Por Sonia Yáñez
—¿Ya saben qué van a dar de comer?
Pregunta un chico mientras se incorpora en la fila, donde las personas esperan su turno para llevar su comida. La última señora contesta:
—Carne con nopales en salsa verde.
—Será salsa con carne —contesta el joven con una risa burlona.
La señora, lo increpa:
—Pues da de saltos que hoy toca eso. Con 11 pesos muchos de los que estamos aquí podemos comer diario. Aparte de tu guisado te dan frijoles y arroz. Vete al mercado —refiriéndose al mercado de Portales— a ver cuánto te cobran por la misma ración. Vas a gastar más de 90 pesos.
El chico supo que su comentario sarcástico había causado una gran ámpula entre los demás comensales que apoyaron a la señora. Decidió permanecer en silencio y pasar el resto del tiempo desapercibido.
A las 13:00 horas, de lunes a viernes, las personas comienzan a formar una fila en la calle de Mario Rojas Avendaño, de la colonia San Simón Ticumac, en la Ciudad de México. En sus bolsas de mandado o de tela llevan los recipientes limpios y sus tapas, en ellos guardarán la comida que entrega cada día el Comedor Comunitario “Frida”.
Este espacio comenzó a operar el 18 de marzo de 2017, en el “Programa de Comedores Comunitarios y Comedores Públicos” que desde su creación, en el 2009, formaba parte de la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESO). En el 2019 la operación fue asignada a la Secretaría de Inclusión y Bienestar Social (SIBISO) y desde el 2024 lleva el nombre de “Programa de Comedores para el Bienestar”, que contempla el servicio de comedores públicos, móviles y, por supuesto, comunitarios. Su principal objetivo es proveer de alimentos accesibles a la población vulnerable, principalmente personas en situación de calle o de muy bajos recursos. Sin embargo, con el tiempo cada comedor se convirtió en una oportunidad para que la población en general tenga acceso a comida caliente por 11 pesos, sin importar su situación económica. Actualmente están registrados 415 comedores en las 16 alcaldías de la Ciudad de México.
Gracias a esa comida aparentemente simple —guisado, frijoles, arroz, agua simple y una barra de amaranto como postre— las personas que forman parte de la comunidad se conocen, sin importar si viven en esa colonia u otro sitio cercano.
La primera vez
Mi experiencia gastronómica comenzó en 2015, el comedor “Las Margaritas” está ubicado en la calle de San Felipe de Jesús, en el pueblo de Xoco. Todos los días llegaba puntual, a las 14:30 horas, para comer. Mi sueldo no daba para pagar las comidas de las fondas que estaban alrededor, donde el costo de una comida era de unos 75 pesos, sin propina, un equivalente de 1,500 pesos mensuales. En ese entonces mi salario llegaba a 6,600 pesos, sin descontar los impuestos.
Durante mi embarazo me alimenté de manera balanceada en ese comedor lleno de mesas y sillas blancas, que recibían a trabajadores de las oficinas del ya desaparecido Bancomer cercano al metro Coyoacán; a empleados de la Cineteca, a trabajadores de la construcción que levantaban la Torre Mitikah y a madres de familia que llegaban con sus hijos después de la escuela. Todos coincidíamos en ese lugar, algunos nos reconocíamos, aprovechábamos para sentarnos juntos y entre todos apoyarnos para servirnos agua en los vasos que nos facilitaba Lupita, quien atendía el comedor.
Era curioso que a varios de mis compañeros del IMER (Instituto Mexicano de la Radio) les daba pena verme salir de ahí. Preferían voltear a otro lado o caminar más rápido para evitar el saludo. Un trabajador de avanzada edad, también pasaba por la misma situación con sus compañeros de la Cineteca Nacional. Por alguna razón era mal visto comer en un comedor comunitario.
Las miradas esquivas de mis compañeros no fueron impedimento para continuar con un ritual que disfrutaba, porque conocí gente nueva que me acompañaba con un saludo, una sonrisa o una charla breve.
| l día que renuncié a mi trabajo, también finalizó mi experiencia en el comedor “Las Margaritas”.
