Alan Corkidi
Durante varias semanas, mi compa Emi llevaba intentando convencerme de escribir para la revista en la que edita.
Yo, por supuesto, le daba largas. No porque tuviera algo mejor que hacer. Simplemente no sabía sobre qué chingados escribir.
Hasta que, con astucia encontró la forma de acorralarme. Un día me llegó un mensaje:
—Oye wey, ¿jalas ir al Nepo gratis?
Contesté en cuestión de segundos : Sí, por supuesto que sí. ¿Qué clase de imbécil rechaza una entrada gratis al Nepo?
—Súper. Es que necesito que alguien haga una cobertura del evento.
He aquí la trampa de la cuestión, las letras pequeñas. Emi había logrado que la emoción que había surgido en mí de irme de fiesta gratis se convirtiera en angustia sobre mi talento como escritor. Rápidamente me rodearon las dudas, pero la promesa de una noche gratis terminó diluyendo parcialmente mi miedo.
Con el objetivo de que esta no sea la última vez que me dejan pasar gratis; por contrato, es mi deber darles una pequeña descripción de qué es el Nepo: El Nepobaby es en acotación, un club social. En profundidad, un complejo espacio de relaciones interconectadas entre un comportamiento común específico, definido entre contextos materiales, culturales y sociales históricos de clase. Como nos pudiera referir su nombre, se trata de nada más ni nada menos, de una noche por y para nepos. Pero es en el propio reconocimiento del nombre en donde entra la ironización y la peda. Entre un mar de sustancias, calor, elementos eróticos, música, baile y humo, CHICO o o cualquier venue que reciba al Nepo, pasa a convertirse en una salvaje jaula frenética de inmoralidad.
En fin ya tenía mi boleto, ahora el segundo paso era crucial: convencer a mis amigos de que vinieran conmigo. Empecé a realizar llamadas. Nadie podía. Algunos me dieron el pretexto de que no tenían dinero, otros simplemente no querían.
Dadas las malas noticias, había ideado una especie de plan. Consistía en reunirnos en la casa de uno de ellos, comprar mucho tequila y cuando ya el alcohol y la noche los tuviera encarrilados y listos para la fiesta, no tendrían más remedio que venir.
La situación era la siguiente: teníamos Squirt y una botella de José Cuervo Reposado de 990 ml comprada en un Sumesa, porque el miembro más codo y borracho del grupo había descubierto que ahí lo vendían más barato. El plan era sencillo, económico y, en nuestra opinión, infalible. Estuvimos tomando durante unas horas y ya bien pedos, como supuse, aceptaron acompañarme.
Llegamos.
Aún no abren. Aprovechamos para hacer una última parada técnica en el Oxxo.
Compramos 2 anforitas, un paquete de Halls negras y yo fui el encargado de robar dos paquetes de chicles.
Nos fondeamos en la calle las anforitas mientras platicamos con nuestros amigos que también están afuera esperando la apertura de puertas.
Se acaba una, queda el último trago de la otra y mi amigo me dice:
—¿Vas?
Finjo cordialidad y le tiendo la mano, en señal de que se lo tome él.
—Insisto.
Sabía que un trago más me hacía correr el riesgo de expulsar la pizza margarita que me había comido horas antes. Pero mi masculinidad frágil y mis ganas de ponerme una buena peda me hicieron tomarme aquel último trago de ese elixir que se disfraza de huasteco, pero que en realidad parece ser etanol industrial saborizado con jarabe de maíz.
Siento cómo el líquido me calienta el corazón. Doy un respiro y miro a la nada durante unos segundos. Uno de mis amigos funge como figura materna durante esta horrible escena. Me soba la espalda y me susurra al oído:
—Ya pasó, ya pasó.
Sobrevivo.
Los recuerdos posteriores están sumamente borrosos. Sin embargo, me cuentan que organicé una caminata al Popo, hice un grupo de lectura que se reunirá dos domingos al mes —de esto me enteré porque un grupo de WhatsApp apareció mágicamente en mi teléfono al día siguiente— y, al parecer le prometí a un amigo ir el próximo año ir a China con él.
