero la acabamos en francés o en español. Todos los que estamos aquí compartimos un mensaje de amor.
—¿Es que nada te hace llorar? —insisto.
—Una bonita canción —ataja.
—¿Y qué te hace enojar?
—Lo mismo que me hace reír —y, en efecto, se vuelve a carcajear. Yo también, porque me siento atrapado en su dialéctica «payasística». Entonces Philippe comparte que sí hay algo que le molesta: que cuando la gente se entera de que es payaso, lo torture con un «cuéntame un chiste».

DRALION
Resulta de la fusión de dragón (Oriente) y león (Occidente). El show fue creado en 1999 por Guy Caron, uno de los primeros directores artísticos del circo.
En la primera escena aparece un pequeño buda que será el guía durante el espectáculo. Al voltear el reloj de arena que tiene en las manos, llama a cuatro personajes que simbolizan los elementos: Yao (fuego), Azala (aire), Oceane (agua) y Gaya (tierra).
Dralion ha viajado por 65 ciudades en 14 países. Más de 8 millones de personas lo han visto. El año pasado, el Cirque du Soleil celebró 25 años de existencia.

Quiero ser chino cuando crezca
En este circo no huele a estiércol, porque no hay animales. Lo que sí hay es un taller de sastrería, dirigido por Marcel Bofil, antes vestuarista de cine. También hay lavadoras automáticas a la orden de los artistas. Un autobús los transporta de las carpas a su hotel y de vuelta. En el comedor se puede navegar en Internet, para que todos se sientan más cerca de sus familias. Los niños que viven en el circo cuentan con su propia escuela.
Billy Chang, el encargado de representar a Yao, el elemento fuego en la historia de Dralion, revisa su Facebook mientras disfruta un poco de pasta. Esta semana fue su cumpleaños 26 y lo pasó lejos de su madre. Aunque Titi le hizo un pastel, Billy pasó el día compartiendo sus experiencias en Dralion con los estudiantes de una escuela mexicana de arte circense.
—Cuando era niño, quería ser monje y vivir en un templo. Ahora descubrí que es mejor transmitir emociones a la gente en vivo —me cuenta.
De todos modos es un chico saludable como un monje. No bebe alcohol y cuida bastante su alimentación. A menudo, su madre va de gira con él. En muchos aspectos continúa siendo un niño. Ayer, la compañía lo llevó al Desierto de los Leones para realizar una sesión fotográfica para un periódico y Billy trajo su propia cámara. No paró de retratar el suelo, las piedras y las plantas. Se maravillaba de todo.
—Al principio, mi mamá no quería que me uniera el circo porque estaría mucho tiempo fuera de casa, pero después me apoyó. Por eso bailé el día de mi cumpleaños. El día que nací fue un día de sufrimiento para mi madre y es por ello que le rindo tributo bailando. Mi cumpleaños no es mi día, es de ella.
Vivir en el Circo conlleva ese revés: extrañar la casa. A Alejandro, el encargado del trampolín, pasar la Navidad en otro país le afecta porque le recuerda la muerte de su padre.
—Pero los compañeros siempre me ponen alegre —afirma.
Li-Siqi participa en un acto de equilibrismo y piensa igual que su compatriota Chang. La muchacha celebró sus 18 durante la estancia de Dralion en Monterrey.
—Mi familia está lejos, pero yo me siento afortunada de tener cuatro años viajando con el Circo. Es algo que no todas las chicas de mi edad pueden presumir. ¿Qué he aprendido? Inglés, sobre todo, porque al principio apenas podía decir «How are you?».
El Circo es un mal hereditario, progresivo y no reversible. Se transmite de generación en generación. Mientras el pequeño Moe, hermano de Eadie, es ayudado por Alejandro Cuenca para colocar la estrella en la punta del pino, Carite me confía que su hijo no quiere ser payaso, igual que el padre, pero sí trabajar en el circo.

—Él dice que quiere ser acróbata chino cuando crezca, pero no sé cómo lo va a lograr. Acróbata puede ser, pero ¿chino? —menciona entre risas.
Éste no es el único caso. El búlgaro Ivan Vladimiro, entrenador de Alejandro Cuenca, solía realizar un truco en otro circo, el Ringling Bros., junto a su hija. Se llamaba La Rueda de la Muerte y a ella le dio el mismo consejo que al catalán:
—No puedes darte el lujo de tener miedo cuando realizas acrobacias.
Algo tiene de mágico este mundo, pues Hampus Jansson, el suizo que junto a su hermana Hanna realiza el acto aéreo Pas de Deux, no duda en decirme que con tantas guerras, gente mala y abusos en el planeta «nunca me siento tan seguro como cuando estoy en el aire».