Por Alma Karrla Sandoval
Iban casi todas de negro. No las van a contar bien, pero eran más de diez mil como dice el grito, como va esta historia. Iban casi todas con una pancarta, con su paliacate violeta. Algunas con pintura roja en la cara, en el pecho, en toda esa cuerpa que eran todas. A las diez de la mañana fue la cita. Llegaron antes. Firmes y desconsoladas como una primavera en medio de la guerra.
Curiosamente, la ruta de la marcha de cada 8 de marzo se cambió esta vez. Esa marea ya no bajaría por avenida Morelos, sino por Matamoros. Dicen que se llegó a un acuerdo por las colectivas. A nadie extrañe esa precaución luego de que este gobierno ha cooptado a feministas y activistas muy valientes que ahora velan, según, por los derechos humanos. A nadie se le haga raro porque dicen que no hay nada de fondos, ni una pizca de dinero, para la educación o el arte y de un día para otro forran con madera dura o vallas metálicas, edificios como el Victoria o el mismo Palacio de Gobierno.
Sin embargo, ahí iban todas desgañitando la garganta, cargando a sus crías, a sus feministas menores de edad, acompañando a sus hermanas, a sus alumnas. En los quioscos de revistas, el encabezado de La Jornada nacional era la frase de Trump: “México, epicentro del narco”. En contraste, la cabeza fría de una presidenta de la que se burla el fascista más grande del planeta y las vallas que los bloques negros derribaron en las plazas públicas de varios estados de este país.
En Cuernavaca nos la sabemos bien quienes llevamos toda la vida saliendo a las calles a protestar y reclamar justicia. Decir “nos la sabemos” es comprender que algo huele cada vez más mal cuando miles de universitarias debajo del agobiante sol de marzo que enardece la razón, que la vuelve inteligencia en llamas, le cambian la letra a la melodía de Martinillo: “Margarita, Margarita, ¿dónde estás?, ¿dónde estás? Chingas a tu madre, chingas a tu madre, donde estés, donde estés”.
¿Es para menos? Los feminicidios de dos estudiantes en un lapso de pesadilla, una a la que se le vio por última vez dentro de la universidad, las amenazas, ficticias o no, de que por cada escuela que la UAEM tomara reclamando justicia iba desaparecer otra estudiante, la omisión de la rectora de dicha casa de estudios, el incompetente manejo de crisis de este gobierno que no logró frenar una escalada nacional mediática, formaron el caldo de cultivo perfecto para la indignación que allá iba, con más llanto que enojo.
A eso de las once de la mañana se abrieron las ventanas de algunos edificios viejos. Tres mujeres aplaudían la marcha desde la altura de su balcón. La más joven no podía dejar de asombrarse derramando lágrimas como perlas que brillaban y caían sobre la batucada que floreció el aire. Lo sé de cierto. La mayor, seguramente la abuela, alzaba los brazos como si hubiera ganado un combate cuasi eterno, como si vivir toda la vida hubiera valido ver ese río de corazones morados y estrujados pidiendo justicia para Kimberly, Karol, Aylin, Zury, Giovanna, Guadalupe, Elizabeth… Ad infinitum, sí, porque esto no para. Lo saben varias de las manifestantes con sus sombreros de los que caía muselina negra, ellas son las mujeres enlutadas del presente. Los personajes de Agustín Yáñez en Al filo del agua.
Con todo, la luz brotó de otra ventana alta y pobre donde una niña se asomó sonriendo, saludando, formando un corazón con las manos mientras las morras gritaban que esa menor sí las representa. ¿Extraño o milagroso? Esa marcha desdibujó las fronteras etarias y las de la religión. El Consejo Diocesano de Laicos en Cuernavaca convocó a una oración por las personas desaparecidas. Detrás de otras vallas, desde la altura del Calvario, con la virgen cubierta, bien guardada en una caja no de música, sino de manera ominosa, las creyentes cerraban los ojos, rezaban rosarios mientras las jóvenes feministas gritaban, “¡escucha, hermana, si te pega, no te ama!”, “¡quiero ir a estudiar, no a desaparecer!”.
A las doce y media entró el contingente de la batucada en el zócalo, lo consiguieron con una grandeza inolvidable: hicieron de las vallas metálicas instrumentos de percusión, esos armatostes nunca antes vistos ahí, se transformaron en un solo. Esa música de la justicia hizo a varias mujeres llorar y aplaudir para siempre entrando en la plaza. La manta que abrió la manifestación decía: “2026, contra toda guerra”. Al lado, dos inmensos corazones de cartón a semejanza de flores con las frases: “Que la memoria florezca hasta que se haga justicia” y “matar no es pecado cuando el asesino es el Estado”. Tardaría en llenarse la Plaza de Armas debido a la cantidad de asistentes. Poco a poco fueron rodeando el círculo sagrado de pancartas y la butaca blanca con arreglos florales ya marchitos para Kimberly. Un poco después de la una de la tarde llegaron las encapuchadas con aerosoles, extintores, pistolas de diamantina verde y rosa, martillos, etc. Hicieron lo suyo que es legítimo en estos casos porque no es matar a nadie como lo hace la omisión y la complicidad por miedo. Hicieron lo suyo que es prender fuegos fatuos de cara a una emergencia nacional que lleva trazando el perímetro de un peligroso estado de excepción que casi nos alcanza como ocurrió durante algunas horas en Jalisco, Michoacán o Guanajuato con al detención de El Mencho.
Eso, ¿pintar una frase morada es violencia?, ¿convertir un monumento a un revolucionario que no gustaba de las mujeres, que no las incluía decididamente en su lucha, que ni siquiera “las volteaba a ver”, en un antimonumento? Porque no, si Zapata viviera, no andaría con las feministas universitarias que dignamente se expresaban como podían sin causar daños en verdad mayores a ningún edificio. Si alguien piensa que eso es violencia, por más que argumente, por más que diga que está con la causa a favor de las mujeres, sigue siendo parte del problema. Es como cuando los homófobos dicen que no odian a los gays, nada más que no se besen ni se abracen delante de sus hijos. ¿Eso es violencia? Una frase en un muro lo responde: “Sí, es tu pared, pero era mi hija”.
A lo sumo, pintura roja sobre el Palacio de Gobierno y ya. No más que fotocopias con las imágenes de deudores alimenticios, violadores, acosadores sexuales, maestros que se acuestan con sus alumnas en las escuelas de esta ciudad, mantas pidiendo aborto legal, algo que aún tiene pendiente esta administración que no destaca, se comprueba, por su valentía. A lo sumo reels, videos, notas en todos los medios. Nada más. A lo sumo el descanso de esta marcha para las madres que buscan a sus desparecidos y que no tomaron el escenario porque la escena era del dolor de las universitarias. A lo sumo la verdad: se las siguen llevando a otro mundo y el duelo continuará suspendido porque acá los muertos se vuelven semilla, porque una legión espectral de jóvenes asesinadas respira en nuestra mente más hondo que nunca.
Fotografía Denisse Ureña
