Por Salvador Cristerna
Llevaba varios días con la boca reseca en extremo, como si esa sola parte de mi cuerpo estuviera sometida al influjo de una fiebre permanente que le extrajera todo rastro de humedad. Mis labios se habían convertido en remedos de algún material artificial; se veían endurecidos, sin brillo, sin vida. Estaban amoratados y presentaban huecos parecidos a las abolladuras que se producen en una lata de aluminio cuando se le presiona con los dedos. Incluso, al chocar uno contra el otro durante el simple acto de cerrar la boca, un sonido que recordaba al del celofán cuando se desenvuelve un regalo con ansiedad retumbaba dentro mi cabeza.
De ahí que comencé, sin conciencia al principio, a mordérmelos para buscar, cuando no propiciar, un pellejito levantado, como la esquina de una hoja de calcomanía que al jalarla se desprende por completo del papel encerado.
Seguramente no era falta de hidratación, pues siempre había sido metódico con la ingesta del vital líquido: dos litros de agua diarios como mínimo, siguiendo las prescripciones de los especialistas. Sin embargo, sin razón aparente, la resequedad labial era ya para mí una condición cotidiana. Comencé a encontrarme mordiéndome los labios, ahora de manera consciente, para arrancarme la piel que los recubre: esos pellejitos cuyas salientes los convierten en orografía agreste de células muertas que, al contacto con la yema de los dedos o la lengua, se sienten como la superficie de una roca porosa.
Al principio no le di importancia alguna al asunto, pero cierto día, mientras hacía uso de la palabra en una reunión de trabajo, me percaté de que mis interlocutores más que prestar atención al hilo del discurso, me observaban con curiosidad. Esa fue la primera vez que me descubrí mordiéndome el labio inferior en búsqueda de las salientes de los pellejitos para, una vez prensados entre los incisivos o entre los caninos, dependiendo de su ubicación, tirar de ellos como si fueran una piel de plátano para arrancarlos del labio, maniobra que en muchas ocasiones terminaba, como fue en ese caso, con un trozo de piel seca entre los dientes y la boca ensangrentada. Los fumadores bien pueden dar cuenta de qué hablo, pues quién de ellos no ha padecido la dolorosa experiencia obtenida tras dejar el cigarrillo entre los labios por un pequeño lapso y, al retirarlo de golpe, sentir cómo junto con el filtro, que se ha adherido a la boca, se desprende un trozo de piel de los labios.
Al término de mi disquisición, una compañera de trabajo se me acercó y sin mayores preámbulos dijo con mayor sequedad que la de mi boca, mientras apretaba los dientes: «¿Por-qué-te-muer-des-los-la-bios-dese-mo-do-cuan-do-ha-blas? ¡Es de asqueroso!» Lo inesperado del cuestionamiento me tomo por sorpresa e hizo balbucir algo ininteligible hasta que mis ideas se reacomodaron para responder de la manera más torpe que hubiera podido hacerlo: «No lo sé», dije, aunque fui sincero, pues en ese momento aún no lo sabía. Fue a partir de entonces, de esa suerte de alarma incipiente, que comencé a poner mayor atención acerca del asunto.
Las terminaciones nerviosas de los labios son tantas y tan sensibles. No en vano su tacto está reservado solo para algunos de los máximos placeres. La boca, esa cavidad articulada, oscura y siempre húmeda que les da soporte sintetiza algunas de las máximas glorias de la evolución: el habla y el canto, sin olvidar, por supuesto, la sensualidad; ni dejar de lado el papel capital que juega en la comunicación metalingüística a través de la gesticulación, cuando sin proferir palabra acusamos angustia, ansiedad, miedo, dolor, enojo, alegría…
En la boca las sensaciones se magnifican debido a la extrema sensibilidad de los labios. Por ello no puedo evitar sentir los pellejitos como si su tamaño fuese mil veces mayor del que en realidad tienen. Como el de una mota de polvo que, al incrustarse en un ojo, produce la sensación de ser una roca que nos esmerila con cada parpadeo.
