Horacio Enrique Nansen: indagaciones sobre su muerte en 1963

Por Gabriel Trujillo Muñoz

Horacio Enrique Nansen fue un poeta y periodista nacido en Sonora en 1938, criado en la frontera norte, en Mexicali, y fallecido en Guadalajara, en misteriosas circunstancias, en 1963, a sus 24 años de edad. Dentro de la historia de la literatura de Baja California, Horacio formó parte de la generación de la Californidad y su muerte fue hondamente lamentada por sus contemporáneos, desde Rubén Vizcaíno Valencia hasta Jesús Sansón Flores a nivel local y por Edmundo Domínguez Aragonés en la perla tapatía. El problema de acercarse a Horacio Enrique Nansen es que no puedes hablar de su obra sin hablar de su vida. O para ser más precisos: sin hablar de su muerte. En la búsqueda de respuestas a lo que le ocurrió a nuestro poeta en las primeras horas del viernes 15 de febrero de 1963, decidí buscarlas por la vía hemerográfica. De los periódicos de Guadalajara que pudieran arrojar luz sobre este acontecimiento, sólo pude acceder a El Informador. He aquí, entonces, lo que he descubierto leyendo sus páginas del 14 de febrero al 17 del mismo mes. Después de estas fechas, la pista de su muerte se esfuma, desaparece sin dejar rastro, se vuelve una ficción policiaca con demasiados misterios por resolver, lo que la convierte más en una trama novelesca que en un reportaje fidedigno. La razón es obvia: la falta de datos y evidencias que esclarezcan lo que realmente sucedió aquella noche fatídica convierte su fallecimiento en campo para toda clase de especulaciones. ¿Qué nos queda entonces? El contexto en que se dio el suceso, el clima social y cultural que enmarcó su muerte.

Empecemos por el principio: el último periódico que pudo leer Horacio Enrique Nansen fue la edición del jueves 14 de febrero de 1963 de El Informador. ¿Qué noticias eran las que llenaban las páginas de este diario, el más leído de Guadalajara, y que servían para animar las conversaciones de la intelectualidad jalisciense de aquellos tiempos? En la portada del principal diario de aquel estado destacaban noticias internacionales y nacionales antes que locales. Así, podemos leer que la mayor noticia en marcha de esa edición matutina era Cuba: “México y los demás neutrales apoyan a occidente. Reclama EE.UU. el retiro de las fuerzas rusas de Cuba”.

Entre los columnistas destacaba Luis Páez, que hacía un recorrido histórico sobre el edificio del Teatro Degollado de Guadalajara y Chayito Uriarte, que en su artículo titulado “Los jóvenes” afirmaba que “cuando los veo, despreocupados y alegres, ensayando pasos de los bailes de moda, cantando a coro acompañados por la guitarra o practicando su deporte favorito, deseo fervientemente que gocen plenamente su espléndida juventud”, para luego ofrecer el sermón conservador, donde pide a los jóvenes de Jalisco que “no se dejen seducir por teorías extrañas y destructivas, porque no traicionen sus ideales ni las tradiciones de su casa y de su patria”. Y termina advirtiendo que eviten convertirse en “lava ígnea de un volcán, fatalmente lacerando su vida y marcándola con el estigma de cicatrices imborrables”.

Leído el ejemplar de El Informador sabiendo que Horacio Enrique estaba viviendo las últimas horas de su vida, muchas de estas noticias y comentarios pueden parecer premonitorios, tétricos, sombríos. Pero el diario jalisciense no se quedaba en las elucubraciones filosóficas o en los problemas políticos nacionales e internacionales. Siendo el 14 de febrero el día de la amistad, también daba a conocer las ofertas de la tienda de ropa Roberts, con descuentos certificados ante notario, o las especiales de las Fábricas de Francia en febrero, el mes del hogar. En el plano cultural, ese mismo jueves se anunciaba que, en el auditorio de la Casa de la Cultura Jalisciense, el señor J. Salas Delgadillo iba a dictar, a las 20:30 horas, la conferencia titulada “Preludios a Octavio Paz”. La entrada era gratuita. Si se buscaban eventos culturales más populares, en el patio del Palacio Municipal de Guadalajara tendría lugar, en el marco del aniversario de la fundación de Guadalajara, una tertulia literario-musical con la participación del Conjunto artístico de las Academias nocturnas municipales, así como de la Junta permanente de festividades.