No recuerdo haber tomado ninguna de esas decisiones.
Entro. Una nube de humo invade la habitación. Casi no hay nadie en el interior. Mis amigos están afuera. Aún no los dejan entrar.
Veo que no hay ninguna cara conocida. Deambulo borracho durante unos minutos. Me balanceo un poco. Mi motricidad es torpe. Veo un par de amigos a lo lejos. Están en la zona del backstage. Entro.
Camino con absoluta naturalidad, como si entrar al backstage fuera algo que hiciera todos los fines de semana. En mi cabeza, por supuesto, alguien ya me había visto y estaba pensando:
-¿Quién es ese tipo tan casual que acaba de entrar al backstage? ¿Será miembro de alguna banda?
Aprovecho para poner en práctica mi técnica habitual para asegurarme de no perder mi chamarra. Se trata de un procedimiento sencillo, pero perfeccionado durante años: busco a algún amigo que no sea tan desmadroso, o al que le tenga aunque sea tantita confianza, y le amarró la chamarra a la mochila. De esta manera, la prenda deja de ser mi responsabilidad y pasa a formar parte de la vida de otra persona. Una solución elegante. Una especie de outsourcing de la chamarra.

La fiesta se prende. Bailo, platico y me aseguro de decirles a todos que los amo. A todos. Incluso a los que no son tan amigos.
Una voz borracha se me acerca y me dice: ¡Va a cantar Juan Gabriel!
Acepto que me emociona escuchar a Juan Gabriel, uno de mis cantantes favoritos en el mundo. Así que cuando vi su figura a lo lejos, algo dentro de mí se movió. Me quedé con los ojos clavados en él. Mi boca permanecía medio abierta. Una inmensa masa de cuerpos borrachos, sudorosos y semi descompuestos impedía nuestro encuentro. La gente iba y venía frente a mí, pero yo solo podía verlo a él.
Desesperado, empecé a apartar gente de mi camino mientras avanzaba.
Observé su torso, su rostro, sus facciones, su existencia. Lo contemplé durante unos segundos, intentando procesar lo que estaba viendo. Y entonces lo comprendí: en efecto, era él.
Algunos envidiosos dirán que era un imitador de medio pelo. Y yo diré: Se equivocan, era el mismísimo divo de las noches de juárez, era el, Juan Gabriel.
Comenzó a cantar, uno de mis amigos entendiendo la importancia histórica del momento, me cargó sobre sus hombros para que Juanga pudiera verme mejor entre la multitud .
Y entonces lo vi a los ojos. No con una mirada normal. Lo miré como mira un enamorado mira a la persona que lleva años esperando. Él me miró de vuelta. Con ojos de complicidad. Le extendí la mano. Durante unos segundos quedó huérfana, suspendida en el aire. Y entonces ocurrió. Juanga la tomó. Siguió cantando mientras sostenía mi mano. No sé cuánto duró, pero se sintió como la consagración del milagro, como consecución divina. Quizá fueron cinco segundos. Quizá fueron veinte. Pero durante ese instante no existía nadie más. Solo existíamos él y yo. Juan Gabriel y yo. Y, por supuesto, unas doscientas personas alrededor que probablemente también estaban viendo el espectáculo.

Y así, entre Juan Gabriel, el alcohol y una cantidad preocupante de decisiones cuestionables, la noche siguió avanzando. Cuando por fin estaba llegando a su final, me encontré con Emi y con otro amigo, cuyo principal rol durante la noche había sido despachar coca a todos los demás. Estaba hablando sobre una traición; yo no estaba prestando demasiada atención. Al parecer, le había dado su perico a alguien y cuando volvió a él, su bolsita estaba vacía. Emi y yo lo escuchábamos con la cabeza baja, cada quien perdido en sus propios pensamientos. Emi quizá lamentándose de que ya no hubiera coca. Yo, que siempre he sido el más sano de los dos, preguntándome si quizá ya era un buen momento para regresar a casa.
Me decido por irme. Empiezo a despedirme de uno que otro cabrón cuando un imbécil me dice que los de seguridad habían golpeado a uno de mis amigos. Salgo preocupado, le llamo y me dice que todo bien. Era una broma.
