Papá soltero 

Por Alejandro González Castillo

Presa del televisor, durante mi infancia romanticé la idea de vivir en un edificio. Añoraba escapar de la casa con patio y buganvilia de mis padres para irme a rentar un departamentito frío y con alfombra, compartiendo techo con desconocidos. Ignoraba que Polanco es un accidente, un sueño que sólo cabe en la portada de La Atalaya. La Ciudad de México es en realidad una circunstancia árida y peligrosa. Cautivo de mi destino, terminaría viviendo donde lo hago hoy en día, en la periferia capitalina, en una de las zonas con mayor índice delictivo. Obra negra erguida en la orilla del infierno.

Llegué por vez primera a mi actual morada ingenuo, creyendo que encontraría vecinos con los cuales sostener una relación sonriente. Calados, estos marcaron raya desde el arranque escupiendo antes de hablar, con un trato hostil en el mejor de los casos. Huye si puedes, parecían avisarme. Fue en las esquinas circundantes, domadas por vecindades donde el narcomenudeo impera, que me sentí bienvenido sin tener que acercarme tanto; la chacaliza, simplemente, vio en mí a un cliente nuevo al que había que mimar; pásele, pruébele, me decían, como en los tianguis. Nunca le compres vicio a tus vecinos, reclama un viejo mandamiento.

Desde la ventana de mi cueva, la línea del horizonte se pinta cobriza, tóxica de día; de noche, un negro pálido, como paño de luto tapando las estrellas, sigue recalcándome que es mejor apretar los puños. Acá se trata de no morirse, siempre ha sido de esta manera. Hay que llegar a casa cuidando la calaca hasta cruzar el umbral; tras poner cerrojo, al fin se pueden relajar los músculos para subir el volumen del disco y servir el trago. Luego, se aprende a dormir con patrullas rondando, motonetas en acelere y ambulancias ululando; a despertar con gritos, reclamos y azotes. El reto es prolongar lo inevitable: el día en que las bestias que te rodean toquen a tu puerta, directamente. 

Justo encima de mi cabeza, un inquilino chino se dedica a colgar al sol carne de gato cada fin de semana, es un tipo que hace ejercicio al aire libre por la madrugada y fuma sin freno. Debajo de mí, una madre y su hijo se reclaman a diario, uno protesta por haber nacido y la otra exige que se le deje en paz, el adolescente tiene un puesto de hamburguesas mientras la madre es estilista. A mi lado derecho, un ruletero, con cámara de vigilancia sobre su número, garabatea mensajes en las cartulinas que los vecinos pegan en las paredes de las áreas comunes, donde regularmente se expone a conflictivos y morosos. Todos ustedes están trastornados, llegó a escribir el taxista alguna vez. Ese gandalla se robó mi bicicleta cuando, iluso, la dejé por unos minutos a solas en el pasillo.   

Fueron varios golpes continuos. Alguien azotaba mi puerta con la mano abierta, urgentemente. Los niños salían de la escuela, y les oía reír y gritar a la distancia tras el zumbar de la chicharra cuando los toquidos arreciaron. De pronto esbocé un desalojo. Nervioso, sentí mi calma desprenderse de la piel cual costra remojada y me asomé por la mirilla —“Alarma!, dice la calcomaníaque en mi entrada está pegada. Desde allí alcancé a divisar a dos personas forcejeando, una mujer y un hombre, según sus voces. ¡Ayúdenme! Una brega desesperada entre resoplidos. ¡Ay, ayúdeme alguien! El par entraba y salía de mi limitada visión, luchando cuerpo a cuerpo, la escena no se aclaraba. Di por hecho que el hombre atacaba a la mujer y que aquel no era un desencuentro cotidiano. Pensé en tomar un martillo.

¡Que alguien me ayude! ¡Por favor! Los gritos no cesaban, tampoco los jadeos. Se trata de no morirse, me repetí. Y por supuesto que ante tal escenario mi instinto dio una orden irrevocable: ¡No abras!, ¿qué nos ves que esos dos están fingiendo?, cuando salgas van a amagarte para terminar entrando a tu casa, se van a llevar hasta tus chanclas. Sin embargo, como luego me pasa, ignoré aquel llamado. La sutileza, voz frágil. Tomé la manija y de un jalón rápido la torcí hacia arriba. Ahora sé lo que me sucedió: me hallaba ante dos sonidos fundamentales para el homo sapiens, y ambos estaban debatiéndose en mis oídos: el grito de auxilio y el grito de amenaza. No poder distinguir cuál era el predominante fue lo que me hizo abrir.

Y me encontré, efectivamente, con un hombre y una mujer, ambos de mediana edad. Sin embargo, para mi sorpresa era ella detrás de él quien, con su antebrazo, lo ahorcaba. El hombre suplicaba auxilio. Las venas saltonas. ¿Quiénes eran?, ¿de dónde salieron? No supe qué pensar ni qué decir. En medio de tal debate, vulnerable, con mi puerta abierta de par en par, crucé la mirada con el sujeto y aprecié el tamaño de la gresca; los arañazos en el rostro hacían que no sólo de la nariz le escurriera sangre. Sin camisa, barrigón, desgreñado, lucía indefenso. ¡Ayúdame! Eso parecía que iba a reclamarme, pero entonces, con la mano que le quedaba libre, aquella le soltó una tanda de puñetazos en el rostro. Hueso contra hueso. Cada golpe sonaba como rodillazo en el piso.

Cerré la puerta de inmediato. ¿Qué hacer?, me pregunté. ¿Poner un episodio de Papá soltero? Mentiría si dijera que entonces subí el volumen del aparato de sonido y me serví un trago para así olvidarlo todo. No. Me quedé quieto en medio de la estancia, con los oídos atentos. Ansioso. A rastras, la mujer iba a llevarse al individuo por las escaleras, donde sus gritos reverberarían hasta extraviarse.


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