El periodismo como oficio en contextos de violencia: conversación con Julieta Brambila 

Por Armando Noriega

La conversación con Julieta Brambila entra de inmediato en el tema: su libro El oficio de resistir no es un ejercicio teórico, sino el resultado de una investigación basada en testimonios y en la experiencia directa de lo que implica ejercer el periodismo en México.

Le planteo una idea que atraviesa el libro: la resistencia, no como consigna, sino como práctica. Le pregunto si resistir es una decisión consciente o una forma de supervivencia. Julieta Brambila responde que es ambas. Aclara que el libro no parte de esa pregunta, sino de otra más concreta: entender las formas de violencia y acoso que enfrentan periodistas en distintas regiones del país. Desde ahí, la resistencia aparece como una manera de nombrar lo que ocurre en las trayectorias de quienes cubren temas como violencia, corrupción o derechos humanos dentro de un entorno limitado. Algunas restricciones son directas -agresiones-, otras operan de forma estructural: precariedad, desinterés de las audiencias, desgaste. En ese contexto, explica, hay prácticas que se vuelven automáticas, formas de supervivencia que no siempre son conscientes, y al mismo tiempo decisiones deliberadas: estrategias que periodistas y colectivos desarrollan para seguir trabajando sin exponerse de manera innecesaria. Con el tiempo, dice, el oficio se ha modificado. No se cubre igual que hace diez o quince años, porque el periodismo ha tenido que adaptarse a las condiciones de la realidad que intenta narrar.

Sobre esa misma línea, le planteo otra tensión: si resistir también implica enfrentarse al entorno digital, a la desinformación y a formas de producción que han desplazado parte del lugar del periodismo tradicional. Brambila no lo reduce a un problema tecnológico. Señala que la resistencia, entendida como un prisma, permite leer distintos niveles del fenómeno. En un contexto de alta polarización política -no sólo en México-, resistir también implica sostenerse en los valores del oficio sin alinearse automáticamente con un extremo del espectro ideológico. Eso, dice, coloca al periodismo en una tensión constante entre narrativas dominantes impulsadas desde el poder y vacíos informativos que terminan ocupados por rumores, medias verdades o desinformación. En ese escenario, el periodismo de largo aliento mantiene su relevancia, no por la inmediatez, sino por su capacidad de construir contexto, verificar información y producir contenido con utilidad social. Los testimonios que reunió -más de ochenta- coinciden en un punto: quienes siguen ejerciendo el oficio lo hacen porque le atribuyen un valor que va más allá de las condiciones en las que trabajan.

La conversación se desplaza hacia un punto más incómodo: la precariedad. Le planteo el riesgo de que el periodismo crítico termine por normalizar sus propias condiciones adversas y convierta el peligro en una forma de identidad. Julieta matiza. Señala que, en principio, el periodismo tendría que ser crítico por definición, aunque en México coexisten distintas formas de ejercerlo, algunas más cercanas a intereses económicos o políticos. En ese contexto, el periodismo que busca mantener independencia implica riesgos que, en muchos casos, forman parte del ejercicio mismo. Introduce entonces otra dimensión: el momento en que quien reportea deja de estar en segundo plano y pasa a ocupar el centro de la historia. Se refiere a figuras mediáticas y a comunicadores que operan desde redes sociales, cuya presencia se construye a partir de la exposición constante. No lo plantea como descalificación, sino como un fenómeno que incrementa los riesgos en entornos donde la violencia es concreta. La visibilidad, advierte, puede convertirse en un factor de vulnerabilidad, sobre todo para quienes trabajan en lo local, donde las consecuencias son directas.