En cuanto a las diversiones y entretenimientos que podían disfrutarse en la perla tapatía ese fin de semana, del viernes 15 al domingo 17 de febrero, las actividades recreativas abundaban, como era el caso del gran Torneo de Gallos en el palenque La Tapatía, donde se iban a enfrentar el gallo de pelea Mexicali (créanlo o no) contra el gallo El Grullo. En cuanto a las salas de cine, en el cine Las Américas se presentaba el estreno de la cinta Ana de los milagros junto con la película La escuela del odio. En el cine Colón se presentaban las películas solamente para adultos Las señoras y El diablo en la carne, mientras que en la plaza Progreso, Curro Romero y Luis Procuna eran los toreros principales de las corridas de toros de esa tarde. Y si los novios querían pasar una velada agradable para celebrar su noviazgo, allí estaba el salón Cuatro Caminos, en la glorieta de Zapopan, donde se llevaría a cabo el “Baile diario en la mejor pista. Íntimo, económico, confortable”.

Al día siguiente, a pocas horas de la muerte de Nansen, la edición de El Informador del 15 de febrero ya estaba distribuyéndose en toda la ciudad. El titular a ocho columnas continuaba con la misma temática caribeña: “Coto a la subversión que está llegando a Cuba” desde la Unión Soviética, según afirmaba el presidente estadounidense John F. Kennedy. Por otra parte, desde Navojoa, Sonora, Agustín Yañez, el novelista que había sido gobernador de Jalisco y que entonces era subsecretario de la presidencia de la república, aseguraba que la tarea fundamental para el progreso del país era hacer productiva la tierra y mejorar la vida de los campesinos mexicanos. Los anuncios principales eran del tequila Sauza y de Air France, que anunciaba vuelos a Madrid y a París.

Pero tal vez la noticia que más le hubiera interesado a Nansen leer habría sido la titulada “México tiene derecho a recibir aguas útiles”, donde se hacía eco de las palabras de Gustavo Vildósola, senador bajacaliforniano, quien se refería aquí “al grave problema de la salinidad del agua destinada a riego que proviene de zonas estadounidenses”. En un escrito dirigido por el senador a Manuel Tello, secretario de Relaciones Exteriores, Vildósola aseguraba que con las “aguas saladas de los sistemas de drenaje de Arizona” se estaban provocando pérdidas “de diez mil hectáreas destinadas a la cosecha de trigo” en el valle de Mexicali, por lo que era “urgente y de interés público que se pongan en práctica medidas encaminadas a mitigar los daños y evitar una crisis económica y social de alcances imprevisibles”, por lo que puntualizaba que el gobierno mexicano debía “llevar este problema a un tribunal internacional”. En la sección editorial de El Informador, aparte de artículos sobre la educación en Jalisco o sobre la coalición franco-germana, un artículo sobresalía, el escrito por Gabriel Cházaro. Se titulaba: “Un poeta y filósofo” y estaba dedicado a reseñar el libro ensayo poético para un sistema filosófico, cuyo autor era Alfonso Ortiz Palma. En esta columna periodística, Cházaro decía que “el que se nos va para siempre deja un vacío difícil de llenar. En realidad, todo el que se muere deja ese vacío al menos en el mundo de los afectos”. El periodista parecía estar señalando el destino de aquellos que parten intempestivamente y cuya ausencia sólo puede ser compensada recordándolos. Un destino que acababa de cumplir el propio Nansen Bustamante.

Ya en la sección policiaca, además de agresiones a un líder de la CROC, el caso más sonado del momento en la capital del estado era el de Federico Wolbur López, líder estudiantil oposicionista y presidente de la FREU, la Federación Revolucionaria de Estudiantes Universitarios, que fue ingresado a la penitenciaria estatal, ya que se le imputaba ser el provocador de un enfrentamiento entre estudiantes, ocurrido el 28 de enero de 1963, con saldo de varios muchachos lesionados de la Universidad de Guadalajara. El juez  que le dictó prisión preventiva, consideraba a Federico Wolbur como el instigador “de los disturbios estudiantiles registrados en la ciudad”, responsabilizándolo de la portación de “armas prohibidas, encubrir a quien hace acopio de armas y el de incitar a sus simpatizantes a que cometieran delitos”. Con lo que se ve que el ambiente político de la perla tapatía era todo menos tranquilo y que el choque entre los líderes universitarios y las fuerzas policiales estaba al orden del día. No eran tiempos de concordia sino de turbulencia y alborotos.

