Daniel Giménez Cacho: El silencio también es una forma de violencia

En su debut como director con Juana, Daniel Giménez Cacho habla sobre el periodismo, la violencia, las heridas familiares y las preguntas que tardó casi una década en convertir en una película.

Por Abril Gómez

Entrevistar a Daniel Giménez Cacho implicaba un reto. No solo por la dimensión de su trayectoria, sino porque es uno de esos actores que parecen escapar de cualquier intento de definición.

Hay intérpretes cuya carrera termina resumida en un personaje. Su nombre evoca inmediatamente una película. Con Daniel sucede exactamente lo contrario. Basta recorrer su filmografía para entender que resulta imposible elegir una sola interpretación que lo represente. Profundo carmesí, Arráncame la vida, Blancanieves, Chicuarotes, Bardo y decenas de títulos más hablan de un actor que ha construido una carrera desde la transformación constante.

Mientras repasaba mentalmente las preguntas apareció una duda inevitable: ¿qué podía preguntarle que no le hubieran preguntado antes?

La entrevista se realizó en una cafetería de Coyoacán. Un lugar discreto, sin pretensiones. Cuando llegué, Daniel Giménez Cacho y Jonatan Gómez, posproductor de Juana, ya estaban esperándome. El saludo fue cálido. No hubo solemnidad ni protocolos. Apenas unos minutos después comenzó a llover y decidimos cambiar de mesa para resguardarnos dentro del café. Ese pequeño movimiento terminó marcando el tono de toda la conversación. Los nervios desaparecieron y la entrevista comenzó a sentirse menos como un cuestionario y más como un diálogo.

Días antes, Jonatan me había compartido un dato que decidí utilizar para abrir la conversación: Daniel llevaba cerca de nueve años pensando Juana. La pregunta surgió de manera natural. ¿Por qué una historia tarda casi una década en encontrar su forma?

Daniel sonríe antes de responder.

—La idea se la platiqué a Emma Bertrán y comenzamos a darle forma. Todo nació de muchas interrogantes.

Hace una pausa.

—Una de ellas era preguntarme por qué los fotógrafos arriesgan su vida por una historia.

La respuesta tiene un origen profundamente personal.

—Hace treinta años vivo con una fotógrafa, Maya Goded. Durante mucho tiempo observé su trabajo y me preguntaba por qué alguien decide exponerse de esa manera. ¿Qué lleva a una persona a poner en riesgo su vida para documentar una realidad?

Esa inquietud fue creciendo con los años. Daniel explica que antes de que la atención internacional se concentrara en otros conflictos, México era considerado uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo y el fotoperiodismo. Esa realidad, dice, también atravesó el nacimiento de Juana. No era solamente una película sobre una periodista. Era una forma de preguntarse por quienes deciden mirar donde otros prefieren apartar la vista.

Pero el origen de la película no termina ahí. También habla de las barreras que enfrentan las mujeres dentro de un sistema patriarcal y de la violencia estructural que sigue marcando la vida de miles de ellas. Entonces la conversación cambia de dirección.

—También lo viví con mi madre cuando intenté salvarla de mi padre.

La frase cae con un peso distinto. Por un instante, Juana deja de ser únicamente una historia sobre periodistas. Se convierte también en una exploración íntima de heridas familiares que nunca terminaron de cerrarse.

Decido llevar la conversación hacia ese terreno.

—¿Fue Juana una catarsis para ti?

—Sin duda. Fue responderme muchas cosas y reencontrarme al mismo tiempo.

Fotografía de Majo Sánchez

No parece una respuesta preparada. Habla con la serenidad de alguien que tardó años en encontrar las palabras para nombrar ciertas experiencias. La respuesta sobre su madre cambia el ritmo de la conversación. Hasta ese momento habíamos hablado del origen de Juana, pero era evidente que la película también estaba atravesada por una historia profundamente personal.

—¿Crees que para representar el dolor hay que entenderlo?

Daniel no responde de inmediato. Piensa unos segundos.

—Para interpretar el dolor hay que sentirlo y vivirlo. Si no, solo te estás mintiendo a ti mismo y le estás mintiendo al público.

La respuesta no parece limitarse a la actuación. También habla del director que decidió volver sobre heridas que durante años permanecieron abiertas.

—¿Qué encontraste de ti mismo durante este proceso que no esperabas encontrar?

Respira antes de responder.

—Situaciones muy profundas que tenía guardadas. Ese grito interno. Reencontrarme y confrontarme. Todo eso terminó manifestándose en Juana.

No habla únicamente del personaje principal, interpretado por Diana Sedano. Habla de él mismo. Dirigir, más que un cambio de oficio, parece haber sido una forma de reconciliarse con experiencias que llevaba demasiado tiempo cargando.

Le pregunto si le gustaría volver a dirigir.

—Claro. Ya estoy listo para la que sigue. Fue una experiencia muy enriquecedora. Llegué inexperto, pero entendí que era el momento.

—¿Cómo supiste que era el momento?

Se ríe.

—Porque ya cuando veía una película pensaba: «Yo lo hubiera hecho de esta manera».

La frase provoca una conversación sobre la diferencia entre actuar y dirigir.

