Por Jaime Garba
I
Un padre con dos hijos adolescentes, cercanos ya a la adultez, entran a un restaurante pintoresco y de comida rica; la cereza del pastel: una estupenda vista a la catedral de Puebla. El padre les hace comentarios sobre los rótulos de las paredes, pero apenas ordenan, los jóvenes sacan sus teléfonos y comienzan a scrollear. El hombre se queda mirando a la nada, con la palabra en la boca, a la espera de que sean tan sólo unos segundos de distracción. No está mal revisar notificaciones o ver si ha pasado algo importante en el mundo —piensa—. El tiempo corre y aunque persiste en comenzar una conversación, los hijos lo ignoran. Lo que sus ojos proyectan es una profunda tristeza, la de estar allí y ahora, con la posibilidad de intercambiar ideas, algo que los haga reír, anécdotas banales, lo que sea; mientras lo que en realidad pasa es que la llave del tiempo deja correr la posibilidad de convivir. ¿Serán esos hijos de los que tras la muerte del padre se reprochan por qué la vida no les dio más tiempo para estar juntos?
II
Una pareja está sentada en una banca de un parque. Frente a ellos, niños juegan, algunas personas pasean a sus mascotas, dos corredores trotan por la pista de tierra, a lo lejos hay un grupo de scouts que gritan consignas, arman grupos y después se ponen a la obra en los menesteres acordados. Los árboles frondosos cubren el sol, incluso hace un viento fresco que se disfruta por los poros de la piel. La mujer toma de la mano al hombre quien de inmediato se suelta porque debe utilizar un dedo para dar clik en una parte de la pantalla de su teléfono. Ella es paciente, le habla con cariño y su rostro logra dibujar sonrisas cuando le cuenta que le emociona la boda a la que irán la próxima semana. Él contesta con un escueto “ajá” sin dejar de mirar la pantalla. Ve un video creado con inteligencia artificial de vegetales humanizados: una naranja es gorda y su pareja, una sandía, la deja por una pepina de gran busto y labios hinchados; corte a: la naranja se mete al gimnasio, baja de peso y comienza a salir con su entrenador mientras que su ex pareja, arrepentido, le ruega que vuelva. El hombre no ríe ni proyecta gran interés, es más bien como quien no puede zafarse de un apretón de muñecas para ser arrastrado. Su pareja parece no reparar en las esposas digitales que lleva, no le reclama y acepta sentirse ignorada, quizá porque así es todos los días.
III
Una señora con su bebé de alrededor de tres años se encuentra con un grupo de amigas en un café. Hablan en voz alta, interrumpiéndose mutuamente. No importa, es parte de la dinámica de una buena conversación. La carreola desentona con la estampa de las mujeres porque de no ser por el niño absorto con un teléfono en las manos, parecería mera utilería. Ve el video animado de una canción que va sobre tener buenos modales. La melodía es molesta pero nadie parece advertirlo, suenan ritmos melosos mientras que una maestra de kínder le dice a los niños que no hay que pelear y ser buenos amigos. El peque en la carreola no baila, casi ni parpadea, utiliza la poca capacidad motriz que ha desarrollado para sujetar el teléfono con ambas manos con firmeza. De pronto una llamada entra al dispositivo, la madre lo toma sutilmente pidiéndole de favor que se lo preste; entonces un grito tremendo se deja escuchar en todo el lugar. Los comensales voltean sorprendidos e incómodos. La mujer le dice que se calme, que sólo serán unos momentos. A sus amigas les sorprende la intención de razonamiento, tanto por la edad como porque quien es despojado de un estímulo placentero de manera abrupta se sabe que es incapaz de escuchar argumentos: sólo desea el objeto del placer. Contesta, habla rápido y termina la llamada para devolverle el dispositivo. Es preocupante ver ese nivel de ansiedad en un infante. Continúa reproduciéndose el video y la obnubilación que dejó seguir con el chacoteo. Allí no pasó nada.
IV
El hombre maduro de casi setenta años comienza observando su teléfono en tiempos muertos: mientras va en el metro, cuando está en el baño, en el lapso de traslado en el elevador hasta el séptimo piso. Después se extiende sin que se dé cuenta: en los semáforos en rojo, hasta que al cambio de luz le pitan y lo bloquea rápidamente para avanzar. En realidad no ve nada con atención, apenas unos segundos de un reel, una fake news de un portal de poca monta, un gift de “bendecido día” que llegó al grupo familiar… Así en bucle sin que haya nada nuevo o algo que realmente amerite la sobre atención a su teléfono. Lo peor de todo es que se resistía a tener uno de gama media, estaba contento con con su “tabiquito” que le servía para lo indispensable: hacer y recibir llamadas. Maldita la hora —piensa— de aquel regalo de su hijo menor. Llegó el momento en que, sin darse cuenta, lo sacaba en calles de tránsito lento; se creía capaz de la doble atención. Después de que ocurrió la tragedia se preguntó cómo llegó a ese punto: setenta kilómetros por hora, un ligero vibrar, la notificación de like al perrito bailando que subió en Facebook, el impacto en el cofre y después en el parabrisas. Lo más irónico es que el atropellado no vio el semáforo en verde por estar atento a un microdrama vertical asiático.
Están por todos lados, personas que deambulan con sus dispositivos como extensión del cuerpo y suplencia de ideas propias. Parece que ya nadie quiere mirar hacia el frente, prestar atención a lo que le rodea, mucho menos contemplar. Qué difícil y desesperante se volvió observar algo durante unos minutos. Si nos falta el teléfono no sólo lo extrañamos, lo sentimos como a quien le han amputado un miembro; vibra, suena, sí, es real, tanto como quien se inyecta heroína y habla con Dios. Dice Sergio Fanjul que hubo un momento en que la vida era el aquí y el ahora y el internet estaba preso en los ordenadores, una red domesticada. Parece que ahora los domesticados somos nosotros