Al día siguiente, el 16 de febrero, El Informador, en sus páginas principales, daba a conocer que se promovería el cultivo del nopal en San Martín de las Flores, que había habido un nuevo intento de asesinato contra el presidente de Francia, el general Charles De Gaulle, y que el gobierno de los Estados Unidos adiestraba en Miami a los exiliados cubanos anticastristas para arrancar a la isla de las manos del comunismo. Y en la sección policiaca, en la página 11-B, junto con informes de la detención de un “malviviente que robó su cartera a una señora”, un vendedor de hielo que “acosado por las deudas se suicidó” y un choque de un camión de auto-transporte que se estrelló por exceso de velocidad en los Altos de Jalisco, aparecía una nota titulada “Extraño asesinato” y con una fotografía de frente, tipo credencial, de Horacio Nansen. La información estaba expresada en forma sensacionalista y con razón, pues se afirmaba que:

Dentro del hueco de una jardinera de material de la residencia del señor Alfredo Vázquez, en la calle Robles Gil No. 175 fue encontrado ayer en la mañana por un miembro de la servidumbre, el cadáver de Enrique Horacio Nansen (la equivocación del nombre es evidente), un individuo que debió contar unos treinta años de edad y que, se dice, estaba relacionado con los círculos artísticos de la ciudad. La jardinera se encuentra en el patio interior de la residencia de la calle Robles Gil, tiene unos diez metros de longitud y unos sesenta centímetros de altura sobre el nivel del suelo. El cadáver se encontró dentro de la jardinera, rígido y boca arriba. No se le pudieron encontrar lesiones ni golpes u otras señales de violencia física excepto una escoriación de la piel en el brazo derecho. Sin embargo, estaba cianótico y cuando fue recogido por personal médico de la Cruz Roja, abundante sangre le manaba por nariz y boca aún. El macabro descubrimiento tuvo lugar a las nueve y media de la mañana de ayer, por un mozo del señor Vázquez y posteriormente, las autoridades comprobaron que el ahora occiso Enrique Horacio Nansen, vivía en el departamento 6-C del edificio ubicado en la calle López Cotilla 1139, que linda precisamente con la residencia de la calle Robles Gil. En efecto, la policía comprobó también que el asoleadero del departamento Seis-C, que ocupaba Nansen, se encuentra precisamente arriba del lugar en donde se encontró el cadáver, pero a una altura calculada en diez metros. Sin embargo se sabe que antier, a las siete de la tarde, Nansen fue visto entrar a su departamento acompañado de dos individuos cuya identidad no se ha establecido. Luego, a partir de las doce de la noche y hasta las dos de la madrugada, los vecinos y el conserje del edificio escucharon gran alboroto, carreras y voces fuertes plagadas de maldiciones que revelaban que Nansen y sus acompañantes estaban riñendo. Ayer por la mañana se comprobó que dos tubos de las instalaciones de agua estaban rotos; el guardarropas estaba vacío, pues sólo se encontraron los ganchos que servían par colgar las prendas de vestir. En el departamento había desorden, pero no se encontraron huellas de sangre, según una descripción que del lugar hizo el actuario del Ministerio Público Enrique Zester Montoya, quien inició la investigación de este misterioso asesinato.

Ciertamente, la muerte de Horacio Enrique Nansen Bustamante fue una muerte misteriosa. O como el anónimo redactor de la nota policiaca lo establecía: “un misterioso asesinato” del que no se tenían aún las identidades de los sospechosos y menos el motivo para perpetrarlo. ¿Podía ser un robo? Quizás. Pero el que se llevaran la ropa, podría hacer pensar que los dos acompañantes querían despojarlo de algo más que de sus prendas de vestir. Y si eran policías de civil o agentes de gobernación, tal vez querían secuestrarlo para llevarlo a interrogar sobre asuntos políticos en que nuestro poeta estaba involucrado, asuntos que podían ir desde su lucha pública contra la salinidad, los disturbios estudiantiles o su posición ideológica en plena guerra fría. Cualquiera de estos actos lo pudo catalogar, a ojos de los agentes de seguridad, como un subversivo a tomar en cuenta. Claro, también pudo ser un altercado por cuestiones personales, en una ciudad donde andar armado era parte de los usos y costumbres.

Y aquí se puede recordar que a Nansen se le tildaba de comunista porque fustigaba a los poderosos, porque exigía justicia social desde su condición de poeta.  Y si a esto le añadimos, como lo señala Sansón Flores, que “arremetía contra los funcionarios venales”, es fácil pensar que, al ser tachado de izquierdista en la conservadora ciudad de Guadalajara, a nuestro bardo se le vigilara por la policía secreta, se le siguiera de cerca y se le quisiera dar un escarmiento para que calmara sus comentarios periodísticos. Otro motivo a considerar es que nuestro poeta estudiaba la carrera de Derecho en Guadalajara y participaba en las luchas estudiantiles de su momento y circunstancia. Tal vez también esta vertiente debe ser investigada para indagar la causa de su asesinato. Como haya sido, lo más probable es que Horacio Enrique se defendió y el escarmiento pasó a mayores. Se trataba de silenciar su voz y los represores sólo consiguieron que sus ideas prevalecieran.

