Por Paty Salinas
Lo que recuerdo de la primera vez que me puse unos guantes de box es la sensación de meter mis manos en una cueva de cuero. Los guantes estaban deshilachados por fuera, sus áreas sumidas delataban una esponja vencida por tanto uso. No sé si eran rojos o azules, pero sí que el túnel que recorrían mis manos estaba mojado. Esa agua insólita dentro del hueco oscuro no era un líquido recién derramado, sino una humedad vieja que, de tanto renovarse día a día con sudores de dos o tres peleadores, nunca terminaba de secarse. Los guantes, por supuesto, no eran míos. Eran parte del equipo de entrenamiento del gimnasio de boxeo Ricardo Flores Magón, el primero al que asistí.
Como se usaban en los dos turnos de la mañana y en el de la tarde, siempre que sacaba mis manos de los guantes, empapadas e impregnadas hasta las uñas con el mal olor de las humedades de tantos cuerpos, me decía que sin falta ese mismo día compraría los míos. Pero nunca lo hacía. Dejé que pasaran varios meses quizá porque comprar unos guantes implicaba decidir que ese dinero no se iría a la basura; era afirmar que continuaría entrenando, que usaría mis guantes hasta que la esponja se venciera, las costuras se abrieran y los restos de mi propio olor fueran irrespirables.
Mis primeros guantes me los regaló el Papirrín. Después de haber estado ranqueado a nivel nacional en artes marciales mixtas, no asistió a su siguiente competencia por una lesión, un resfriado impertinente, y porque quiso darse el tiempo para conquistar a una chica. Lastimado, deprimido y sin novia, consideró que dejaría de entrenar por un tiempo, así que me dio uno de los pares que ya no iba a utilizar. Eran amarillos con el dibujo de un dragón negro en el dorso. Aunque me quedaban grandes y casi me llegaban a los codos, los usé varias semanas. Era agradable la sensación de tener unos guantes propios, de afirmar que los merecía; me gustaba ver al dragón volando en cada jab.
En mi cumpleaños número treinta, el Chino me regaló unos guantes nuevos. Los saqué de la envoltura emocionada porque eran justo los guantes que yo me habría comprado: eran de color rosa fluorescente. En el gimnasio, mis compañeros y los entrenadores me los chulearon. Siempre los sentí hechos a mi medida, al tamaño de mi euforia al ver en el espejo una imagen que pensé que no existía: yo moviéndome como un boxeador.
Mis guantes rosas me fascinan pero a veces también me dan risa. Porque había días en que no solo mis guantes eran color rosa, sino también mi short, mi top, mi playera, mis tenis. Tanto pretender la bravuconería para terminar brincoteando la cuerda vestida toda de rosa. Mi obsesión por este color la acepté apenas hace unos años. De niña genuinamente me gustaba tanto como el azul —jugaba a ser la Power Ranger Rosa pero también Sailor Mercury, y me caían muy bien el Power Ranger Azul y el Cisne de los Caballeros del Zodiaco—. Pero en la adolescencia decidí que ya no podía gustarme tanto, era un color aniñado, y yo tenía que crecer y ser lista, y quizá el rosita no denotaba madurez ni inteligencia. Pero secretamente eran los lápices lilas y fucsias los que yo más cuidaba entre mis útiles escolares. Ya en mis veintes decidí usar cosas rosas sin pudor, me dije que era absurdo asumir que el rosa es un color especialmente ridículo. ¿Por qué lo sería? ¿Porque está asociado a las niñas y las mujeres? Si está codificado como un símbolo de la feminidad, ¿es por eso que se considera un color frívolo, no serio?
En la conferencia que inauguró la exposición Pink: The History of a Punk, Pretty, Powerful Color en 2018, Valerie Steele, directora de The Museum at FIT, explicó que durante la Edad Media, gracias a tintes rojos traídos de India, China y Japón, en Europa el color rosa fue usado para teñir las vestimentas tanto de hombres como de mujeres. En el siglo XVIII, un nuevo tinte traído de Brasil, más brillante y duradero, se hizo popular en la corte francesa y fue así como el color rosa se insertó en el glamour de la moda. Aquí todavía el rosa era usado para cualquier vestimenta, solo en el maquillaje es que estaba relacionado con lo femenino, pues era el tono de los pigmentos que simulaban unas mejillas ruborizadas en la piel blanca. Era importante ruborizarse porque los pómulos encendidos delataban la personalidad inocente de una mujer que se escandalizaba ante lo sexual. Entonces el color rosa en el rostro, paradójicamente, denotaba candor pero también descaro: si tenías que fingir sonrojo con maquillaje era porque eras dura y cínica, incapaz ya de avergonzarte ante nada. Así, el rosa se asoció a la elegancia aristocrática de la corte tanto como a la prostitución.
