Demasiado amor para tanta teoría

Por Abril Gómez

Me pongo los zapatos rojos, mis favoritos, bajitos y suaves, me acomodo la falda de flores, tomo mi bolsa y me dispongo a salir. Tengo una sensación extraña, pero el crujir de la duela de madera no me deja pensar ni sentir del todo. Cierro la puerta, bajo las escaleras de caracol, salgo del edificio y camino por esas calles largas de edificios viejos. El olor a pan recién hecho inunda el ambiente. Algunas señoras limpian sus banquetas, riegan sus plantas y despiden a sus esposos mientras yo sigo caminando sin descifrar del todo esa sensación que me acompaña. Tengo 46 años y todavía no ha pasado eso que dicen que tendría que pasar: tener algo formal y estable.

El olor a pan me lleva de regreso a la casa de mi madre, a un momento específico. Acababa de terminar satisfactoriamente una diplomatura muy importante para mí y me sentía extasiada de felicidad. En mi imaginario era una especie de Patti Smith con diplomas, menos rock and roll y probablemente más deudas. Nos sentamos a la mesa. Tenía entre las manos un café americano cortado que me disponía a saborear junto con unos panes de mantequilla que prepara mi madre . Entonces hizo la pregunta: “Oye, Elena, ¿ya tienes novio?”. Sentí que el pan se me atoraba en algún punto del tubo gastrointestinal y vi cómo, a lo lejos, Patti Smith se levantaba, tomaba sus cosas y se iba con todos mis diplomas bajo el brazo; imaginé a mi madre brincando sobre ellos. Regresé del imaginario: “No”. Mi madre suspiró: “No te preocupes. Ya llegará algo”. Y ahí, caminando tantos años después, recordando y sintiendo no sé qué carajos, me pregunté: ¿en serio es algo que debería preocuparme?

Pensé en aquella noche, en la que me devoraron y devoré. Yo también había entrado en esa promesa contemporánea del disfrute sexual sin compromiso. Al principio fue divertido. Claro que lo fue. Había algo liberador en desear sin pedir explicaciones, en entrar y salir de una cama sin promesas, sin preguntas sobre el futuro, sin tener que construir una historia alrededor de un encuentro, hasta que dejó de serlo. No sé cuándo ocurrió. Lo que antes me parecía libertad comenzó a dejarme una sensación extraña. El deseo estaba satisfecho, sí. El cuerpo estaba satisfecho. ¿Y después? Después me vestía, buscaba mis zapatos, revisaba que no hubiera olvidado nada y me iba. Me resistía a aceptar que aquello ya no me bastaba porque inmediatamente aparecía esa voz que me decía que estaba retrocediendo, que quizá me estaba volviendo conservadora, que después de tantos discursos sobre la autonomía y el deseo ahora resultaba que yo quería algo tan sencillo como despertar junto a alguien. Qué contradicción. No juzgaba hay quien encontraba placer en esos encuentros; yo misma lo había encontrado. Simplemente había dejado de encontrarlo ahí.

Del libro Making Comics de Lynda Barry.

Mi cuerpo todavía podía desear una noche, pero algo dentro de mí comenzaba a desear una mañana. Y esa mañana ya existía en algún lugar de mi imaginación. En lugar de levantarme de la cama, vestirme e irme, despertabas poco antes de las nueve, cuando los rayos del sol comenzaban a colarse entre las cortinas. Me despertaba el olor de su piel y ese brazo atravesando mi cintura. Después de un beso preparábamos el baño. Bajo el agua tibia de la regadera nos abrazábamos hasta que nuestros cuerpos parecían perder sus límites. Salíamos a arreglarnos; preparaba unos chilaquiles con huevos estrellados mientras bebíamos café y conversábamos de política, de arte y de la vida misma. Tal vez discutiríamos porque alguno habría dejado una taza sucia sobre la mesa, o por la tapa del baño, qué sé yo. Después cada quien saldría a sus actividades, pero con la promesa de encontrarnos para cenar, quizá leer, ver una película o compartir una cerveza cítrica o una con notas de café. Nada extraordinario, y quizá por eso lo deseaba tanto.