Mi amigo estaba estacionado afuera de la fiesta. Me acerco a él. Parecía algún tipo de ser iluminado: descansando, con los ojos cerrados, el respaldo reclinado y música sonando de fondo. Me ofrece llevarme a mi casa, que estaba a un par de cuadras. Acepto el aventón.
Regresamos en silencio, sumidos en ese silencio de madrugada que hace que hasta el trayecto de tres cuadras parezca un largo retiro en penitencia
Llegamos. Le agradezco, y me bajo. Al bajarme los pinches pajaritos ya estaban ahí, chingando. Uno podría pensar: “Bueno, es normal. A cierta hora de la mañana los pájaros empiezan a cantar”. Pero yo creo que esa es la versión oficial. La realidad es mucho más oscura.
Los pájaros te juzgan.
Ahí están, paraditos en los árboles, cantando como si hubieran pasado toda la noche en sus casitas, durmiendo sus ocho horas, tomando agua y llevando una vida ejemplar. Y mientras tanto uno llega a las seis de la mañana con la dignidad colgando de un hilo. “Pío, pío.” Sí, cabrón. Ya te vi. Perdón por no tener tu horario laboral.
Decidí, por mi propia salud mental, terminar aquella pequeña disputa interna con las aves y entré al edificio.
Toqué el timbre. El portero abrió. —Buenas noches. Le dije. Hubo un pequeño silencio. —Buenos días, joven.
Ahí estaba otra vez. Quizás ya me estaba sugestionando, pero lo sentí como un ataque personal. Como si quisiera recordarme que mientras él ya estaba empezando su jornada, yo apenas estaba terminando la mía.
Entré al edificio sintiéndome ligeramente humillado.
Por fin estaba en casa. Veo mi cama. Por alguna extraña razón, estaba tendida. No sé quién la había tendido ni en qué momento había ocurrido semejante milagro, pero en ese instante no me importaba. Tenía asuntos más urgentes.
Me dejo caer sobre la colcha esponjosa y ahí, hundido entre las cobijas todo se siente bien. El cuerpo finalmente deja de estar en guerra conmigo. No hay ruido, no hay gente, no hay música, no hay responsabilidades. Sólo calor, suavidad y una sensación casi primitiva de estar a salvo. Durante un momento regresé al útero, solo que uno hecho de almohadas, cobijas y telas de 50% algodón y 50% poliéster.
Despierto con olor a alcohol, cigarro y encierro. Tengo la garganta seca y, durante unos segundos, no sé dónde estoy ni por qué, pero mi boca sabe como si alguien hubiera utilizado mi lengua para limpiar una banqueta. La luz que entra por la ventana no es luz: es una agresión. El mundo había vuelto a encontrarme y parecía decidido a cobrarme, con intereses, cada uno de los pecados de la noche anterior.
Mi primer pensamiento es: ¿qué hora es?
Dejó caer la mitad de mi cuerpo fuera de la cama mientras la otra mitad permanece estratégicamente protegida entre las cobijas. Con los ojos medio cerrados, intento alcanzar mi teléfono, que yace en el piso conectado al cargador. Mis dedos lo buscan de manera brusca y torpe, tanteando el suelo. Finalmente, mi dedo índice —creo; todavía no me aprendo cuál dedo es cuál— logra hacer contacto con el teléfono.
12:26.
Mi temor era cierto.
Me había perdido el partido del Barça.
Lo segundo que hice fue asegurarme de que el Dream Team estuviera en casa: el trío que todo muchacho que se respeta quiere encontrar sobre su buró al regresar de una fiesta.
Teléfono. Llaves. Cartera.
Los tres estaban ahí.
En la mesa había un vaso de agua de la noche anterior. Lo miré durante varios segundos. Él me miró de vuelta. Mientras el agua con una gotas de clorofila se resbalaba sobre mi garganta yo comenzaba a regresar al mundo de los vivos.
Salgo de mi cuarto, tomo un plátano y me recuesto derrotado sobre mi sillón. Me digo a mi mismo ¿y ahora sobre qué chingados escribiré?