—Como actor eres la cereza del pastel. Pero dirigir es aprender cómo se construye ese pastel. Descubres todo el trabajo que existe detrás de una producción y entiendes la enorme responsabilidad que tiene un director. No solo dirige una película. También construye el ambiente en el que trabajará todo el equipo.

Mientras habla resulta evidente que esa experiencia modificó su manera de entender el cine. No se trata únicamente de contar una historia; también se trata de crear un espacio donde cada persona pueda aportar lo mejor de sí.

—¿Cómo eres tú como director?

La respuesta vuelve a ser inmediata.

—Quiero que el actor se suelte, que imprima su sello al personaje. Mi interés es que dé su máximo. No quiero actuaciones robotizadas ni actores que solo obedezcan instrucciones.

La confianza, explica sin decirlo explícitamente, también forma parte de la dirección.

La conversación vuelve entonces a Juana. Más allá de la historia, quería saber qué esperaba que permaneciera en quienes la vieran.

—¿Qué conversación te gustaría que el público se llevara después de ver la película?

Daniel hace una pausa.

—Que debemos ser más empáticos. Que entendamos la responsabilidad que tenemos de construir nuestro entorno. Que encuentren el valor y también la belleza de las heridas, porque al final también forman parte de nuestra historia de vida.

La respuesta parece resumir el espíritu de la película. No busca explicar la violencia, sino preguntarnos cuál es nuestra responsabilidad frente a ella.

Vivimos una época en la que muchas historias terminan convertidas en espectáculo. Por eso la siguiente pregunta era inevitable.

—¿Cómo no romper esa delgada línea entre el morbo y una historia bien contada?

Daniel responde con otra pregunta.

—Como creadores debemos preguntarnos primero por qué estamos haciendo una historia. ¿Para generar conciencia o solamente para llamar la atención?

No ofrece una fórmula. Ofrece una responsabilidad. Quizá esa sea una de las mayores diferencias entre una obra honesta y una que solo busca provocar.

Hay un momento en que la conversación se vuelve todavía más íntima. Le pregunto qué representa el silencio dentro del contexto que plantea Juana.

No duda.

—El silencio también es una forma de violencia. A veces mata.

La frase queda suspendida sobre la mesa. No necesita explicaciones. Es, probablemente, la idea que mejor resume toda la conversación.

La tarde avanza y el café comienza a llenarse. Afuera sigue lloviendo sobre Coyoacán. La conversación se acerca al final, pero antes quiero saber cómo imagina el futuro después de una experiencia que, además de dirigir su primera película, también lo obligó a mirar hacia adentro.

—¿Cómo te visualizas en algunos años?

Daniel responde con la tranquilidad que ha mantenido durante toda la charla.

—Me sigo viendo actuando y dirigiendo.

La respuesta parece sencilla, pero deja claro que Juana no representa un episodio aislado, sino el comienzo de una nueva etapa.

—¿Qué sigue para Daniel Giménez Cacho?

Sonríe.

—Ya estoy escribiendo la siguiente. Lo único que puedo adelantar es que será una historia sobre un renacimiento psicoespiritual.

También comparte otro proyecto cercano.

—El 28 de agosto estrenará Nocturno, un monólogo que aborda el duelo, el proceso de sanar y la posibilidad de encontrar belleza incluso en las heridas más profundas.

Escucharlo hablar de este proyecto confirma una idea que atraviesa toda la conversación: el dolor no aparece como un destino inevitable, sino como un punto de partida para comprendernos.

Cuando la entrevista termina y salgo de la cafetería, la lluvia continúa cayendo sobre las calles de Coyoacán. Pienso en la pregunta que me hice antes de llegar: ¿qué podía preguntarle a Daniel Giménez Cacho que no le hubieran preguntado antes?

Al final entendí que esa no era la pregunta correcta. Lo importante no era encontrar algo inédito, sino descubrir cuáles son las inquietudes que siguen acompañándolo después de más de cuatro décadas de carrera.

Durante la conversación nunca encontré a un actor refugiado en el prestigio de su trayectoria. Encontré a un creador que sigue dudando, que continúa haciéndose preguntas y que entiende el cine como una herramienta para mirar aquello que suele permanecer oculto.

Quizá por eso Juana no pretende ofrecer respuestas fáciles. La película nace de una inquietud que Daniel fue construyendo durante casi una década. Primero observando el trabajo de Maya Goded y preguntándose qué impulsa a una persona a arriesgar su vida por una historia. Después, recordando la violencia que atravesó su propia familia. Más tarde, mirando un país donde ejercer el periodismo y el fotoperiodismo sigue siendo una profesión de alto riesgo y donde las mujeres continúan enfrentando violencias estructurales que con demasiada frecuencia se normalizan.

Todas esas inquietudes terminaron encontrándose en una sola película.

A lo largo de la conversación hubo una frase que regresó una y otra vez a mi memoria.

—El silencio también es una forma de violencia.

No fue una sentencia lanzada al aire. Fue una invitación a preguntarnos qué historias estamos dejando de escuchar y qué responsabilidades asumimos cuando decidimos mirar hacia otro lado.

Daniel Giménez Cacho y Abril Gómez conversando en una cafetería en Coyoacán. Fotografía Jonatan Gomez

Fotografía de portada: Yair Orozco