Llegué y abrí la puerta blanca marcada con el número 10. Macario me esperaba. Me agaché para acariciarlo y entonces el silencio, tan agudo que parecía hacer ruido, hizo que algo dentro de mí se rompiera. Me solté a llorar. “Qué tonta”, me dije. “¿Por qué lloras? Eres una mujer independiente, capaz, preparada. Estás en tu mejor momento”. Pero no me lo creía. Durante mucho tiempo había repetido ese discurso como una especie de escudo. Una mujer independiente, una mujer preparada, una mujer que puede sola. Y sí, todo eso era verdad, pero también había otra verdad que me costaba aceptar: quizá también me había obligado a ser excelente. Nunca fui alta ni frondosa; nunca tuve ese cuerpo que, dentro de mi cabeza, parecía tener la facilidad de ser visto, ese cuerpo que entra a una habitación y antes de decir una palabra ya ocupa un lugar. Yo aprendí otra forma de hacer ruido. Estudié, leí, me preparé, acumulé diplomas, palabras, conocimientos, conversaciones interesantes. Y no quiero que parezca que reniego de eso; estudiar me gusta, me gusta descubrir cosas, entender el mundo, hacer preguntas. Lo que me duele es pensar en qué momento dejé de hacerlo únicamente por amor al conocimiento y comencé a convertir cada logro en una carta de presentación para que el mundo me mirara: Mírenme. Aquí estoy. También valgo la pena. Quizá mientras imaginaba que otras mujeres podían ser deseadas simplemente por existir, yo había creído que primero tenía que demostrar algo, que tenía que llegar con argumentos, títulos, historias, con algo que justificara mi presencia. Había convertido mis diplomas en una defensa, mi independencia en una armadura y mi inteligencia, incluso, en una forma de seducción, como si ser yo no hubiera sido suficiente.

Pero cuando miré más adentro apareció algo que me incomodó todavía más: también había convertido todo aquello en una competencia con el sexo opuesto. Por supuesto, una competencia que solo existía en mi cabeza. Durante años sentí que tenía que demostrar que podía ser tan inteligente, tan preparada, tan independiente y tan exitosa como cualquier hombre, incluso más, como si cada logro necesitara vencer a alguien, como si sentarme a la mesa no bastara y tuviera que demostrar que merecía estar en la cabecera. Y entonces apareció la contradicción que más me costaba aceptar: mientras una parte de mí competía con ellos, otra quería descansar junto a uno. Qué extraño. Había pasado tanto tiempo intentando demostrar que no necesitaba a nadie que olvidé preguntarme qué quería realmente. No quería que alguien llegara a salvarme, no quería dejar de ser quien era, no quería perder mi independencia; quería algo mucho más sencillo y mucho más difícil: compartir. Quería admirar a alguien sin sentir que eso me hacía menos, quería aprender de alguien sin convertir el aprendizaje en una derrota, quería dejar de medir quién sabía más, quién necesitaba menos, quién tenía más poder. Quizá había ganado muchas batallas que nadie me había pedido pelear, y ahora estaba cansada.

Entonces me acordé de Guillermo, mi primer intento de novio, allá en la primaria. Él iba en el B y yo en el D; solo nos veíamos durante el recreo. Me esperaba siempre a la vuelta de mi salón y, cuando yo salía, caminábamos juntos por el patio; me compraba mis paletas de manita. A Memito no le importaba que yo fuera chaparra, no le importaban mis pecas, ni siquiera aquel corte de honguito que mi madre, de manera casi religiosa, mantuvo en mí durante toda esa época. Es más, a Memito le daba igual si yo me sabía las tablas de multiplicar o no, y a mí también me daba igual que él siempre tuviera la camisa pintada por la pluma que le faltaba, que le faltara un diente o que su maestra le pusiera aquellas orejas de burro hechas de papel cartulina. Nada de eso importaba. No había una evaluación, no había una lista de requisitos, no había una competencia; solo existíamos él y yo en ese pequeño universo que habíamos construido durante veinte minutos. Nuestras conversaciones eran sobre caricaturas, sobre nuestros sueños absurdos y sobre todas esas cosas que uno puede decir cuando todavía no aprende a sentir vergüenza de querer demasiado. También habíamos decidido que íbamos a ser felices para siempre. Por supuesto, nunca sucedió, pero recordarlo no me dio tristeza; me dio ternura. Porque a Memito no le importaba quién era yo fuera de esos veinte minutos, y a mí tampoco me importaba quién era él. Él me esperaba, yo salía, caminábamos por el patio, me compraba una paleta de manita y durante veinte minutos éramos novios. Eso bastaba. Lo único que nos importaba era ese universo pequeño que habíamos construido sin saber que estábamos construyendo nada.