Como en el caso de otros periodistas asesinados en provincia, que no contaban con un reconocimiento nacional, las hipótesis sobre los responsables del asesinato del poeta-periodista no pasaron del conjunto de sus amigos, familiares y conocidos. La escasez de datos fidedignos sobre su muerte, que pudieran avalar unas hipótesis sobre otras, descifrar el quién, cómo y por qué fue ultimado, acabó dejando un regusto amargo entre los que estimaban a Horacio Enrique. Lamentablemente su asesinato no tuvo una repercusión mediática que hubiera servido para presionar a las autoridades para que éstas mantuvieran la investigación en marcha. Nansen era conocido más en el medio artístico de la capital de Jalisco que en el medio periodístico y por eso, por vérsele como un recién llegado, sin lazos de amistad con las lumbreras de la prensa local, es que nadie hizo campaña para darle relevancia a la investigación, para sostener el caso bajo los reflectores de la opinión pública. En una Guadalajara donde los “de fuera” eran vistos con suspicacia, donde los “norteños” eran considerados como bárbaros desatados, la muerte de nuestro poeta acabo siendo una nota informativa en páginas interiores, un dato curioso para la sección policiaca sin repercusiones significativas en la vida jalisciense.

Es obvio que la resonancia mayor se dio en los compañeros de la Opinión Cultural, como Edmundo Domínguez Aragonés, pero su plataforma periodística no tenía peso en comparación a los diarios principales de la perla tapatía. Y si vemos a la familia del poeta, a los compañeros periodistas bajacalifornianos, estando ellos tan lejos, a miles de kilómetros de distancia de Guadalajara, no contaban con posibilidades para influir en el curso de las investigaciones o para exigir que éstas continuaran hasta esclarecer los hechos. Por eso el resquemor que deja el asesinato de Horacio Enrique. No sólo truncó una vida en plena producción creativa sino que el deseo de que se hiciera justicia, de que se conociera cabalmente la verdad sobre lo ocurrido, nunca obtuvo respuesta, nunca fue satisfecho. Los que clamaban por saber la verdad y que contaban con tribunas pública para demandarla eran intelectuales, poetas y periodistas de Tijuana o Mexicali, cuyos artículos de indignación y de denuncia no llegaban hasta los círculos del poder cultural y judicial de la perla tapatía.

Ahora bien, mi veredicto es que a Nansen lo mataron en su departamento y lo tiraron a la jardinera de la casa vecina como pretexto para justificar su muerte, haciéndola aparecer como un accidente e incluso como un suicidio. En la nota anónima, publicada el 16 de febrero, se decía que entre el asoleadero y el suelo la distancia era de diez metros. No es mucho. Si nuestro poeta hubiera estado con vida seguramente se hubiera roto varias costillas y probablemente se habría fracturado alguna extremidad. Pero hubiera sobrevivido. Su fallecimiento fue a causa de una contusión craneana previa a su caída. Y los responsables se salieron con la suya. Mientras los poetas e intelectuales bajacalifornianos y jaliscienses se lamentaban por su muerte, los asesinos seguían sus vidas sin preocuparse por ser capturados. Tal vez llevaban placa y volvieron al lugar del crimen para echar un vistazo. Nunca lo sabremos. La única justicia que nos queda es la memoria que no se rinde, la lucha perenne contra el olvido. ¿Y cómo se puede luchar contra el olvido en el caso de Horacio Enrique Nansen Bustamante? Volviendo a su obra. Regresando a sus poemas. Que sus versos sobrevivan: intactos. Actuales. Imperecederos:

Soy el hijo lejano del desvelo 
que alentó en la esperanza de tu hora;
soy hijo de tu luz y de tu cielo.
Lo he sido siempre, cual lo soy ahora.
Llevo en la entraña de mi amor el celo
que estando ausente de tu voz devora, 
la angustia de querer alzar el vuelo
para besar los tintes de la aurora.
Soy una ola de la mar que encalla
(cuando en la tempestad me agoto)
en el plácido abrigo de tu playa.
Soy hijo tuyo, y al sentirlo noto
que no soy ruido que otro ruido acalla
¡Sino un volcán que arrulla el terremoto!