Por Jorge Yeicatl / desconocido_tour
Como cada año, a mediados de marzo, se llevó a cabo el Vive Latino en su edición número 26. Durante esos días, la ciudad cambia de ritmo y los fanáticos del rock, rap, reggae, ska, cumbia e incluso del regional hacen de la música su propia conmemoración, más allá de cualquier fecha oficial.
El puente se vuelve un respiro. Durante dos días, los asistentes dejan en pausa la escuela, el trabajo, los problemas de casa o de pareja para perderse entre escenarios donde el cuerpo manda: bailar, beber y, para algunos, también prender un porro como forma de soltarse.
Esta edición se realizó el 14 y 15 de marzo en los alrededores del Estadio GNP. Me tocó vivirla desde la cobertura: correr de escenario en escenario, enviar material al instante, aguantar el calor y resistir el cansancio que se va acumulando en los pies hasta volverlos pesados.
El sábado comenzó temprano. A prensa nos citaron a las 11:00 en la puerta uno del llamado “Palacio de los Rebotes”. Llegué al mediodía pensando que el acceso sería rápido, pero, como diría mi abuelita, cuernos. La espera se extendió casi una hora. El calor ya pesaba cuando apenas iba empezando el día.
Alrededor de las 13:00 nos dieron acceso. Recibí el chaleco de fotógrafo y, aunque era mi segundo Vive Latino cubriendo, la emoción seguía ahí. Conocía a pocos colegas, así que el tiempo previo sirvió para preparar equipo y salir directo al recorrido.
La jornada arrancó en la carpa Little Caesars con Planta Industrial. El ambiente se encendió rápido: slam, cerveza volando, olor a marihuana y un público completamente metido. De ahí tocó moverse al escenario Amazon con MC Davo, donde varios temas conectaron con la gente que creció escuchándolo. La aparición de Sabino detuvo todo por un momento.
Más tarde, en el escenario principal, Enanitos Verdes convirtió el espacio en un coro colectivo. Canciones como “Lamento Boliviano” hicieron que el público se apropiara del momento sin pedir permiso.
Pero hay otra parte que no se ve en las fotos: la presión por mandar material al momento, el cálculo constante de tiempos, la sensación de que si te detienes pierdes algo. No es solo ver bandas, es sostener el ritmo aunque el cuerpo ya esté reclamando.
En medio de ese ritmo, también aparecen los pequeños respiros: una sombra improvisada, un trago de agua tibia, una conversación corta con otro fotógrafo que está igual de cansado. Son momentos mínimos, pero necesarios para no perderse por completo en la inercia del festival.
Conforme avanzó la tarde, la cantidad de gente aumentó. Para ver a Juanes ya era complicado moverse. Desde donde estaba, la mayoría tenía el celular en alto. Todo grabado, todo documentado. Y aun así, algo pasaba ahí que no cabía en la pantalla.
En la noche surgía la duda de si habría restricciones para fotografiar a John Fogerty, después de lo ocurrido con Lenny Kravitz. Al final no fue así. Fogerty permitió el acceso y confirmó en el escenario que sigue tocando con fuerza, sin necesidad de demasiada explicación.
Uno de los momentos más personales llegó con Enjambre. A esa altura, el cansancio ya pesaba, pero no impidió seguir trabajando. Durante “Dulce Soledad”, algo se rompió. Entre el desgaste, los pendientes personales y lo que uno carga sin decirlo, el llanto llegó sin aviso.
También ahí aparece otra cosa que el Vive suele provocar: una mezcla rara entre euforia y vacío. Estás rodeado de miles de personas, pero al mismo tiempo te enfrentas a lo que traes contigo. La música acompaña, pero no resuelve.
El cierre del sábado fue con Maldita Vecindad. El estadio se llenó de luces de celulares mientras sonaban “Pachuco” y “Kumbala”. Por momentos parecía una cueva de luciérnagas. Salí con la sensación de haber cumplido, pero todavía quedaba el segundo día.
El domingo arrancó con el cuerpo resentido, pero con la inercia suficiente para seguir. Triciclo Circus Band marcó el inicio de la ruta. Más tarde, el homenaje de Santa Sabina a Rita Guerrero obligó a detenerse un momento. No todo se puede fotografiar igual cuando la música pega directo.
La tarde siguió con Fobia y la presentación de su nuevo baterista, Elohim Corona. La respuesta del público fue inmediata. Después, el cansancio y el hambre ya estaban encima, pero no había mucho margen para parar.
Hay un punto en el segundo día donde todo se vuelve automático: disparar la cámara, moverse, revisar, enviar. El cuerpo sigue, pero la cabeza empieza a irse. Es ahí donde se entiende que cubrir un festival también es una forma de resistencia.
Denise Gutiérrez tomó la Carpa Intolerante por la noche con un show sólido, y el cierre llegó con Tom Morello. Además de los riffs, hubo espacio para alzar la voz y recordar lo que sigue pendiente allá afuera. El momento del micrófono en homenaje a Chris Cornell marcó el final del recorrido.
Fueron dos días de desgaste constante. Se corre, se trabaja, se suda, se prende un porro, se aguanta. El Vive Latino no solo se escucha: se sobrevive.
Al final, más allá de los escenarios, las fotos o los nombres del cartel, lo que queda es ese instante en el que miles de personas laten al mismo ritmo, aunque sea por un rato.