Le insisto en otro punto central del libro: la normalización de la violencia y el problema de narrarla sin que la repetición termine por vaciar su sentido. Julieta Brambila es directa. Afirma que la producción diaria de noticias no alcanza para entender una realidad como la mexicana y describe una lógica de maquila informativa que reproduce versiones oficiales sin explicar la complejidad de los hechos. Frente a eso, identifica el crecimiento de otras formas de trabajo -crónica, reportajes de largo aliento, documentales y proyectos colectivos- que no responden a la inmediatez, sino a la necesidad de profundizar, volver a los lugares y dar seguimiento. Ese tipo de cobertura permite construir relatos más cercanos a la realidad, aunque con frecuencia queda fuera de los medios más establecidos por razones económicas, políticas o editoriales. La nota diaria, sostiene, cumple una función, pero resulta insuficiente para abordar temas como violencia, derechos humanos o corrupción; hacerlo exige otra práctica, con más tiempo, más recursos y mayores obstáculos para su publicación.

En ese punto, regreso a una palabra que atraviesa toda la conversación: oficio. Le pregunto si el periodismo puede seguir llamándose así en un entorno donde las redacciones operan bajo lógicas de mercado, métricas y producción acelerada. Julieta Brambila sostiene que sí y lo define como una actividad que se aprende en la práctica, en el terreno. Aun así, reconoce que ese aprendizaje ocurre en condiciones complejas, con dificultades para transmitir conocimiento dentro del gremio y sin mecanismos claros de formación entre generaciones. Al mismo tiempo, señala la expansión de actores digitales que adoptan recursos del lenguaje periodístico, muchas veces desde la opinión o con posiciones políticas definidas. Evita centrarse en si son o no periodistas y desplaza la discusión hacia un punto más operativo: en quién confiar. En un entorno saturado de información, dice, lo relevante no es sólo quién emite, sino qué tipo de trabajo realiza y si cumple una función social. En ese marco, subraya un dato: la desconfianza creciente de las audiencias hacia los medios, un fenómeno que obliga a revisar tanto las presiones externas como las prácticas internas del periodismo.

Hacia el cierre, la conversación se concentra en dos elementos que atraviesan el libro: el miedo y la relación con el poder. Le consulto si el miedo funciona como límite o como motor. Julieta Brambila plantea que puede ser ambas cosas: por un lado, funciona como un filtro concreto al decidir si una historia se publica; por otro, es una emoción que se procesa con el tiempo, cuando se dimensionan los riesgos asumidos. Parte de esa gestión, explica, depende de la experiencia, pero también de las redes de apoyo entre colegas, que permiten tomar decisiones menos aisladas. En ese contexto, los límites no son fijos: cambian según la región, el tema y las condiciones en que se reportea. Aun así, establece un criterio claro: ninguna historia está por encima de la seguridad de quien la cuenta.

Finalmente, le planteo otra tensión: qué ocurre cuando el poder absorbe la crítica y la convierte en espectáculo, cuando el periodismo corre el riesgo de volverse un elemento decorativo dentro de un sistema que aparenta apertura. Julieta Brambila responde que la salida no pasa por una fórmula, sino por sostener dos criterios de trabajo: no escribir para el poder ni desde la complacencia, y mantener un vínculo activo con la sociedad, con las audiencias, para identificar qué historias no se están contando y qué necesidades de información siguen sin atenderse. Sobre esos ejes, plantea, es posible evitar que el ejercicio periodístico quede subsumido en esa lógica y conserve su función crítica.

Cierro con una última pregunta: qué deja todo esto, qué se pierde y qué se gana después de años de ejercer el periodismo en un entorno marcado por la violencia. Julieta Brambila responde a partir de los datos: más de ciento cincuenta periodistas asesinados en dos décadas, miles de agresiones y un contexto estructural de riesgo. El libro, precisa, no busca construir una narrativa heroica, sino preguntarse cómo, incluso en ese escenario, sigue produciéndose un periodismo relevante. Las historias, plantea, ya están publicadas y muestran que el oficio no se ha detenido, sino que se ha adaptado y reorganizado para seguir operando. No hay un cierre optimista, pero sí una constatación: existen generaciones de periodistas formadas en este ámbito que hoy producen trabajo con audiencia e incidencia.

La conversación termina sin conclusiones cerradas. Queda, en cambio, una línea sostenida a lo largo del libro y de la entrevista: el periodismo en México persiste dentro de condiciones que lo limitan, y en ese proceso resistir deja de ser una consigna para convertirse en una forma concreta de ejercer el oficio.

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