Entre Nasty Sex, 250 µg y varias onzas de mota rolados en un filtro de los sesenta
Por Emilio Sheleeyx
A Natalia Ramirez
Cuando cumplí 19 años, le pedí a mi madre el libro De perfil de José Agustín. Que por recomendación de un amigo me llamó particularmente la atención porque fue escrito por alguien cercano a mi edad. Hablaba sobre personas de menos de veinte años, que sueñan con ese profuso deseo de escribir, de relatarse, de charlar acerca de sus amigos, de sus viajes, de sus delirios y sus heridas.
Días después celebré en Morelos mi cumpleaños con unos cuates de la militancia. Compré esa misma mañana mi primera y hasta ahora, única máquina de escribir, una Olivetti Lettera 25 de bonito color beige; salí con ella antes de tomar una combi clásica roja que rentamos entre todos por mil quinientos varos.
Con suficiente papel para escribir, sábanas para liar puchos, una onza de mota, cuatro ajos metidos en una cajita de cerillos (lo exacto para tripear a las doce personas que yacíamos por ahí), unos pajaritos en miel metidos en un frasco de mermelada que daba para una dosis de té con psilocibina y unos pocos dos mil pesos para tres días, en donde revivimos el cliché de la Onda en una casa setentera en las afueras de Cuernavaca. Al llegar, tomamos vino tinto de lo más barato en grandes cantidades, nos ponchamos varios toques desde las siete de la mañana hasta la madrugada, cuando los cuerpos y las cabezas ya no daban para tanta pachequez; tuve sexo incesante con mi exnovia en la cama o en la ducha compartida, que se convertiría progresivamente en un sauna sexual de lo más salvaje. Escuchábamos todo el rato a Janis Joplin, The Doors, Jefferson Airplane, La Revolución de Emiliano Zapata, Violadores del Verso o artistas más contemporáneos como C. Tangana.
En aquel breve viaje, adelanté unas cien páginas de mi reciente adquisición literaria con tremenda fluidez; intenté replicar la manera de relatar en forma de diario, al igual que Kerouac en On the road o Bolaño en algunos fragmentos de Los detectives salvajes, naturalmente, sin éxito. Desacostumbrado a la máquina, que me parecía incómoda y ajena, cruzado con la cantidad excesiva de sustancias, pude redactar apenas la fecha y un par de versos incoherentes acerca del reventón que nos andábamos metiendo. José Agustín, a partir de ese momento, se convertiría en una especie de faro, no solo en la inspiración creativa, sino en una manera más de vivir, de contemplar, de sentir sin miramientos, despreocupadamente juvenil.
Parecía que yo, por fin, tenía certeza de algo; mi entorno era como una promesa cumplida que apenas estaba emergiendo, mis valores de la militancia y de la lucha artística empezaban a tener sentido, ese año ganamos elecciones y varios de mi círculo tomaron espacios de decisión siendo demasiado jóvenes y ahí estábamos, empezando cosas, proyectos, ideas, yo escribía en mis primeras revistas literarias. Y creo que eso pasa con todos los que encuentran la fortuna de la literatura de José siendo todavía adolescentes, pues son autores como este o como los Beats, como Rimbaud o Bolaño, los que orillan a entender la literatura como un espacio latente, activo, que tiene la posibilidad real de encarnarse, donde la obra máxima que uno puede crear es la propia vida. Una que se decide experimentar al límite, donde se extrapolan los párrafos, los versos, los sonetos en los espacios internos que uno habita, en las personas a las que se ama, en los sueños que se ganan y pierden todo el tiempo.
Sobre avenidas, calles, colonias en donde nos desplazamos y construimos memoria.
Ahí, en el trago frenético del alcohol o frente a las teclas trabadas de mi máquina, entendí que no estábamos inventando nada, sino que éramos parte de una trinchera antigua. Esa es la verdadera importancia del legado de José Agustín: donde el territorio de la ruptura política no solo estaba en las calles o en las asambleas, sino también en el cuerpo. Él perteneció a una generación que entendió el resquebrajamiento de las estructuras institucionales y culturales desde la propia piel, incluído y sobre todo, en el desmadre.
Cuando leíamos sobre la psicodelia de Avándaro o los movimientos estudiantiles de los sesenta y setenta, no veíamos historia muerta, veíamos nuestra propia urgencia. Era la conciencia heredada asomándose en orgías alocadas, la rebeldía frente a la tira represora y la momiza asustada por la chaviza rebelde. La disconformidad urgente de una juventud que salió de Lecumberri para demostrar que el amor y el exceso también pueden destrozar al establishment.
Al respecto, al conversar acerca del contexto de mi acercamiento a la literatura de su padre, pude preguntarle a Andrés Ramírez, editor e hijo mayor de José Agustín, sobre la motivación y detonación de los procesos de creación literaria en jóvenes, que de repente, creo (y porque lo vivo personalmente), pueden sentir que no escriben correctamente y por ende, se nos aleja la literatura por una idea implantada de que uno escribe solo en búsqueda de la publicación y no simplemente por el hecho mismo de crear, cosa que de alguna forma, aletarga y silencia.
