El llanto del campeón. El llanto del derrotado
Por Arturo Molina
Hace unos meses se me cayó la resina de mi muela. Apenas le escribiría al dentista para sacar cita, pero no, tendrá que esperar un poco más: Pumas juega la final contra Cruz Azul y estoy convencido, como muchos otros, que solamente con mi presencia podrán levantar la copa después de quince largos años. Quince perros años.
Voy de camino al estadio en el Metrobús retacado de banda con playeras puma, afuera, en un auto, un niño se asoma por el quemacocos, agita su bandera y nos grita que el Cruz Azul es nuestro papá. Todos sonreímos con ternura. Mañana un amigo me dirá que en las calles de la ciudad que transitó, vio 2 playeras azules por cada 10 auriazules.
Seguramente aquel niño de unos 10 años no conoció la frustración de irle a la Máquina, aquellos 23 años de sequía que dejaron su buena merma de aficionados. Quizá por eso habla con la seguridad del campeón, pero yo vi a sus colegas más grandes sufrir angustiasimpensables. Una vez Gabriel Rodríguez Liceaga publicó una historia en redes. Eran semifinales, la Máquina iba tres goles arriba, minuto 75 del segundo tiempo, partido de vuelta. Él escribió algo parecido a: «y aun así, tener la incertidumbre de que podemos perder: eso es irle a Cruz Azul». Así me sentí contra el América, con la angustia atenazadora que solo una maldición te puede dar.
Hasta antes de los 4tos de final estaba convencido de que somos el nuevo Cruz Azul, de que incluso lo más poético, en contra de mi corazón, sería que llegáramos a la final contra ellos y que perdiéramos tras una remontada épica. Pero después de ver cómo le ganamos alAmérica, las pesadillas de maldición se difuminaron para elevar una ilusión que no tenía desde el 2004. Ahora estoy aquí, con malestar en la muela, pero seguro de que volveré a casa con el llanto del triunfo.
Aún no consigo rastrear de dónde viene esa emoción profunda, entripada, que me genera el futbol. Ya sea un cántico escuchado a través de la televisión, como la semana pasada cuando conseguimos el pase a la final, «Puuuumas, Pumas de mi viiiiida»; o bien Haalandentregándole la medalla de Champions a su papá. No lo sé, pero no puedo evitarlo, y más que identificar de dónde viene, puedo recordar momentos, como aquellos 4tos de final en 2006 en que el Pachuca nos eliminó. Existe una fotografía tras finalizar el encuentro, donde sostenemos el trapo de Prepa 4, mi rostro hinchado del llanto, aquella vez el llanto de la derrota, como tantos rostros cruzazulinos vi a lo largo de la gran sequía.
A pesar de que llego con poco más de una hora de antelación, las filas escupen gente, se cierran accesos de zonas que ya no aguantan un aficionado más, como la espuma que cae de una cerveza mal servida. En la fila me topo con una amiga de la prepa que ahora hace contenido sobre Pumas y futbol, me le pego un rato hasta que veo que me dan acceso para la Cabecera Sur, y no a la Planta Baja, aquella la zona fresa, familiar y donde lluevenchelas y meados desde el Pebetero o el Palomar. Así que me escabullo hasta dar con el lugar que me corresponde, un error que no volveré a cometer en mi vida.
Estuve un par de días buscando compañía para venir, como de niño, que sólo me faltaba pedirle a algún amigo que me acompañara al baño. Mis amigos son mi verdadera patria. Busqué, pero me topé con los que no alcanzaron boleto, es decir la mayoría, o bien con aquellos que nunca se fueron de las filas Rebel y están en el Pebetero cada domingo. El mío lo conseguí gracias a Bri, otra amiga de la prepa y preparadora física de Pumas Femenil sub-19; que me compartiera de su venta especial es algo refuerza mi idea de la amistad patriótica.

Hube de aceptar, pues, mi destino, porque hoy no encontré camaradas para ir al estadio, pero supongo que llega una edad donde, además, los amigos comienzan a morir. Con la seguridad de que en el estadio haría nuevos compas, me bebí una chela y me encendí un porro, para llegar aquí tal cual vine al mundo, y no, no desnudo y en los brazos de un doctor, sino solo.
Después de las primeras fumadas comenzaron los escenarios catastróficos: «Puuuuuumas, Pumas de mi viiiiida», pero con el llanto del dolor, de la frustración de estar tan cerca, ese atroz que es más lacerante que un 3er o 4to lugar. Pensé en Nathan Silva tocando la copa antes de tiempo, antes de ganarla y esa maldición que dicta que no se puede palpar un trofeo si no lo has ganado, porque, al hacerlo, automáticamente sentencias tu derrota. Me imaginé volviendo en el Metrobús, pegado a una ventana con gotas de lluvia resbalando, con esa melancolía del subcampeón. Yo en el Metrobús y un grupo de cruzazulinos al lado escupiendo burlas. «No hay pedo, lo pago», diría el buen Ferras.
Desde que agarré camino podía oler la tensión, esa cosquilla que nace en el pulso de las muñecas y recorre estómago hasta la garganta. Había autos con banderas. Playeras de ambos equipos, todas se atravesaban y con el silencio parecían decir «Que gane el mejor», la tensión no es por la rivalidad en sí, sino por los propios fantasmas. Como ese meme que corrió esta semana: «Van a jugar el que siempre pierde contra el que nunca gana».
Ya una vez en la zona que me toca, me arrepiento de no quedarme allá arriba: abajo no cabe nadie, todos los lugares están ocupados, así que me cuelo a una de las gradas en donde más o menos alcanzo a ver el campo y a los jugadores. Al frente, la Rebel despliega un trapo descomunal que dice “ESTO ES PUMAS”, y cualquiera que esté aquí dentro puede entenderlo sin mayor explicación. El eco de la gente truena contra el cielo despejado y con la tenue mancha rojiza de un atardecer pletórico de esperanza.