Desde que me di cuenta del problema, y lo asumí como tal, han pasado ya 24 meses. No sé en realidad cuántos más habrán transcurrido en el tiempo de la inconsciencia, pues en muchas ocasiones tardamos en caer en cuenta de algo recurrente en nuestras vidas, pero cuando nos percatamos de ello, pareciera que tan solo hubiéramos activado un interruptor o retirado un obstáculo en el flujo natural de las cosas. Y así pasa también con las emociones, con los sentimientos, con las necesidades: repentinamente transitan del terreno de la inconsciencia al de la conciencia, y el interruptor puede ser un estímulo externo del cual no tomamos nota. De hecho las más de las veces es así. Sin embargo, cuando tenemos el control de dichos interruptores, la vida puede ser tan maravillosa o miserable como deseemos.
El caso es que tras dos años de morderme los labios para despellejarme la boca, comencé a prestar atención a los eventos que activaban los interruptores que detonaban mi ansiedad por retirarme la piel de los labios, estuviera muerta o no: la incertidumbre, una espera prolongada motivada por cualquier causa, una lectura aprehensiva, ciertos tipos de música, una película, un recuerdo…
Lo peor vino más tarde, pues toda vez que ya había en mí total consciencia de mis actos, decidí efectuar mi ritual de despellejamiento labial con todo dolo, en situaciones específicas: una cena de gala, un encuentro romántico, una reunión de trabajo, en el transporte público; hasta que eso, cuyo inicio consideré una mera compulsión, cuando no divertimento incluso, poco a poco se transformó en perversión ejercida solo por el morboso placer de observar las reacciones que despertaba tan desagradable acto ante los ojos de quienes se encontraban en el entorno: algunos desviaban la mirada, otros manifestaban abierta repulsión y unos más negaban con la cabeza en repetidas ocasiones sin proferir palabra, reafirmando la desaprobación contenida.
Como era de esperarse, mis labios comenzaron a sangrar de manera permanente, pero ello no fue ni motivo ni obstáculo para detenerme. Así, cuando no hubo más pellejitos para retirar, pasé sin miramientos a morderme el cuerpo carnoso. A esas alturas ya había perdido trabajo, amigos y, en suma, cualquier relación social, pues nadie quiere relacionarse con alguien que acusa tendencias autodestructivas. Intenté buscar ayuda profesional para el caso en una sicóloga, pero lo único que hicieron las sesiones fue reafirmar en mí lo que ya sabía de sobra. No hacía nada malo sino, aunque suene disparatado, aquello me producía un enorme placer. Y no es que no sintiera dolor, el cual era ya algo normal para mí, pero la tela que divide al dolor del placer es tan delicada.
Más que por el grotesco espectáculo que ofrecía mi boca descarnada, decidí recluirme en casa para evitar llamar la atención. Alejarme del mundo; reducir mi contacto con el exterior a la más mínima expresión: la-es-tric-ta-men-te-ne-ce-sa-ria. Usted sabe. Uno debe ser cuidadoso con ciertas cosas.
Debido al éxito en los negocios por mi padre, y el suyo, podía darme ese lujo: más aún, podía hacer que el mundo exterior llegara a la puerta de mi casa con una llamada telefónica o un pedido vía Internet, por lo que la reclusión no entrañaba grandes sacrificios para mí.
Con el tiempo, los labios resultaron insuficientes, amén de que el dolor ya había, ahora sí, rebasado el umbral de lo soportable. Entonces pasé a arrancarme los padrastros de los dedos de las manos y, cuando hube terminado con ellos, comencé a morderme los dedos. Así llegué a un punto de no retorno. ¿Cómo ocurrió, no lo sé? Fue una de esas cosas que pasan así, de manera imperceptible como las horas del día cuando uno está ocupado.
Fue así como, respondiendo a su pregunta, descubrí el gusto por la carne humana, señor juez, el resto es una historia que usted y los aquí presentes ya conocen.