El estallido de Eros en proceso de transformación

A partir de la obra Mujeres bañándose, India, siglo XVIII, gouache sobre papel.

Por Valeria Matos

Yo no explico el arte, el arte quizás me lleva hacia mí misma siendo parte inexorable de una totalidad habitada por otredades múltiples, en el mejor de los estados interrumpidos entre la realidad subjetiva y lo real.

Agua azul grisáceo, pétalos adheridos a un centro polen. Aire, hierba, espacio delimitado con arbustos, no sé de qué clase, nacientes en India del norte, rosálidas, blanquecinas. Es el aire lo que imaginamos como provocador de la piloerección. En el agua tres mujeres se sumergen sin una gota en los senos. Justo los senos tienen que estar a la vista. ¿Qué sucedería con el placer si no estuviéramos acostumbradas, acostumbrados a sexualizar ciertas partes del cuerpo, a fragmentarnos?

Chupetear los pezones. La fantasía manifiesta lo vivido armando un rompecabezas de experiencias entre lo que fue, lo que se ideó, lo que se enseñó.

Vuelvo a la escena pictórica: mujeres que se miran, túnicas flotantes, cabellos largos porque nos pertenecen. Uñas pintadas bermellón, los tonos rojizos obligan al ojo a detenerse ahí (pies y manos), gargantillas, brazaletes, piedras enganchadas del oído con terminaciones nerviosas que desembocan en respiraciones entrecortadas. Una ella acaricia la pierna de otra. No sucede nada más, no hay dedos en vaginas, ninguna boca lame. Un instante que evoca lo que puede ser. ¿Qué? Un gemido en promesa naciente. ¿El gemido es manifestación de lo aprendido o simple expresión del cuerpo? Ambas mujeres llaman a la excitación propia. No quisiera recordar la primera vez que fui tocada por mano ajena indeseable, un hombre que frotaba la mano con los pezones de una niñita de cinco años, la reminiscencia queda de esa sensación (nací sin sépalo protector, lo he fabricado con lentitud con materia mielinizante). Quiero, en cambio, evocar la primera vez que la mano sí anhelada tocó con curiosidad y cuidado bajo mi sostén masitas de arroz con vida propia. Que llegue a mí la memoria del tacto sin juicio; memorias de la piel retenidas y alimentadas por algo más poderoso: el deseo de una bebé lista para ser nutrida por el pecho de la madre, la distancia inmedible entre la teta paraíso y una boquita deseante (el recorrido hacia el placer en términos winnicottianos).

¿Qué sucede en el resquicio de las imágenes pornográficas/eróticas, lo imaginado/lo explícito? Las tetas construidas dirigidas por un imaginario masculino donde la perfección es piel tersa, redondez, centros con tamaños proporcionados ante medidas casi áureas. La teta imaginada, la exigencia subyugante de la perfección para las mujeres. Un pene no me produce lo mismo, me confirma mi alteridad total. El pene flota como símbolo reduccionista y falso de una otredad poderosa, completa. Y yo, de pronto, sin ser madre, soy la teta abundante en estado lechoso.

Las imágenes femeninas son depositarias de mis encías vírgenes. Sería fácil asociar la pileta con una matriz; sin embargo, es más: es el pozo primigenio de lo prohibido, de lo que la mente no permite armarse para ser pronunciado, la ficción detractora de la lengua pronunciante.

Una tarde, la letra en trama fue laguna leche, mandragora dildo como artefacto neuronal. La palabra no se concibió como prótesis, sino como parte esencial de tocar lo más underground que habita justo tras el sacro, última vértebra en movimiento. Detonación de Eros.

Escribir, el arte, la muerte me siguen pareciendo imposibles, pero invariablemente muerden, como yo muerdo la teta prometida: el núcleo de la psique.