Por Josefina G. Paz
i. Lo que me interesa y atrae de la poesía es su ser-el-último-lugar. Destino final de una memoria, de un dolor, de una imagen. Una vez escrito el poema, el salto ha sido dado.
ii. Quiero hacer cosas que se escapen de mis manos, cosas que no cumplan con las físicas del cuerpo, cosas que hablen por mí y me hagan prescindir de todo lo que sé y conozco. Quiero escribir poemas y esculpir mi voz. Quiero meterme como un bichito en la cabeza de quienes quiero y hacerles olvidar quién soy. Quiero que sepan: ahora seré aquella que hace cosas, aquella que escribe y no teme, aquella que lleva escondida en la comisura de la boca una voz valiente.
iii. Es fácil saberlo, anticiparlo. Las señales son las de siempre: repentinas y dulces. Lo natural es rendirse ante ellas. Es así como escribo: llevo las palabras hacia la superficie, dejo que tomen aire y recuerden sus brazadas. Escribo como quien aprende a nadar en aguas abiertas.
A diario anoto mis sueños. Descubro que cuanto más cultivo el hábito de escribirlos, más sueño. Cada noche me voy a dormir esperando imágenes. Existe algo circular en mis días, un ritmo que no cesa de repetirse a sí mismo. Lo tomo con cuidado. Lo hago parte de mi vida.
Pienso que escribo entradas breves porque me distraigo fácilmente con mis pensamientos. Paso los días envuelta en una espiral de vidrio. Dejé el nombre de ella olvidado en alguna calle de esta ciudad. Soy un niño volviendo tras las migas de pan que dejó para marcar el camino.
iv. En algún momento de alguna noche del mes de mayo me va a decir que la miro con nostalgia. Es una mirada ancha, pienso. Sostiene algo sin saber hacia dónde balancea, por qué balancea.
Quiero escribir un poema largo. Quiero que esté hecho de repeticiones concretas, pero que incluya los gestos, los dolores que nos acompañan, las imágenes que ha ido dejando en mí. Quiero seguir las señales, elegir las palabras como si las consecuencias de equivocarse fueran mortales. ¿Quién me preparó para el lenguaje?
v. Sin ese amor que se lanza delante de mí como una espada, no existiría la valentía.
vi. Descubro que me interesa la musicalidad de un texto más que cualquier otra cualidad: su capacidad de movimiento, su ir y venir, su oleaje. Me gustaría poder soñar con el lenguaje. Que quepan en mis ojos sus ojos, y verme dentro de una vida que cobra sentido, una redundancia que gira sobre sí, es decir, una certeza.
vii. Pienso una historia con el ritmo de una voz-cascada, que ocurre como el flujo de un río, una historia que se escribe con imágenes lentas.
Me gustaría llegar a las buenas preguntas, a las correctas. La complicidad que me ata al mundo es feroz. No sé qué hacer ahora con este saber. Quisiera llenarlo de palabras. Me gustaría una respuesta sin belleza, sin ángulos. Un pensamiento que no conozca de círculos. Una mente de manantial.
viii. Hay cosas que funcionan. Cosas como comenzar a escribir un párrafo sin pensarlo mucho. Elegir una palabra y ubicarla en el hueco. Tomar mate a la tarde. Esperar esa sensación. Hay cosas que funcionan aún. Volver a los poemas de antes. A la escritura de antes. Sin pretensión, ignorando el sentimiento de culpa. Imaginarse niña de vuelta, eso funciona. Leer a otros funciona. Ir a caminar, sobre todo si es durante el atardecer. No contar que se escribe funciona. Pensar en los seres queridos funciona. Poner el amor sobre las manos funciona. Mover los dedos como queriendo atrapar algo funciona. La música fuerte en los auriculares funciona. Ciertas canciones parecen hechas para que funcione. Dormir poco funciona. Ciertas horas muertas en la oficina funcionan. Hay cosas que funcionan. Acostarme aquí, frente a la computadora, e intentarlo. Siento que hace años que arrastro mi vida hacia este momento. Hay cosas que funcionan. Hacer que la máquina mantenga su ritmo. No dejar que se apague. No dejar de intentarlo. Hay cosas que funcionan. Despertarse con resaca y el corazón en el suelo. Eso funciona. Escribir comparaciones mediocres funciona. Pensar en cosas inútiles, como en lo que se va a comer en un rato o en el tiempo que hará el fin de semana, funciona. Ir y volver de la escritura. Entrar y escapar de ella. Eso funciona. Perseguir el ritmo. Abandonar la voz propia. Ir detrás de la voz extraña. Hacerla aparecer. Hay cosas que funcionan. Terminar de escribir un párrafo y no volver a leerlo jamás. Tomar café a la mañana. Andar en bici. Ver llorar a quienes quieres. Sentir que la culpa se ensancha con el tiempo. Todo esto funciona. Con todo esto me acerco.
ix. Me gusta pensar que estás llegando y que venís de lejos. Imagino el esfuerzo con el que tus piernas te traen, entera, hasta aquí, y creo poder oír el relincho de los caballos tras tu paso. Me gusta pensar en los árboles que adornan tu camino, en el verde que traerás en las manos, en los zorros que esquivas durante las noches, en las flores que duermen contigo. Me gusta que el pensamiento pueda ser conversación, me gusta que exista un hilo. Si ahora nos vemos yendo y viniendo es porque nos estamos inventando un camino. Me gusta pensar que estás llegando. Me seduce un mundo pequeño. Ahora entiendo tu paciencia: me gusta pensar en los túneles que nos quedan por cruzar.
Persigo imágenes secas. Quiero aprender, como las rocas, a arrastrarme sin que nadie lo note. Sedimentarme. Marearme en costas azules, hacer mía la rugosidad de la tierra.
x. De alguna manera siento trazar un camino que, ante lo extraño del tiempo, se ensancha. Ocurren los días debajo del sol, insisten los árboles en mojarme, atiendo a mi cuerpo pálido y húmedo. Noviembre trajo una tranquilidad verde. Intento comprenderla.
Salí a caminar y todo en lo que podía pensar era en la escritura, en el amor y en mi padre. El libro que aún no termino de escribir tiembla debajo de mí y huele a arena mojada. De tanto pensar en el pasado acabo por confundir el mar con las habitaciones blancas, esa luz que impide, ese olor estéril.
xi. Construyo mi rutina a partir de la escritura. Me ordena como un marinero ciego. Algo en mí confía y deposita. Palabras, restos. La literatura es testigo.
xii. Hay espacio para un río. Es cierto lo que decía aquel libro: todos los sueños se me deshacen.