Quizá eso era lo que más me conmovía del recuerdo. Antes de aprender a compararnos, a medirnos, a preguntarnos si éramos suficientemente guapos, inteligentes, exitosos o interesantes, habíamos sabido algo que después olvidamos: mirarnos sin currículum. Y pensé en cuánto pierde el ser humano conforme crece. De niña no me preguntaba si debía mostrar interés primero, no sabía qué era la responsabilidad afectiva, el apego evitativo o una bandera roja; no calculaba cuánto cariño había dado ni esperaba horas para responder un mensaje para no parecer demasiado interesada. Memito me esperaba, yo salía y eso bastaba. ¿En qué momento había perdido la capacidad de relacionarme sin analizar cada gesto, sin medir cuánto daba, cuánto recibía, quién tenía el poder, quién necesitaba más? Quizá también estaba cansada de sentir demasiado. Siempre había tenido la sensación de llevar demasiado amor dentro, un amor torpe, excesivo, desbordado, y durante mucho tiempo eso me había hecho sentir pendeja. Había escuchado tantos discursos sobre las relaciones que ya me había hecho bolas: que no debía necesitar a nadie, que tenía que aprender a estar sola, que no debía dar demasiado, que si alguien se alejaba yo debía alejarme más, que mostrar interés era perder poder, que había que poner límites, trabajar el apego, tener responsabilidad afectiva, detectar las banderas rojas, no idealizar, no depender, no perseguir. Demasiada teoría, y yo ya no sabía qué carajos hacer con todo el amor que tenía dentro. No sabía si amar como quería era ser libre o traicionarme, si desear compañía me hacía menos independiente, si entregarme era valentía o falta de amor propio, si querer cuidar a alguien significaba que había retrocedido todos los años que había avanzado. Me había pasado tanto tiempo intentando aprender a relacionarme correctamente que quizá había olvidado cómo relacionarme. Quizá no necesitaba otra teoría; quizá necesitaba volver a escuchar a aquella Elena niña que quería comerse el mundo y descubrirlo todo sin preguntarse primero si tenía permitido tener hambre.

Foto de Henri Cartier-Bresson.

Macario maulló y lo miré. Madre ya no sería, de eso estaba segura, y, curiosamente, nunca había sentido que me faltara serlo. El instinto materno, si es que tal cosa existía, nunca apareció en mí como esa fuerza inevitable de la que tantas personas hablan, hasta que llegó Macario. No era un hijo, claro que no, pero algo en mí cambió con él. Había una forma de cuidado que yo no conocía antes: alimentarlo, buscarlo con la mirada al entrar a casa, preocuparme cuando estaba extraño, hablarle aunque no pudiera responderme, descubrir que otro ser vivo podía convertirse, sin pedir permiso, en una forma de hogar. Macario me enseñó que cuidar también era una manera de amar, pero el amor de pareja era distinto; ese sí lo había desarrollado, o quizá siempre había estado ahí: la necesidad de construir algo con alguien. No una vida perfecta, no una promesa imposible, no un cuento sin problemas; algo más sencillo: una historia compartida, un lenguaje que solo dos personas entienden, una taza junto a la mía, alguien que supiera cómo había terminado mi día y alguien a quien preguntárselo también.

Y entonces pensé otra vez en mi madre. Quizá nunca había querido fastidiarme. Ella estaba orgullosa de lo que yo había logrado, eso lo sabía, pero también entendía algo que yo había intentado ignorar durante mucho tiempo: los vínculos también sostienen una vida. Yo, a mis 46 años, preparada e independiente, también quería compartir mis historias con alguien, celebrar, hacer el amor cada tres días, prepararle alguna vez el desayuno, discutir por cosas absurdas, como la tapa del baño. Quería sentirme frágil alguna vez, quería aprender de alguien también, y no sabía si aquello era feminista, antifeminista, moderno, conservador, sano o insano. Por primera vez pensé que quizá no necesitaba ponerle nombre; era mío, eso bastaba. Extrañaba al amor, aunque, pensándolo bien, quizá nunca había dejado de pensarlo, o quizá era el amor el que, desde algún lugar, seguía pensándome a mí.

Me levanté, alimenté a Macario y me senté en la cama. Comencé a desvestirme. Tenía que escribir un texto, pero las ideas no llegaban; estaba cansada, quizá cansada de la soledad. Entré al baño y dejo que el agua caliente me cayera sobre la frente y resbalara por mis párpados hinchados, llevándose las lágrimas viejas. Apoyé las manos contra el azulejo y respiré hondo una vez, otra, y llené los pulmones de vapor. Quizá sentir amor era algo tan importante como respirar oxígeno, quizá la fragilidad no era una derrota, quizá solo era el costo de estar viva. Al salir, me envolví en la toalla y regresé a la habitación con el cuerpo tibio. Macario ya se había enroscado a los pies de la cama, ajeno al peso del mundo. Me senté frente a la hoja en blanco, encendí la lámpara y, con el cabello todavía escurriendo, tomé la pluma. El texto que debía entregar por obligación seguía atorado en alguna parte, pero ya no importaba. Dejé que la mano se moviera sola, empujada por todo el aire que me había faltado, y escribió la primera línea: “Me pongo los zapatos rojos, mis favoritos, bajitos y suaves, me acomodo la falda de flores…”