Ahora con itacate
Regresé a consumir los guisados, el arroz y los frijolitos de los comedores comunitarios en el 2022, aunque ya sin comer en el lugar. Durante estos cuatro años, cuando no tengo tiempo de preparar comida en mi casa por trabajo o por bajo presupuesto, mi salvación es el comedor comunitario. Ahora llevo mi itacate para comer en casa.
Alberto Peralta de Legarreta en su libro La Mesa de Todos, Historia de la Gastronomía Callejera en la Ciudad de México, escribe sobre la importancia de las fondas, las cocinas económicas y los comedores comunitarios que apoyan a las personas para obtener alimentos a bajo costo. Estos lugares ofrecen un menú fijo para consumir en el lugar, también puedes pedir tu comida para llevar. Peralta menciona que las fondas y comedores ofrecen sopas aguadas, frijoles, arroz, guisados varios, caldos con verdura y moles ligeros con un sazón similar al que podemos obtener en casa.
Los platillos mencionados por el investigador son similares a los que se sirven en el Comedor Comunitario “Frida”. Tres mujeres, las encargadas de este comedor, inician su jornada a las 10 de la mañana de lunes a viernes, cuando comienza la cocción y preparación de los platillos que fueron planeados para cada día de la semana: arroz blanco o rojo –a veces esta guarnición puede ser sustituida por lentejas o sopa aguada–; frijoles con caldo y guisados que varían entre las tortitas de amaranto, ensalada de atún, chorizo con papas en salsa roja, pollo con mole, chilaquiles, calabacitas a la mexicana, chicharrón en salsa verde, albóndigas, quesadillas de papa, nopales con huevo, carne con papas en salsa verde, picadillo y tinga de pollo. Cada día se preparan en ese lugar de 10 a 15 kilos de comida para repartir a una población aproximada de 40 personas.
A las 13:30, las tres mujeres comienzan a servir. Algunas personas –las menos– comen en la pequeña accesoria convertida en comedor; el resto reciben los alimentos en sus recipientes para llevar.
A diferencia del comedor en Xoco, en la colonia San Simón la convivencia se da al exterior, en la banqueta. A dos casas del local, poco a poco la gente comienza a tomar su lugar. La primera en la fila siempre es Teresita, una señora de 78 años, de baja estatura, cabello corto con chinos blancos. Todos le cedemos el primer turno porque no puede permanecer mucho tiempo de pie, camina lento y en temporada de invierno puede escucharse el jadeo que atraviesa su grueso cubrebocas. Después de recibir su porción, se despide de cada persona en la fila, con un apretón de manos firme. A veces algunos de los que toman el turno dos, acompañan a Teresita para asegurarse que llegue bien a casa.
La mayoría de los consumidores del comedor “Frida” son personas de la tercera edad. Aprovechan el tiempo de espera para saludar a los amigos que han creado ahí, se ponen al día y cuentan sus inquietudes políticas y religiosas, que a veces derivan en buenos debates callejeros. Entre ellos se comparten el chisme del guisado del día. Si no es del agrado de alguna persona, esta abandona su turno, pero no se va, sigue en la plática. Es el espacio que tienen para conversar debido a que la mayoría viven solos.
Varias madres de familia llegan con la carriola o el pequeño crío que se impacienta por la espera. Estas mujeres son las que más batallan para entretener a sus hijos, que aún no van a escuela.
Antes de las 14:00 horas, aparece de manera apresurada un señor que viste una playera de trabajo con algunas manchas de grasa. Sus manos están recién lavadas para recoger su porción del día, la cual comerá en su taller mecánico.
Todos nos saludamos y nos reconocemos con una necesidad en común: conseguir alimentos que se adecuen a nuestro presupuesto. En algunas ocasiones aumenta la población que requiere el servicio. Las tres mujeres le sirven a todos un plato de comida. De acuerdo a las reglas de operación del Programa de Comedores por el Bienestar, no se le puede negar la comida al público en general. Esto ocasiona que las raciones se terminen antes de tiempo y que a veces regresemos a casa con las manos vacías, pensando en un plan B. Otros buscan la forma de llegar a otro comedor comunitario cercano. A ver si alcanzan algo.
Cuando te conviertes en un comensal frecuente de estos lugares, no sólo recibes un plato con arroz, frijoles, un guisado, agua simple y postre; además tienes la oportunidad de integrarte a la comunidad de un barrio que, a través de la comida, te invita a conocer sus historias de vida.