Encuentro del tercer tipo: una noche con Enjambre

Por Arturo Molina

Pocas veces me he arrepentido de no comerme un cuadro de LSD. Lo observé durante unos minutos, quizá por culpa del sopor canábico. No, me dije, todavía no estás listo para volver a meterte un ajo. Acababa de mandar una canción por WhatsApp sin saber bien a bien por qué, ni menos para qué, pero igual se la mandé. 

Cuando Dani me dijo que había conseguido boletos para el concierto dudé un poco, ¿en verdad me gusta esta banda? Sí les conocía varias rolas, más de las que pensaba, supe después, pero no estaba tan seguro de corear más de tres. “Es música de nuestra época”, me dijo otra amiga al contarle que vendría. Dudé, pero igual acepté venir, con el elemento añadido de que hoy es su cumpleaños.

–¿Sí querías venir o por qué te noto raro? –me pregunta Dani después de las primeras cuatro canciones.

–Quizá son los fumes que me di hace rato –no sé si estoy mintiendo, porque sí me siento un poco gris todavía.

Tardamos en entrar por la mala logística del ingreso, con el estrés de la gente pisándonos los talones. Nos quedamos callados un rato, sin quererle expresar al otro que sentíamos una posible avalancha: muchas personas, en su mayoría millenials como nosotros, chiflaban con desesperación, como si no estuviéramos cerca de entrar. Fueron minutos eternos. 

Al librar el tapón de acceso, nos dio incluso tiempo de pasar al baño y por las primeras chelas; en la compañía de Dani siempre hay chelas, y hoy es su cumpleaños…

Hace rato que venía en el metro me repetí en la mente eso que me dijeron, “es música de nuestra época”. Me le quedé viendo al hombre que tenía enfrente, con su playera de la banda y las canas asomándose en su cabellera. 

Aquí, las gradas y todo el tapete que formamos la zona general, estamos repletos de antenitas de abeja, algunas con luces brillantes que destellan aún más cuando los reflectores se apagan. Suéteres de gruesas bandas negras y amarillas, playeras negras con detalles coloridos y más lucecitas iluminan esta noche de luna terriblemente hermosa.

El rojo tenue que la cubre, allá arriba entre nubes templadas, me hace recordar las caminatas nocturnas en las que rogaba para que ella levantara la vista y admirara junto conmigo la belleza de una madrugada fresca. No Dani, sino a quien le mandé la canción de Tercer tipo hace una hora por WhatsApp. Llamémosle Dulce Soledad. Se la envié porque es de mis favoritas, melancólica oda a los amores que no fueron a pesar de ser prometedores; también de confesión por no poderse alejar, aún, de ellos. Una promesa, quizá, del paso necesario a eso que Luciano Lutereau llama: amor a la distancia y a la separación.

Ahora que lo pienso, el ambiente de hace unos minutos, de tensión irremediable, lo sentía también a veces con Dulce Soledad: escribirle y aguardar su respuesta era esperar que de momento una Marabunta de personas se precipitara a mis espaldas.

Saco el teléfono para capturar una canción. No sé si es impresión mía, pero justo cuando comienzo a grabar, una chica atrás de mí eleva sus gritos con los que entona las rolas: Hoy bien pude haber dejado de estar contigoooooooo, y la extensión final es como si de pronto le jalaran el pescuezo a un gallo para arrancarle un cacareo sostenido. 

Las últimas semanas me las pasé escuchando una playlist que según sería lo más cercano al set de hoy. En este tiempo me di cuenta de que me sabía muy pocas canciones, aunque muchas más me gustaban y sólo me sabía un par de versos, o de plano ninguno. Me arrepentí un poco de no entrarle antes; desde el concierto de Camilo Séptimo había quedado con Dani que tal vez vendríamos esta noche. Ella fue categórica: “Quiero que sea el día de mi cumpleaños”.

A ese concierto de Camilo Séptimo iría con Dulce Soledad, pero al final, casi junto con el vínculo, el plan se desvaneció y Dani salió al quite comprando su boleto.

–No te sabes ninguna, me mentiste, ¿o sigues drogado o qué? –no contiene la risa tras un trago final a la segunda chela.

–Cómo no, me sé más de las que pensé.

–No te veías así en el concierto de Camilo, tampoco en el de Panteón –tiene razón.

–Pero Camilo Séptimo es de mis bandas favoritas.

Enjambre no, pero estas últimas semanas le han picado como abejas a mi melancolía. Quizá era porque todo tiene su tiempo, como la luna descomunal detrás del escenario, tal vez no debí llegar a Enjambre hasta ahora porque me hubieran destrozado el corazón en rupturas pasadas, en especial las dos con Dulce Soledad. Así es, no fue sólo una.

Como Dani tampoco se sabe todas, nos da tiempo de platicar entre rola y rola, de disfrutar aún más del espectáculo visual que me hace arrepentirme de no comeraquel ajo que lleva guardado casi el mismo tiempo de la primera ruptura con Dulce Soledad. 

Sin darnos cuenta, la visión se nos dificulta, las antenitas se han reacomodado y tenemos que movernos para mejorar la vista. La chica de los gritos va detrás de nosotros.

Nos reubicamos y un manto de colores se abre ante mí. Lo puedo ver todo: destellos azules, morados, rojos que van desde el escenario hasta el infinito detrás nuestro. Nos quedamos hipnotizados unos segundos con las bocinas retumbando, la tercera chela a la mitad y la luna subiendo más y más.

