Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay
memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa:
de ese horror quién puede tener nostalgia.
LAS BATALLAS EN EL DESIERTO
José Emilio Pacheco
Por Hiram Ruvalcaba
Mi hermano me había dicho que un conejo dormía en la luna. Me juraba que si un día podía comprarse un telescopio, me ayudaría a buscarlo para que lo viéramos toda la noche. Aquél era el tiempo de las sempiternas películas de Cantinflas y de las marchas estudiantiles. El Che —cuya imagen iluminaba nuestro cuarto— acababa de ser asesinado en Bolivia. La palabra crisis casi siempre iba acompañada por otra, también de seis letras, México, que ya nunca la dejaría sola. Díaz Ordaz era Presidente de la República.
—Míralo, está acostado. Desde aquí parece una mancha, pero con un telescopio podríamos verlo claramente —decía mi hermano, la luna era una enorme crisálida argentina que lo mantenía en un sueño eterno.
Inclusive cuando se fue a estudiar a México, no dejé de salir por las noches a buscar la luna llena que flotaba solitaria entre el cardumen de estrellas. Claro que no podía ver al conejo, pero con el tiempo dejó de interesarme porque me fui acostumbrando más a ella, a la luna. Pasados algunos meses ya era capaz de entender sus devaneos. Era mi Selene nocturna, mi lámpara suspendida del universo.
Es imposible describir mi asombro cuando mi padre me dijo que el la hombre pisaría en unas semanas. No me sorprendía tanto como a él, pero lo creía igual de inusitado: aunque no sabía nada de física y no entendía muy bien las distancias, sabía que la luna era inalcanzable y esta sola palabra significaba que la humanidad estaba a punto de conseguir algo maravilloso. Los anuncios del viaje se anticiparon varios meses en la televisión y en los periódicos. Algunos comerciales jugaban con la idea. “¿De qué color es la luna? Conozca pronto la respuesta con su nuevo televisor Sears Silvertone.” “Colores nuevos para mundos nuevos: ayer la Tierra, hoy la Luna. Sherwin Williams, la principal industria mundial de pintura.” “Filete mignon Apriete, ¡especialidad espacial para astronautas! Siempre hay algo nuevo en Aurrerá.” Otra cosa había cambiado: Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins eran los nuevos superhéroes. Se puso de moda decir astronautas: fue el esplendor de una nueva palabra.
Para esas fechas mi hermano se había ido para siempre. Recuerdo que el año anterior, después de semanas sin saber de él, mi padre había viajado varias veces a la Ciudad de México para buscarlo. ¿Alguien ha visto a este muchacho? Estudiaba física en esta universidad. ¿Conocen ustedes a mi hijo? Vivió en el departamento equis casi dos años. Nadie, nadie que se acordara de él. Mi padre regresó de su último viaje muy golpeado y silencioso; nunca nos contó qué había sucedido, se limitó a decirnos que mi hermano se había sumado a la larguísima lista de los desaparecidos.
Presenciar el acontecimiento era para todos una especie de homenaje a su memoria; era nuestra última —inútil— manera de quererlo.
Ese lunes Pedro Ferriz, Miguel Alemán Velasco y Abel Quezada estaban en Cabo Kennedy. Jacobo Zabludovsky retransmitía en Houston para Canal 2 —el telescopio más grande de México— lo que estaba ocurriendo. Los que tenían televisión fueron generando expectativa por aquel nuevo gran evento, que llegaba casi un año después de la olimpiada y de la matanza de octubre —de la cual ya nadie hablaba. Nosotros teníamos dos televisiones, la Ruidola —tenía sonido, pero la pantalla no servía— y la Rayuela — transmitía una imagen nítida, pero un accidente la había dejado muda y manchada con unas líneas horizontales—; como siempre, las encendimos juntas para no perder detalle de los valientes lunáticos.
Recuerdo las calles desiertas. Todos estábamos viendo la transmisión. Familia y amigos se apretaron en nuestra pequeña sala para ver el suceso: Neil Armstrong bajó del Eagle. “That’s one small step for man, one giant leap for mankind” —más tarde, muchos años más tarde, entendí lo que estas palabras representaban. Buzz Aldrin se unió a él ya en la superficie lunar: plantaron la bandera de los Estados Unidos, tomaron fotografías, jugaron golf, saltaron en la superficie… Entonces, sin una razón particular, empecé a preguntarme si de algún orificio no iba a salir aquel conejo que tanto añoraba, si aquellos bravos selenitas no iban a liberarlo de la extensión árida. Vimos la tele otro rato. Mi madre se estremeció.
Vi a mi padre levantarse de su sillón, tomarla del hombro y llevarla hasta su cuarto. Escuché que hablaban en las escaleras: la voz de mi madre era un susurro estridente y doloroso.
—Si no se hubiera ido a estudiar a México, si se hubiera quedado con nosotros estaría aquí, viéndolo. Ya sabes qué contento se pondría…
Todos lo sabíamos.
Después de algún rato se acabó la transmisión, el conejo —si lo había— siguió encerrado en la luna. Mi padre salió a despedir a nuestros visitantes y luego fue a sentarse en la sala, donde yo estaba ya solo. Me acarició el cabello.
—Hijo, fuimos espectadores de algo realmente importante. Los hijos de tus hijos te van a preguntar sobre esto… —gimió.
La luz de la lámpara en sus ojos encarnaba bellísimos reflejos galácticos.
—Realmente importante…
Nunca lo olvides.