Paco y Ca7o: puro frenesí

Por Arturo Molina

Mi camarada Fer tenía desconfianza. “Es que le tengo mucho miedo a los fraudes. Ni te he contado lo que me pasó”, me dijo hace un par de días cuando me avisó que había conseguido boletos para el concierto. Antes me extendió la invitación, y no a chingar a mi madre, para venir, acaso influenciada por mi conversación lastimera de hace un par de semanas.

“Mi carnalita y yo prometimos ir a verlos cada vez que vinieran”, el tono melancólico de mi voz lamentaba que hubiesen regresado tan pronto y me encontraran sin presupuesto, “pero ninguno de los dos tenía dinero. Así que será para la otra”.

Por eso me invitó a la presentación de Free Spirits Tour. “Con quién vendría más que contigo, que eres un verdadero fan”, me dice mientras caminamos a la puerta 8 del Palacio de los Deportes, donde quedó de verse con el revendedor.

Atravesar ese marasmo de hostilidad, “¿Quiere boletos?”, “más baratos que del precio normal”, hace que uno se lleve la mano al bolsillo para asegurarse de que su celular sigue allí. Más al recordar las 87 denuncias del pasado Pa’l Norte por robo de teléfonos.

Al final de ese río está el chico, que no tiene impermeable, gorra o actitud de estar a punto de robarte. Nos da los boletos y primero entro yo para confirmar que no se trata de una estafa. Me da algo de temor dejar a Fer sola con ese güey: ella es muy chiquita y tierna como para ser blanco de malandros. Sus otros amigos no se esperaron y corrieron puertas adentro. Así que tomo el boleto y le digo que estaré bien pendiente.

A decir verdad, el chico no me transmite ninguna emoción específica y nos entrega con naturalidad. En su lugar, me siento amenazado por la línea de golpeo, vuelvo a llevarme la mano al bolsillo del pantalón. 

Una vez adentro llamo a Fer y tarda un par de minutos en alcanzarme. “No lo puedo creer, y me los vendió a mitad de precio, dice que se los dan en su trabajo, pero no va a ninguno; así que ahora ya sabemos”.

La humedad en la ropa por la lluvia tupida, que se desbordó desde hace un par de horas, no nos hace ni cosquillas y seguimos caminando hacia la entrada. Una vez con chela en mano buscamos nuestros lugares evadiendo, casi con la misma técnica que a los revendedores, a las acomodadoras. “Ni siquiera las voltees a ver”, le advierto a Fer, quien viene por primera vez al Palacio, “si les haces caso, insistirán para llevarte a tu lugar, como si sola no pudieses encontrarlo… y hay que pagarles”.

En el escenario hay una persona zen tocando cuencos tibetanos. Faltan cinco minutos para las 8 y aprovecho el poco tiempo que nos queda para contarle a Fer el trayecto de Paco y Ca7riel y, principalmente, de su arco narrativo. “¿Cuándo repuntaron?”, me pregunta mientras observamos los stickers que nos acaba de regalar una chica, “¿fue con Papota?”, levanta un Ca7riel con el chaleco de corazones. Le digo que el boom fue el Tiny desk, que tuvo tantas reproducciones y en donde pudimos ver su buena vibra. Luego vino Papota, ahora sí, apenas unos meses después. En las canciones ya hacen referencia a la fama que les dio el set del Tiny desk.

“Trabajan en chinga, porque ni un año después ya tenían el disco de Papota, el cortometraje y la gira listos”. Pienso que quizá tenía razón cuando me dijo que no tenía otro camarada más fan que yo.

En Papota hacen una crítica al medio musical y a sus actores, siempre con humor, siempre con juegos metaliterarios y metamusicales. Ese disco les valió la nominación a los Grammy y a los Latin Grammy, ganaron uno internacional y cinco latinos, igual que Bad Bunny. Apenas un día después de ganarse las cinco estatuillas estrenaron No me sirve más, donde hablan del ascenso descomunal que vivieron y de cómo ya no hay nada que los satisfaga. Tengo todo lo que quiero, pero quiero lo que tienes vos. Donde al final queman la estatuilla. 

La persona de los cuencos se levanta y retiran el equipo del escenario. Ya son más de las 8:20 y creemos que no tardarán en salir. La gente grita aunque todavía no alcanzo a escuchar los decibeles del año pasado, que me hicieron imaginar que así se escuchaba en los conciertos de los Beatles.

En las pantallas comienzan a salir frases de diversos pensadores como San Martín u Osho, pero también de tecnofeudalistas como Jeff Bezos o tibios como Messi. “¿Por qué traen esa onda como zen?”. Le digo a Fer que esa fue la última etapa y de cómo Sting les produjo un sencillo del nuevo álbum, de la narrativa que traen. 

En un video, Sting confiesa que lleva años dedicado a rehabilitar artistas cuya fama los desborda. Este centro ayuda a reencaminar a todas aquellas almas que así lo deseen. Por eso después de No me sirve más y otros meses de silencio, reaparecieron con este guion de amor y paz, vestidos de blanco y reestructurando el concepto de desmadre. Storytelling puro y duro. Como dijera uno de mis mejores amigos después de ver a Sting prestándose a este juego narrativo: “Si estos hueones me venden mierda en una bolsa de papel, yo se las compro”, y sí, porque habría una historia detrás.