La feminización del color rosa inició en el siglo XIX paralela a “la gran renuncia masculina”, un proceso en que la vestimenta de los varones renunció al color y el exceso de ornamentos, porque la sobriedad en la ropa era ahora una manera de dignificarse. Un hombre vestido llanamente de negro ya no se ocupaba del color o los accesorios pues destinaba su atención a cosas más importantes, como el trabajo. Fue en este mismo siglo que el boxeo se asoció con la masculinidad inglesa y que el boxeo femenil fue relegado del escenario hasta que se decretó su prohibición. Así que la semilla de ambas ideas —que las mujeres no boxean y que su color predilecto es el rosado— fue germinando casi al mismo tiempo.
Según las investigaciones de la doctora Steele, quizá el rosa se arraigó como color femenino por asociación con las partes sexuales de los cuerpos erotizados de las mujeres blancas –vulva, labios, lengua, pezones, la intimidad de la piel desnuda–, y por supuesto con las flores, pues es de ellas de donde viene su nombre. Sin embargo, no se sabe exactamente cuándo inició en la cultura occidental la contraposición del rosa y el azul como colores asignados al género; el registro más antiguo que encontró es una nota de La Presse de 1840 que describía un baile donde en un grupo de jóvenes vestían de azul cielo los chicos y de rosa las chicas.
En las décadas siguientes, para los bautizos, se vendían prendas en azul para nenes y rosa para nenas. Pero también hubo confusiones al respecto. Cuando a principios del siglo XX esta organización del color se trasladó de Europa a las vitrinas de los Estados Unidos, sucedió que la publicidad y muchas tiendas invirtieron los significados. Como el rosa, pensaron, era más vívido y fuerte, debía ser para los niños; el azul –más dulce y delicado– para las niñas. El desacuerdo fue tal que la mitad de las tiendas del país suscribía esta idea, hasta que a través de artículos de revistas y periódicos, a lo largo de varios años, se fue unificando públicamente el criterio como lo conocemos actualmente.
Los significados del color dependen de la época, dice Valerie Steele, y las lecturas solo se van acumulando en un palimpsesto de sentidos y connotaciones.
El pudor por el tono de mi outfit deportivo se esfuma cuando admito que esta ropa me hace sentir bien y pretendo que luzco tan cool como el Cadillac color flamingo de Sugar Ray Robinson.
Durante los años cuarenta Robinson se había convertido en el amo del ring, pero sus habilidades como bailarín, su pasión por la música y el glamour lo hicieron también amo de la noche y las calles de Harlem, cuya geografía recorría de la mano de Edna Mae, la hermosa vedette que fue esposa. La pareja era la realeza del barrio y el auto era la corona que terminaría por encumbrar al boxeador como una celebridad. En 1950 Sugar estaba en el cénit de su carrera cuando vio hermosos flamingos en Miami y decidió que el tono de sus plumas sería el color del nuevo Cadillac que estaba por comprar en el Bronx; ya no habría más Buicks azul oscuro en su colección.
Sugar era tan virtuoso como nadie antes había existido y quizás no existiría. Combinaba la agilidad, la rapidez y la gracia de ligereza, con la violencia del poder, y la dureza de la resistencia. “Hubo peleas en que Sugar fue un pianista con los guantes puestos –dice Herb Boyd en Pound for Pound–, un solista en un recital de pugilismo, un atleta en total control de su cuerpo y de las leyes del ritmo. Era una perfecta máquina de pelea”. Robinson era un prodigio y era negro. Cuando empezó a brillar en el boxeo profesional aún estaba prohibido que los hombres negros se enfrentaran en combate con los blancos. Ya siendo “el mejor libra por libra” —concepto que se inventó para él, para atinar a describirlo a falta de elogios suficientes—, no le estaba permitido el paso a bares y restaurantes que no aceptaban “negros, judíos o perros”. Pero él inauguró su propio salón, Sugar Ray Robinson’s Café, donde cualquier noche se podía ver a Frank Sinatra o Nat King Cole, y en cuya fachada estacionaba el Cadillac flamingo, del que no se cansaba de fanfarronear. Escribe Boyd: “solo había un Sugar Ray Robinson en el mundo, y ahora solo había un Cadillac rosa, siempre con un par de guantes colgando del espejo retrovisor. La gente venía especialmente a ver el brillante coche nuevo, que bajo el sol irradiaba un brillo especial. Era tan popular que la revista Life envió a un fotógrafo a retratar el auto estacionado afuera del café”. Ver el Cadillac rosa navegando el asfalto de Nueva York era un espectáculo que nadie se quería perder: no cabía duda, ahí iba Sugar.