Cuando suena el himno y despliegan la bandera gigante de México, me hago un poco güey, no me gustan esos homenajes patrioteros… eso sentencio aunque, unos minutos antes, entoné, con el puño izquierdo erguido, el himno de la Universidad. Una mugrosa paradoja, porque el Club Universitario no solo no representa a la UNAM, sino que le roba dinero a la institución. En fin.
–»La patria» es lo que inventaron para que entre nosotros nos matáramos por sus intereses –le dice un campesino a un obrero, en la ilustración de Instagram que vi hace rato.
Y eso es muchas veces el futbol. Desde los asesinatos que literalmente se han perpetrado en nombre de este deporte, como también el de matar nuestros sueldos para favorecer al poder económico. Como ese gran espectáculo de drones en el cielo que en este momento se motea allá arriba de la cabecera, tintado de azul y oro, pero también embarrado de la mierda publicitaria de Telcel. Muchos toman fotos y otros esperan a que desaparezca la leyenda de la telefónica, pero no hay tregua, pagó Telcel y tendrá que aparecer en todas las fotografías de los aficionados. Hasta el final, cuatro letras gigantes, dibujan un «GOYA»libre del spot.
La chela helada se escabulle hasta mi muela destapada, primero es molestia y después el mismo frío la relaja: equilibrio. Por las escaleras va y viene gente incluso durante el partido, en algún momento, y maldiciendo haberme venido tan tarde, le escupo preguntas a la gente que pasa: “¿Vinieron a mear o a ver a los Pumas?” Es la puta final, con una chingada.
El estadio es una sola voz, un solo cántico que ruega por la octava copa. La comunión estalla con el primer gol de Robert Morales y la ilusión me trapea con cloroformo. Nos abrazamos con el primer cabrón que tenemos al lado, brindamos, golpeamos nuestras espaldas, el campeonato está cerca y no lo podemos creer. “Puuuuuumas, Pumas de mi viiiiiida”. El cielo que de pronto se nubló comienza a bañarnos de lluvia que podría ser el llanto de las nubes, llanto de alegría.
Al medio tiempo, quienes tienen lugar toman asiento durante unos minutos. Yo me quedo parado porque el piso está mojado, una mezcla de lluvia, chela, tierra y quizá algo de orines. Es una mezcla también los rostros de los aficionados: los más con la sonrisa de la victoria cercana, otros con un dejo de duda y las cruzazulinos con el fantasma tatuado en la frente.
Las gargantas empiezan a cerrarse, las voces se condensan afónicas y hablamos a gritos huecos. De aquí nos vamos al Ángel y mañana pura verga que trabajamos.
La muela me deja de molestar por unos minutos, breves minutos hasta que cae el primer gol del Cruz Azul. Nos tomamos del cuello, nos lamentamos porque de nuevo está ahí el fantasma, el nuestro, queremos seguir creyendo, queremos pensar que esto llegará a los penales y ahí una moneda al aire se aventará. Pero la verdadera desgracia llega con la lesión del Coco Carrasquilla, que comienza a diluir la ilusión.
Cantamos juntos, esto no ha muerto, estamos aquí a un paso de la gloria, a un gol de romper la racha de los quince perros años sin título. Ni la lluvia, ni la gente que va y viene como si los Pumas no se estuvieran jugando el torneo en este partido, nos detiene. Gritamos y suspiramos las llegadas inconclusas. Todo hasta la expulsión de Uriel Antuna, pocos minutos antes del pitido final. Pinche Nathan Silva, ¿por qué chingados tocaste la copa?
El segundo gol del Cruz Azul ahoga a la afición, que si bien no deja de alentar, puede respirarse la ausencia total de la fe con que llegamos al estadio. Se necesita más equipo que buena suerte, y espero que lo sepa la directiva el siguiente torneo.
Una expulsión más alarga nuestros rostros que ya trapean el piso. El llanto de dolor moja las espaldas y los abrazos de algarabía son ahora de compasión. Enfilo directo a la salida porque no pienso ver la entrega de la copa, esa copa que no debió ser tocada. Al otro lado, hacia las gradas, los rostros que tantas veces vi en los aficionados de la Máquina, los veo ahora en mis camaradas, en los ojos hinchados que creyeron al igual que los míos. En el camino voy dando abrazos y palmadas a los hermanos y hermanas. Venga, cabrones, que ya pronto nos toca.
Antes de salir alcanzo un último Goya con el equipo, al fondo la Rebel sigue cantando y recordando por qué esta afición es de las más grandes y resistentes de México. Una vez afuera del estadio, mientras lo rodeo para llegar de nuevo al Metrobús, retumba el himno de la Liga MX y un eco expulsa los fuegos artificiales que festejan al campeón, esos destellos que me recuerdan al equipo limitado que traíamos, la fe que primaba sobre la realidad y el entusiasmo encima de los números. Era suerte y el pinche Nathan Silva la arruinó con algo elemental.
Echó un último vistazo como no queriendo, me llevo la mano a la altura de la muela y pienso que vale la pena cada puto peso, cada minuto de angustia en la liguilla, porque a veces la única manera que encontramos de autolesionarnos es a través del futbol, ese que nos recuerda que la vida está llena de derrotas, que son las única que nos conducen al estallido de un éxito conseguido. Hoy lo saben ellos, los azules, que tanto tiempo cargaron con su propia maldición, ¿y no es acaso también eso la vida? Transitarla liberándonos de nuestros propios fantasmas y luego volver a luchar contra ellos en una sucesión acaso infinita, como el cántico de una afición que no se detiene.