Por Carlos Emilio Zavala
“Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos (…):
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro”.
“Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo”.
JAIME GIL DE BIEDMA, PANDÉMICA Y CELESTE.
Estos versos nacen a partir del poema Pandémica y Celeste, que forma parte del poemario Moralidades de Jaime Gil de Biedma publicado en 1966. El poema de Biedma, desde mi perspectiva, explora el amor en sus dos formas: Lo pandémico, lo más pasional y corporal. Lo celeste, el amor idealizado y romántico. A raíz de lo anterior reflexiono y escribo desde la hipótesis que, a mi modo de ver, Biedma plantea: estas dos formas del amor conviven en una misma persona, en un mismo poema o en una misma visión del amor, y son más trascendentes que las moralidades en turno.
LA BELLEZA
Como perros,
así mordemos la belleza.
Como perros desesperados
para que nadie más la coma,
salivando hasta escurrir
la calle, el plato y la cama.
Olfateamos antes de tragar,
dispuestos a que nos amarren,
a desconocer las manos conocidas.
Como perros hambrientos
así mordemos la belleza.
EL AMOR
Yo decidí caminar,
porque nunca llegabas.
Y sigo sin encontrarte.
Beso tras beso,
no me creen
—los amantes de ocasión—
que te busco y fracaso.
Las promesas que no voy a cumplir,
la soledad dominical,
los cuerpos ajenos
no sirven para nada.
Cuando te busco
todo sirve para nada.
Y qué blasfemia no encontrarte.
Y, lo mejor,
qué hermosas
las cosas inservibles.
LA MENTIRA
Para enamorarse de una mentira
hay que enamorarse aún más de la verdad.
Tú a mí no me amas.
Yo lo sé y no me importa.
Tú tal vez sepas que sé
que finges, que prefieres platicar
a experimentar nuevas
formas del amor.
Mientes.
Me pongo a desgastar los labios
en besos sin sabores:
Hago trabajos de amor dispersos
tan necesarios y cálidos
—como uñas de pies rojas—
en noches deshonestas.
EL DESNUDO
Ayer aprendí la diferencia
entre conmover y convencer
al mismo tiempo
que José Luis Cuevas,
en un autorretrato
explica que el desnudo
por sí solo no es erótico.
No basta
con ver tu cuerpo,
quiero desvestirlo.
No basta que veas mi pecho
poblado de chinos inconclusos
si no lo ves antes asomarse
por el botón de una camisa.
Ayer, aprendí
que en nada se parece estar desnudos
a empezar con impaciencia a desnudarnos.
LA SAUDADE
—¿Conoces el significado
de la palabra saudade? —pregunto.
Ney Matogrosso
canta À distância
mientras te desnudas.
Ya sin disfraces y sin calle,
te pegas a los muros,
a los muebles, a la cama.
Ya sin disfraces,
dices que es algo
parecido a la nostalgia.
Me besas, nos libamos
mientras pienso que te extraño
aunque hoy estás conmigo.
EL SUDOR
Livianos cuerpos masculinos
nadan sobre mí
hacia la orilla de la cama.
Lentos, embarran su juventud
sobre mi piel rasposa
y lentos contaminan
mis ojos con sus piernas.
Me besan,
mis labios pesados flotan
cuando livianos cuerpos masculinos
nadan sobre mí
y yo tomo un respiro
y bebo sus sudores.
LA QUIETUD
No me movía,
aun así
me gritaste no te muevas.
No me movía,
aun así,
tú sudabas sobre mí.
Y tu mano en mi mejilla
como un manifiesto
fuerte y tibio
me explicó sin palabras
la quietud.
EL PECADO
Pienso en las formas del pecado
tanto como si hay un cielo
o un infierno
o si bien ya estamos
en uno de esos sitios.
Pienso si esto es un pecado
y por qué no siento culpa,
o esas ganas de ir a confesarme
que contaban los mayores.
Pienso que tú también lo piensas,
porque cuando termina
el juego de sábanas gastadas
nos decimos te amo
y juras
y juro
que es solo por aquello
de la educación católica
y el arrepentimiento.
LOS MILAGROS
Me observas
como solo se observa la figura
de Jesús crucificado.
Tus ojos imploran
mientras oras.
Yo escucho tu rezo,
pides milagros
como solo se le piden
a Jesús crucificado.
Y más que sentirme
hijo del espíritu santo
descubro el paraíso terrenal
y no entiendo cómo
con ojos tan vulgares
dios no hace milagros
un poquito más seguido.
EL CUIDADO
I
Hombre que no se cuida
ya no sabe hablar de otra cosa
que no sea de Machado, Lispector o de ti.
