Por Joel Ossorio
Cuando leí Las tres leyes del tiempo por primera vez, lo que me encontré no fue una clase de física disfrazada de poesía. Me encontré con alguien que está tratando de decir algo que le urge, y que usa la ciencia como pretexto para hablar de lo que de verdad le importa; esto se nos va acabar y no sabemos cuándo. Esa urgencia es la que sostiene cada página y la que, al final, le da al libro su peso real.
Hay una frase que aparece casi desde el principio y que se queda anclada a uno: “El tiempo no existe, solo existe el presente. En todas partes, siempre es presente”. Fuera del libro puede sonar a un lugar común, pero dentro funciona distinto, por que el autor no la suelta como un mantra lindo —La construye, la rodea de imágenes, la hace doler lo suficiente—. No te dice “vide el momento” como salida fácil. Te dice algo más incómodo, que no hay de otra. Que no hay un ayer al que puedas regresar ni un mañana garantizado. En el poema “Hoy puedo cambiar”, eso se siente con toda la fuerza, la idea de que en un solo instante puedes construir algo enorme o echar todo abajo.
Lo que hace que todo sea creíble es que el autor no usa la ciencia para verse inteligente. La usa para explicar cosas que se sienten en el cuerpo. La relatividad aquí no es una fórmula; es la manera en que un minuto dura una eternidad cuando extrañas a alguien, o desaparece en un parpadeo cuando estás bien. También escribe que “el espacio se deforma cuando agrego a mi texto una consonante”. Las palabras alterando la forma de las cosas. Hace saltos desde el principio de Pareto al recuerdo íntimo de unas trencitas color durazno. Y todo funciona, por que no le tiene miedo a mezclar lo inmeso con lo cotidiano. Habla de átomos que se rompen para alumbrar ciudades y también de la fe, del agua que un día se convertirá en Dios. Esos saltos son los que le dan al libro su pulso, no en el ejercicio intelectual, sino el de alguien que intenta entender su propia vida con todas las herramientas que tiene al alcance.
Hay un momento en el libro donde el silencio deja de ser pausa y se convierte en riesgo. El autor lo sabe, el silencio puede ser odio, enojo u olvido. Pero también es el lugar donde ocurre lo que importa. “Arrebato el tiempo sus minuciosas pausas/ Acelero porque nos quiero nos digo / Y luego me detengo en un azul primero / Atecedente de esta comunión contigo”. Ahí está todo, la prisa desesperada por querer todo antes de que se acabe y la necesidad de frenar el mundo un segundo para no perder lo que tenemos. Ese tira y afloja es, para mí, lo más honesto que ofrece el libro.
El poema “Camino a Marte” me recordó a esa escena de Interestelar donde el protagonista entra a Gargantúa y queda suspendido en un lugar donde puede ver el tiempo pero no tocarlo. El autor escribe desde un sitio parecido —un páramo, un abismo de recuerdos— y desde ahí pregunta tres veces al día “¿y es verdad que nos amamos?”. Esa pregunta no es retórica. Es de alguien que necesita la respuesta para seguir. Después viene la rendición: “el cuerpo sobra cuando el alma vuela / y yo aquí me quedo contigo volando”. No es derrota. Es aceptar que el amor es quiza lo único que no se deforma con el tiempo, y que para entenderlo, a veces basca con sentirlo.
El autor escribió un libro sobre el tiempo usando las herramientas de la física, pero lo que construyó no es un tratado, es un espacio donde detenerse. Un lugar donde la relatividad deja de ser teoría y se convierte en la distancia entre dos cuerpos que se extrañan, donde el presente deja de ser concepto y se vuelve la única casa que tenemos. Las tres leyes del tiempo no explica el universo. Hace algo más difícil, nos pide que lo habitemos.