Si hubo lugares que le cerraron el paso en su país, él se llevó el Cadillac a su gira por Europa. Llegó conduciendo a los rings, pero también recorrió París al volante vestido por los mejores sastres de Londres –corbata rosa, traje gris, reluciente pañuelo blanco asomándose del bolsillo– con Edna Mae portando Schiaparelli de pies a cabeza y abrigada con pieles. A ambos lados del mar, el Cadillac flamingo fue un escándalo y un manifiesto.
Cuando me pongo los guantes también recuerdo a Christy Martin subiendo al ring vestida de rosa dispuesta a noquear a quien tuviera enfrente. No paraba hasta que el satín rosita bebé de su short no terminaba salpicado con gruesas gotas de sangre propia y de su contrincante. Fue gracias a esa dualidad entre dulzura y violencia que se hizo famosa; cuando Don King la vio sombreando en su oficina, bella, precisa e insolente, se dio cuenta de que justamente eso sería el espectáculo, la “magia de la emoción” que tanto buscaba. Y no se equivocó. La firmó como su promotor y la presentó ante la prensa como the first lady in boxing, una estrella dinámica y hermosa.
El boxeo femenil ya empezaba a ganar público a inicios de los noventa, pero fue la presencia de Christy lo que hizo crecer el negocio: además de ser una bomba como boxeadora, era bonita, de modo que su coquetería no se perdía en la selva del ring, al contrario, lucía aún más entre los golpes y el sudor. Cuando en 1996 su pelea contra Deirdre Gogarty fue la más ovacionada de la noche en una cartelera encabezada por Mike Tyson, Martin se convirtió por fin en una rockstar. Ganó dinero, apareció en portadas de revistas y programas de televisión, se dio el lujo de ser presumida y arrogante, de ondear la bandera de su propia feminidad en la cara de sus rudas contrincantes para alimentar su encarnizada rivalidad. Pero la fama no tardó en acrecentar el infierno que vivía en casa; Christy codiciaba continuar en la cima del profesionalismo, pero también sabía que su entrenador, que también era su marido, ya no podía enseñarle nada, tenía que conseguir a alguien más si pretendía seguir siendo la reina del boxeo. Pero James Martin, veinticinco años mayor que ella, no estaba dispuesto a soltar el control de su mina de oro, si lo dejaba la mataría.
Después de su pelea contra Laila Ali, la más mediática de su carrera pero en la que cayó noqueada en el cuarto round, todo se fue en picada. Su casa y el gimnasio se inundaron de cocaína mientras James intensificó el abuso y la manipulación. Aun así, ella seguía peleando; su récord era de 49 peleas ganadas –32 de ellas por nocaut–, cinco combates perdidos y tres empates. Un día el entrenador se enteró de que Christhy había iniciado un romance con una amiga de la infancia. El 23 de noviembre de 2010, enloquecido, la apuñaló tres veces debajo del brazo, una cuarta en el pecho, y le disparó con su pistola rosa para rematarla. Pero el cuerpo de Christhy, atleta como era, eligió vivir; cuando él la dio por muerta y abrió la regadera para lavarse las heridas, la boxeadora se levantó; con la bala incrustada y la sangre brotando a chorros alcanzó la calle para pedir ayuda. Esa fue su victoria número cincuenta. “Me disparaste con mi propia pistola a quemarropa, pero adivina qué, maldito. Logré salir. Logré salir”, le dijo Christy a James obligándolo a sostenerle la mirada durante el juicio en donde lo condenaron a veinticinco años de prisión. Ella sobrevivió y él se pudre en la cárcel hasta el día de hoy. En 2017 Christy se casó con su excontrincante del ring Lisa Holewyne; en 2020 entró al Salón Internacional de la Fama del Boxeo y se hizo promotora.
Me divierte ver mis guantes porque en sí mismos son una contradicción, una explosión diminuta. Una especie de broma. Si todavía el color rosa está asociado a la suavidad y a la ternura, a los supuestos gustos inocentes de las niñas, no habría un objeto que se sienta más opuesto a esa mansedad que unos guantes para golpear, olorosos y violentos. Dicen también que en el furor hay encanto. Aunque su fosforescencia se ha ido deslavando y la esponja a veces se escapa, cuando me los calzo decido que yo también soy de ese color: brillante e imposible de ignorar. Su arrogante coquetería reclama un lugar: es un recordatorio de que, contra toda regla, cualquier ser asociado a lo femenino un día puede entrar en combate. Ser fulminante. Y que, junto a los brillos y los olanes, la rudeza y la violencia también forman parte de la parafernalia de la feminidad. Estos guantes, para mí, son un incendio.