Condenado por el mundo de los cuidadosos
—al menos hasta que se cuide—
a la extensa soledad de los robustos,
extraña tus medias rotas
y ese cuerpo delgado,
cálido, que odia la quietud.
II
Hombre que no se cuida
te explica lo detestable
que puede llegar a ser
la similitud de los hombres perfectos.
Y dice que eres perfecta,
pero no por tu cuerpo liviano
sino por tu forma única
de mirar las cosas menos observadas
de este mundo.
III
Hombre que no se cuida
se junta con personas descuidadas.
Casi se estrella,
casi te olvida,
casi lo decide.
Y se divierte
—porque sabe quererse—
con personas
que besan hombres descuidados.
IV
Hombre que no se cuida
ha comenzado a creer en el olvido.
Como muchos otros
cada vez más cree
en cosas que no existen.
Hombre que no se cuida
cree que pronto puede convertirse
en un recuerdo.
V
Hombre que no se cuida
piensa con alegría en el amor
sin conocer que los pensamientos
de un hombre descuidado
tienden pronto a volverse líquidos,
salir del ojo y rodar por la mejilla.
Y llora por pensar en Colliure.
Y llora porque Macabea le recuerda a la muerte.
Y llora porque tú prefieres
hombres que se cuidan.
LA COSTUMBRE
Imposible la América
más diestra que siniestra,
los debates de sofá,
el departamento sin cortinas,
tratar de nombrar en un poema
la verticalidad desnuda
de tus casi 30 años.
Imposible no contemplarnos
junto al café o la ventana,
buscar nuestro lenguaje
entre calles y librerías,
decidir ser,
entre antropófagos discretos,
animalitos de costumbres.
EL ESPACIO
Sería pecado habitar
el espacio en su positividad,
sería absurdo decir:
Habitación de 7 x 4, altura 2.70,
pocos acabados, los necesarios
y dos cuerpos desnudos.
Uno robusto, otro delgado.
Espacio es experiencia.
¿Por qué traer números
a una breve descripción
de la geometría del asombro?
EL NO SABER
Nunca supe comer
sin tener hambre
ni forzar las desveladas
ni rogar por los amores.
Nunca supe decir te necesito
ni beber agua sin sed
ni fumar sin un motivo comprensible.
Espero me disculpes si me quedo dormido.
LA FIDELIDAD
No puedo decirte
que he aprendido
a no esperar,
pero te espero
o que busco mi nombre
en tu voz de trigal mecido por el aire.
Hoy somos las cosas que no hacemos ni decimos.
Nacen muertas las palabras
de amor que no te digo
y he comenzado
a odiar mi boca
que se queda con las ganas
de tu boca.
LA ROJA
Roja la tarde líquida, roja.
Se va por las manos,
por los árboles tristes
que suenan al mar,
por los cuerpos
del incorpóreo amor
que reposan en calma…
Roja la tarde líquida y roja.
Roja por escuchar mi nombre salir
de tu boca roja.
LA MORAL
No es mi cuerpo
un campo de batalla
para que la moral
le gane guerras al deseo.
No es mi cuerpo
un espacio ejemplar
de normas estrictas
y espacios definidos.
Aquí adentro
el fuego acaba con la calma:
arde como deben arder
los asuntos corporales.
LO ESENCIAL
Para quemarse vivo,
para entender
que pronto seremos ceniza,
para hacerse el muerto,
para reírnos de la muerte.
Para conocer el olvido,
para ver florecer
la espinosa flor
que emana del odio,
para vestirnos de soledad,
para creer en un instante
que podemos ser eternos.
Para todo eso
haber amado es esencial.
Con alevosía, con engaño,
con sangre en los colmillos.
EL VERDADERO AMOR
¿Acaso existe?
¿En verdad las personas se desvelan
porque mariposas famélicas de aire
desesperan en su abdomen?
Cansado, pero agradecido
como peregrino
que llega a la iglesia
para rezarle a la cruz.
Cansado, pero agradecido
por besar cuerpos
sin sentir al otro día culpa
o ganas de morirme.
Me pregunto
¿Dónde está?
¿Acaso existe?
Explorador de muslos,
casi siempre en ayunas,
retardos por congestión sexual
y por creer en el amor,
—siempre se llega tarde
cuando uno está enamorado.
Explorador de palabras imprecisas…
Me pregunto
¿Acaso existe?
¿Dónde habrá quedado?
Famélico, como el mundo,
incapaz de estar bien
consigo mismo.
Famélico por exceso de sudores
y de sueños.
Extraño por sentirme extraño
al borde de una cama,
odiándome porque la moral
pierde batallas en mi pecho.
Torpe como animal lúcido,
esperando a otro animal
para vaciar nuestros instintos.
Yo te pregunto:
¿Dónde está?
¿Cuál es?
¿Acaso existe?