Las frases siguen saliendo y saliendo y casi dan las 9 de la noche. Estamos desesperados y algo mareados porque nos dio tiempo de comprar una cerveza más, una costosa, porque el vendedor me dijo “ahorita le completo su cambio” y no volveré a verlo. Dudamos si nos da tiempo de ir al baño. “Seguramente cuando se apague la luz, esa sea la señal última”.

Y así sucede, entonces vuelvo a quedarme sordo del alarido que sueltan los miles de asistentes, ahora sí vuelvo a imaginarme que así se escuchaban los gritos con el cuarteto de Liverpool. No sé qué sea, acaso la misma energía que ellos muestran en el escenario lo que provoca la descarga tan frenética de emociones.

Desde el primer segundo y hasta el último no habrá un respiro para dejar de sentir. Abren con No me sirve más, un resumen de cómo los problemas humanos se reducen a unos pocos que cualquier persona comparte, como la insatisfacción. Lo hacen desde un pedestal al que los llevó la fama, el dinero y las ironías que eso contiene. El que más me deja pensando es aquel de: cuando no se tiene dinero, nadie te invita nada. Ahora que puedo pagar mi me cobran / La vida esa irónica, corta

Como un guion de película de acción, drama y comedia, el espectáculo juega con las emociones y los golpes de efecto. Detrás de ellos hay una suerte de ágora griega donde hay diversas celebridades, la primera que identifico es al Dr. Simi, santo patrono de mi bienestar. También veré más adelante a Macario, a mi Cachirula, a Luis Gerardo Méndez, y a nada más y nada menos que Loretto, actual novia de Paco Amoroso y quien saldrá durante Ay, ay, ay enfundada en una playera con los versos de la rola. “Está tan rica y no me aburro de hacerle el amor / Se rompió el frenillo pero no sentí dolor”

Risas, lágrimas; baladas, funk, soul, metal; baile y a pocos ratos calma; no hay tiempo de ir al baño, de respirar siquiera. Yo quiero ir a descargar las cervezas, pero no ha llegado ninguna que no me sepa. Me prometo ir cuando así sea, pero la rompo porque en la única oportunidad que tengo, el recinto se queda oscuro y del escenario salen luces rojas con la intensidad del mismo frenesí. El punch es difícil de evitar y con el sonido de pronto estamos inmersos en una película de Gaspar Noe. 

No hay manera, si no puedo respirar, mucho menos orinar. Esto es un compromiso irremediable. Bailamos, brincamos, gritamos y sudamos sin parar. Todo el Palacio está frenético y corea con desesperación, con risas y euforia, incluso las canciones que tocan con una base musical distinta a la original; algunas de ellas las interpretan por fragmentos, casi a modo de popurrí. A la salida, escucharé a una chica llamar a esas rolas ya, así tan pronto, “clásicos”. Me recordará a un amigo que se preguntaba cuánto tiempo debe pasar para considerarlo así. 

Cierran con la misma perspectiva de insatisfacción con que iniciaron, tan humana, pero desde una perspectiva que compartimos la mayoría de las personas, de la mirada de aquellos que no seremos famosos y siempre habrá alguien mejor que nosotros en algo que nos guste. El himno del mediocre me parece no solamente un rolón por su base musical como balada de los años 70, sino también un tratado existencialista desde el absurdo, algo así como: “ey, sí, somos comunes, somos uno más de este marasmo, pero, qué demonios”. Como dice Camus en El mito de Sísifo: “Las obras de Goethe se habrán convertido en polvo y su nombre se habrá olvidado dentro de diez mil años”. 

“Somos efímeros”, trataré de recordarle al rato a Fer cuando comience a buscar con prisa su celular, el teléfono del trabajo. Este final catártico suena a abrazo. Somos efímeros, no héroes. 

Al salir puedo notar una diversidad de estilos, específicamente en los hombres, siento de pronto que es un desfile de masculinidad no hegemónica: uñas pintadas, maquillaje, chalecos con hombreras, jeans con brillo, bolsas y más bolsas a los hombros. Nos paramos en un puesto de playeras para que Fer se compre aquella que deseaba tanto: dos Calamardos guapos con atuendo de Paco y Ca7riel.

Según recordará más adelante, quizá fue allí donde dejó su mariconera abierta, con su cartera al frente y a un costado el celular. En algún punto de la caminata, antes de encontrarnos con sus otros camaradas, un tumulto nos envuelve y yo vuelvo a poner mi mano en el bolsillo tras recordar las anécdotas de quienes vuelven a casa sin celular.

Cuando nos encontramos a sus amigos, en esa misma puerta 8 a la que habíamos llegado con temor, está consumado: no trae el teléfono del trabajo, aunque sí está allí su cartera. Todavía nos detenemos antes a comprar otra playera, acaso del puro coraje. Ya mañana recuperará los contactos de sus clientes y meditará que no perdió mucho. 

Es parte del absurdo, es parte de la ola de emociones que significa vivir. Quizá porque allá adentro las vivimos todas y solamente nos faltaba la vulnerabilidad, porque incluso el desazón se hizo presente, de la melancolía por verlos partir, nada más al terminar el último acorde. 

Fotografía OCESA / Liliana Estrada