Cosas que se olvidan sin querer

Por Joel Ossorio

Llegué del trabajo y encontré una caja sobre el tapete. No recordaba haber pedido algo, por eso no la esperaba. Venía con mi nombre, sin remitente. La tomé, le di vueltas, la sacudí un poco. Algo en mí me dijo que la dejara, que no la abriera. Pero soy muy chismoso y la abrí.

Dentro había un encendedor Zippo rosa con las iniciales I.M. grabadas, una foto Polaroid doblada por la mitad y una nota en una hoja de cuaderno:

«Esto era tuyo, aunque te hiciste bien pendejo». 

Me reí. De alguna manera no supe si me estaba riendo de nervios o de qué. No podía ser de nadie más; nadie me escribía así. Irene llevaba dos meses muerta. No supe si la hermana o su viudo habían mandado la caja, tampoco importaba. 

Me senté en el piso con la espalda contra el sillón, la caja abierta entre mis piernas. Tomé el encendedor. Todavía tenía líquido. Lo prendí y vi la llama azul, pequeña, estable. Recordé las veces que la vi sacarlo de su bolsa, cómo lo abría con un golpe seco del pulgar. Siempre traía ese encendedor. Decía que se lo había regalado su hermana.

Desdoblé la foto. Era del grupo en el bar, aquella noche después de la presentación. Estábamos todos apretados en el cuadro: editores, diseñadores, escritores. Ella y yo salíamos al fondo, juntos, sonriendo. Yo tenía una cerveza en la mano. Ella estaba recargada en mi hombro. No recordaba que alguien hubiera tomado esa foto. O tal vez sí, pero no sabía que ella la había guardado.

Nos conocimos en la presentación de un libro que la editorial sacó en marzo. Bestiario urbano, de un autor al que nadie conocía pero que escribía bien. La presentación fue en una librería de la Condesa, de esas pequeñas con plantas y luz amarilla. Yo estaba ahí porque diseñé la portada.

Irene llegó tarde. Entró cuando el autor ya estaba a media lectura. Se sentó en una silla al fondo, sacó una libreta y empezó a dibujar. No tomaba notas, dibujaba. Cuando terminó la presentación, un grupo de nosotros decidió irse al bar de la esquina. Ella vino.

Nos sentamos en una mesa larga. Ella quedó enfrente de mí. Pidió un mezcal. Yo una cerveza. Alguien sacó el tema del diseño editorial y ella interrumpió:

—El diseño en este país está de la verga. Todo se ve igual. Portadas minimalistas con sans serif y una mancha de color. Como si tuvieran miedo de arriesgarse.

Me reí. Ella me miró.

—¿Te burlas o estás de acuerdo?

—Estoy de acuerdo —dije—. Pero yo también hago eso.

—Lo sé. Vi tu portada. No está mal, pero tampoco es… tuya.

No supe si ofenderme o agradecerle la honestidad. Terminé riéndome otra vez.

Al final de la noche, intercambiamos números. «Para hablar de diseño», dijo. Ambos sabíamos que no era solo eso.

La primera vez que nos vimos a solas fue dos semanas después. Quedamos de tomar un café en la Roma. Ella llegó con una carpeta llena de bocetos. Me mostró un proyecto personal: rediseñar portadas de clásicos de la Onda. Parménides García Saldaña, José Agustín, Gustavo Sainz.

—Los leen poco pero quiero hacer las portadas otra vez —dijo—. 

Me enseñó lo que llevaba. Trazo rápido, colores saturados, tipografías que no se parecían a nada de lo que se estaba haciendo. Eran buenas. Muy buenas.

—¿Y si lo hacemos juntos? —le dije.

Me miró como si estuviera esperando que lo dijera.

—Va.

Esa noche terminamos en su departamento. No hablamos del proyecto. Cogimos. Rápido, sin preámbulos. Después nos quedamos acostados en silencio, viendo el techo.

—Esto es solo coger, ¿no? —dijo ella.

—Sí —contesté.

—Perfecto. Porque yo estoy casada y tú… ¿estás casado?

—En permiso.

—¿Qué significa eso?

—Que técnicamente sí, pero ya no vivimos juntos.

—Ah. Bueno. Entonces está claro.

Asintió. Sacó un cigarro, su Zippo rosa y lo encendió con ese golpe seco. Me pasó el cigarro. Fumamos. No dijimos nada más.

Nos vimos dos veces más. Siempre lo mismo: hablábamos del proyecto, terminábamos cogiendo, nos despedíamos sin hacer planes concretos.

La cuarta vez fue diferente.

Quedamos de comer en un restaurante chino de la Juárez. Llevaba semanas sin verla. Cuando llegó, traía el cabello recogido y una playera con una mancha de tinta en el hombro.

—¿Qué pasó? —le pregunté, señalando la mancha.

—Accidente con un marcador. Ni me di cuenta.

Pedimos. Comimos. Hablamos del proyecto. Ella me enseñó los avances: tres portadas casi terminadas. Pasto verde, Gazapo, La tumba. Eran perfectas.

—Deberíamos buscar una editorial que quiera publicarlas —dije.

—¿En serio? ¿No te da miedo que nos digan que no?

—Sí. Pero igual deberíamos intentarlo.

Ella sonrió. Pero no era una sonrisa de emoción, era otra cosa. Como tristeza.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada. Es que… —se detuvo—. A veces pienso que esto podría ser algo más grande. No solo el proyecto. Esto. Nosotros.

Se me hizo un nudo en el estómago.

—Pero los acuerdos eran otros —dije.

—Lo sé.

Nos quedamos en silencio. La mesera trajo la cuenta. Pagamos. Salimos a la calle. Caminamos dos cuadras sin hablar.

—¿Nos vemos la próxima semana? —preguntó.

—Sí.

Nos abrazamos. Fue más largo de lo normal. Cuando nos soltamos, ella sacó su Zippo y prendió un cigarro. Me lo pasó. Fumamos parados en la esquina, viendo pasar los coches.

—A veces me dan ganas de mandar todo a la verga —dijo—. Irme contigo a otra ciudad y terminar el proyecto sin que nadie nos moleste.

—¿Y por qué no lo haces?

—Porque soy una cobarde.

Esa fue la última vez que la vi.

Dejamos de escribirnos. No hubo pelea, no hubo despedida. Solo… silencio. El proyecto quedó a medias. Las portadas, sin terminar.

Dos meses después, una amiga en común subió una historia de Instagram. Una foto de Irene con la frase: Vuela alto, hermana.

Paré de diseñar la portada que estaba haciendo. Salí del edificio para fumarme un cigarro. Le escribí a la amiga. No respondió. Busqué más información. Encontré una esquela en redes. Murió en su casa. Tenía treinta y dos años.

No fui al funeral. No sabía si tenía derecho. No era su novio, no era su pareja. Solo éramos dos que cogían y hablaban de rediseñar portadas.

Ahora, con la caja abierta frente a mí, entiendo que sí fui algo. No sé qué, pero algo.

Vuelvo a ver la foto. Estamos sonriendo. 

Prendo el encendedor otra vez. La llama azul tiembla un poco. Pienso en las portadas que nunca terminamos. En la ciudad a la que nunca nos fuimos. En todo lo que no dijimos porque teníamos miedo.

Guardo el encendedor en mi bolsillo. Dejo la foto sobre la mesa.

Prendo el Zippo una vez más solo para ver la llama azul, pequeña y terca, antes de que se le acabe el gas.