Andrés muy atento a mi choro, me contestó:
“Creo que el ejemplo de José Agustín en ese sentido es muy positivo y muy inspirador. Es decir, él venía de una familia donde no había un escritor… No tuvo una educación privilegiada… y sin duda su carácter, que era sumamente osado y aventado, lo llevó a no tener esos filtros, que hoy en día creo que están muy presentes para cualquier joven escritor. Porque si te pones frente a un papel con una pluma, inmediatamente al tratar de escribir una línea, sabes que hay una tradición inmensa atrás. Donde hay todo tipo de libros, autores, corrientes, ideas, y algo que es muy cierto es que realmente se ha escrito todo. Todo lo que se pueda escribir, ya está hecho. Entonces está en el cómo volver a contar estas cosas. Y es en el cómo en donde se cifra que un buen escritor trascienda…”
Pausaba un momento para darle una calada a su cigarro, yo sorbeteaba un mate riquísimo y prendía un liado con un cerillo que me quemó parte del hocico, en los bigotes, disimulé discretamente en tanto Andrés proseguía:
“José Agustín a sus 16 años empezó a escribir como loco, impulsado sobre todo por el placer que le daba escribir, por el hedonismo que le causaba el papel y la pluma. Tuvo la fortuna de encontrar un maestro que le ayudó a encontrar su camino, ¿no? Y no era cualquier maestro, o sea, era uno de los escritores en ese momento más importantes del país (Juan José Arreola)* con una carrera sólida que estaba un poco peleada con el medio cultural, y esa influencia fue decisiva. El ejemplo que le da a José Agustín es efectivamente; no te calles, no te detengas y sigue tu pasión, tu impulso. Y creo que dijiste algo muy interesante, que es lo que uno se calla por no escribir, por no decir lo que uno piensa, fantasea e imagina, pero que a la hora de llegar al papel ya no llega muchas veces. Hay una serie de filtros que vas haciendo y que te van llevando a no escribir, a pensar qué yo quiero escribir esto, pero ya lo hizo antes tal o cual. En esa época justo los jóvenes no tenían voz. Eran o niños o ya de pronto señores; casados y con todo lo que la sociedad demandaba. Y él rompió eso, le dio voz a un personaje joven en La tumba y luego en De perfil. En esa osadía de darle voz a esos chicos encontró todo su camino literario.
La gran enseñanza es, pues aviéntate. No estés pensando si va a tener si va a estar bien, si va a estar mal, si va a tener un impacto, o si no, si te van a reconocer, si te van a odiar, etcétera. Esas son las preguntas más tramposas para alguien que está empezando a escribir, y que distraen.
Distraen del hecho en sí de la de la escritura y del placer estético que da transmitir lo que tú quieres transmitir… Creo que esa es la primera función de la escritura; expresarse. No si vas a publicarlo, no si vas a tener reconocimiento. Sino realmente transmitir lo que lo que tu alma quiere transmitir.”
Después de un rato, sacó un rockabulario, donde yacía un trabajo de integración lingüística y sociológica del vocablo del tokin y el toque, un material inédito de José Agustín creado exclusivamente para la película Ya sé quién eres (Te he estado observando) del 71, protagonizada por Ángelica María y escrito por él mismo:
Alivianarse: quitarse peso de encima.
Fajar: acariciar con precisión, alevosía, ventaja y coquetear.
Chavas: donde, donde.
Terminamos la entrevista, fuí a tomar un café que se secundó con una chela en casa de una amiga en San Ángel. En el camino seguí pensando en la ciudad que atravesaba la lluvia veraniega, en llamas del tráfico irremediable; en torno a la Roma, la Narvarte, la Doctores y trazar la capital desviándose hasta llegar a Periférico. Recordé de nuevo a Morelos, también recordé otros momentos, los más recientes que tuvieron a José Agustín detrás de mí, como un impulso motor inconsciente, diciendo “no seas coyón, hazlo”.
En los numerosos mítines, las marchas y un saqueo un 2 de octubre sobre Eje Central con una ex novia parisina que estuvo a punto de ser deportada. La ebriedad de cada una de las pulcatas y cantinas en donde declamé poemas maletas con amigos más viejos que uno. Los mochilazos severos y espontáneos donde estuve a punto de morir en Xalapa o en Chacahua.
La infinidad de viajazos con toda clase de chingaderas que encontré a partir de esos 19 años; desde tramadol, ketamina, cocaína, LSA, mucho LSD, hongos, hachís, rapé, diazepam, valium, difenhidramina y hasta un toque de salvia. De poemas enterrados en el sepulcro de la basura cotidiana, muchas historias de amor, de amistad y una feroz responsabilidad de encontrarme tras cada cosa, aunque pareciese minúscula, microscópica, invisible, pero siempre, intensamente jovén y vivo. Como hasta ahora…
Fotografías de Paloma Del Ángel