Los acordes de Tercer tipo exhalan, saco de nuevo el celular para grabarla. Tras unos minutos de ecos nada fuera de lo común, vuelve a taladrarme el grito de la chica. Al rato que suba ese video a mi historia de Instagram, su aullido se colará y será motivo de bromas y risas entre mis contactos.

Dani tiene razón, ni al cantar esta canción termino de arrebatarme como me sucede en otros conciertos, ¿qué especie de vacío me tomó por la espalda esta velada? Supongo que así se sentía Bart Simpson cuando vendió su alma y no podía reírse ni con la caída atroz de Homero por las escaleras. Quiero llorar o algo. Me limito a gritar, a chiflar. 

Dulce Soledad decía que le encantaba escuchar canciones depresivas cuando estaba enamorada. ¿Qué se debe sentir cuando escuchas a Enjambre y no estásenamorado ni deprimido? Quizá me neutralizaron con esta novela de emociones, con esas luces y la falta de LSD en mi cuerpo.

El reacomodo nos dirige un poco más cerca de la valla que separa General A de General B. Cada que nos movemos, nos damos cuenta de lo poco que estábamos viendo. Ya van casi dos horas de concierto y no se ve para cuándo parar, ni siquiera ahora que interpretan clásicos en otros géneros, como bolero y salsa. 

Subo la mano con el celular para capturar algunas fotos y grabar otro poco. Nuevamente me patea la nuca el alarido de la chica que, sí, continúa siguiéndonos. Yaaaaa no sé, qué voy a haceeeeeer, volví a perdeeeeeer

–Pensé que ya habían tocado todas las que me sabía –mañana, al revisar de nuevo el playlist me daré cuenta de que incluso no tocaron otras que sí me sé, como Siempre tú–, pero no, mira. 

–Bueno, no me mentiste del todo –y suelta otra de sus risas características que parece nacerle directo del estómago.

Ahora es ella quien levanta su celular, le ayudo enfocando la cámara cada vez que los destellos de las pantallas ponen borrosa la imagen. No escucho para nada los gritos de la chica, ¿se habrá alejado por fin de nosotros?

Creo que no estoy tan eufórico porque algo de lo que puedo controlar en un concierto es mi archivo musical, de letras aprendidas, por eso escucho playlistsantes de cada uno, para saber incluso las transiciones entre una y otra rola. Quizá por eso le mandé el mensaje con la canción a Dulce Soledad, porque es lo único que alcancé a controlar de este camino hacia el olvido. 

Llevo días intentando ahuyentar a una rata que ronda traviesa los linderos de mi ventana. Mi tía me dijo que le pusiera una raja de canela con Vick VapoRub, café y bicarbonato. En efecto, la rata intentó llevársela como alimento, pero no le hizo bien y la dejó arrumbada unos centímetros más adelante. Volví a colocarla justo en el dintel y la rata no volvió más, al menos no para llevarse la canela. Respeté su manera de aprender la lección y no repetir algo que le hizo mal; la envidié, incluso. Aunque también la compadecí otro tanto por no poderse conmover en un concierto de Enjambre.

Dani paga la última chela, seguramente que la última porque ya van dos horas y media de concierto. Salud.

Le doy un trago profundo al vaso, como si aquí pudiese encontrar una respuesta a ese eco, a ese vacío acompañado que significa escucharlos. Levanto la vista, la luna está con el camino abierto, libre de nubes y el viento fresco me regala su serenidad, la voz de Luis Navejas me recuerda: Mientras estemos vivos / somos seres divinos. Luna siempre inmensa, siempre tenaz, siempre contadora de historias, siempre divina.

Salgo del pequeño sopor y nuevamente levanto mi teléfono, ya no para grabar, sino para probar un punto. No me mires con esos ojos queeeeeee. En efecto, ahí sigue detrás de nosotros. Me parece el peor error logístico colocarse detrás de mí en un concierto, ya no digamos por mis 1.85, sino aun más cuando tú mides 1.50.Un piquete de rabia me recorre la espina dorsal.

Me volteo y olvido todos estos años de condenar la violencia, de desaprender que los golpes no resuelven problemas, le sorrajo un brutal cachetadón a la chica y el grito se ahoga en la agonía de la canción.

Obviamente esto no pasó, pero sí la canción, sí el mensaje de WhatsApp, sí el recuerdo de Dulce Soledad que me trae el humo del resto de las antenas, satélites de emociones que me conmueven por otros llantos que sí se logran, por todas las parejas que se besan con una pasión ardiente frente a mí.

Brindo con Dani, ¡feliz cumpleaños!, antes de las últimas rolas, faltan pocos minutos para que se cumplan tres horas de música, tres horas que se pasan como chela por garganta dipsómana. El público alumbra con las linternas de sus teléfonos, me dejo conmover por ellas, por las miles de antenas titilantes. Dejo que me contagien la melancolía de vivir, de extrañar acaso algo no vivido. 

Hace unos meses, cuando pensaba en Dulce Soledad, sonaba en mi cabeza Siempre tú, hoy, al igual que Tercer tipo, es una promesa del paso necesario hacia aquello de amar la distancia, amar la ruptura y la necesaria separación. Este vacío se disipa, por un instante deja de serlo y durante un segundo eterno tampoco deseo preguntarme nada.

Fotografía de Liliana Estrada / Ocesa