Una marcha por la cuarta cultura

Texto y fotografía por Héctor Adolfo Quintanar Pérez

A pocas calles de la Plaza de las Tres Culturas, varios pelotones de la policía se encuentran formados y esperando instrucciones al lado de sus grandes escudos plásticos, extinguidores descansados en el suelo. En voz alta comentan algunas bromas de pésimo gusto y comentarios fantoches que suspenden en cuanto observan la presencia de prensa  caminando entre ellos. Entonces, dejan lo que hacen y fingen de nuevo estar formados y esperando la instrucción de sus superiores, quienes comen quesadillas y tacos en puestos colindantes. Cerca, un cruce de  calles conformó en el punto de partida, como cada año, de la marabunta humana cuyos pasos encarnaron la marcha del 2 de octubre en conmemoración de la masacre de estudiantes de 1968. Es viernes, aún no llueve a pesar de los pronósticos y es también un año más que augura  miles de gritos, pancartas, pintas, estudiantes, sobrevivientes , encapuchados y por supuesto, un año más sin la sensación  de justicia. En una bocina  resuena con júbilo la voz del finado David Lerma “El guadaña” , vocalista de la Banda de rock Bostik  que en 1997 lanzó el himno “Tlatelolco 68” para honrar la memoria de los estudiantes desaparecidos y asesinados por el ejército mexicano la funesta y trágica noche del 2 de octubre: 

Las fuerzas armadas el gobierno mandó
Con orden directa de tirar a matar
Eran letrados y pedían justicia
Todos peleaban por un ideal
Pero el gobierno siempre ha sido injusto
Por protestar los mandó a asesinar

Minutos antes de comenzar la marcha, por cierto, policías agredieron en el metro a algunos periodistas y manifestantes en la estación metro Tlatelolco. Las instituciones también gustan de honrar su sombría memoria al parecer. 

La Plaza de las tres culturas, llamada así por la intersección arquitectónica de distintas temporalidades históricas: prehispánicos, coloniales y modernos, recibió en un su explanada a distintas agrupaciones populares cuyo interés se centraba, al igual que las letras del guadaña, en gritar una vez más la indignación por la memoria de estudiantes al mismo tiempo que otras luchas eran denunciadas en su enorme patio. Hubo espacio para Palestina Libre, Ayotzinapa, EZLN, familiares de desaparecidos m estudiantes y todo aquél cuya exigencia resida en la lealtad  para aquellos que padecieron la administración violenta del estado o se encuentran bajo fuego de la guerra.¿Y qué se hace si no enrabiar, cuando los amigos de mis abuelos, de mis padres y los míos, de un día para otro ya no están? 

¿Cuántos pasos hay que recorrer de norte a sur y en la ciudad, para que los gritos tengan cierto eco en la justicia? 

Pasos después, ya cerca del zócalo, un contingente de estudiantes bailaba al ritmo de “Ojitos mentirosos” tocada por una batucada unida a un excelente trompetista cuyo talento hacía bailar por momentos a los enérgicos muchachos cuyos cuerpos revoloteaban, cantaban, corrían y gritaban consignas contra el olvido ya para el atardecer. Su alegría contagiaba a los transeúntes y por muchas razones no era una alegría discordante con a luto de 58 años de una masacre, al fin y al cabo, los estudiantes desaparecidos también bailaron a los ritmos de sus tiempos y solamente las balas y tanquetas los pudieron detener.  Quizá la vida recuerda que el cuerpo feliz es un cuerpo luchando de la manera menos violenta. 

Ya para la entrada al Zócalo, la alegría, la furia y la solemnidad se conjuntaron en el sitio donde en 1968, tanquetas del ejército arremetieron contra manifestantes que realizaban guardias previo al mitin del 2 de octubre. Ahí, en la misma plancha, decenas de exigencias populares una vez más se conjuntaron para gritar, aunque no al unísono: ¡Ni perdón ni olvido!

Y como es usual, el atardecer también atrajo otro tipo de claroscuros. 

¡Si nos graban, les vamos a quitar los celulares! 

¡El bloque negro no se graba!

Eran algunas de las amenazas proferidas por los miembros del bloque negro a los periodistas que documentaban su presencia y el inicio de sus acciones al llegar frente a Palacio Nacional. Horas antes, éste mismo bloque se había confrontado con policías para defender a los periodistas agredidos en Metro Tlatelolco y ahora se volcaban contra ellos. ¡Vaya oscilación!

 Una vez lanzados los primeros petardos tras las vallas metálicas protectoras de los edificios, comenzó todo un espectáculo que buscaba emular las confrontaciones de marchas de otros años donde la violencia ha alcanzado niveles altos y sin consecuencias. Un chico cayó herido de gravedad al estallarle un explosivo en su mano, otros más caían con heridas leves producto de los rebotes de proyectiles en los muros metálicos y otros más eran heridos por “fuego amigo” al ser alcanzados por sus colegas con poco talento para lanzar rocas, mientras la Brigada Humanitaria de Paz, Marabunta, acompañaba y rescataba a los heridos de todos los bandos y apagaba las granadas de gas lacrimógeno lanzadas por la policía.  Así hasta el anochecer. 

Y mientras tanto, las voces de las madres buscadoras, sobrevivientes del 68 y estudiantes, se fueron apagando tras los petardos. 

El saldo: Decenas de gaseados por la policía, atrancada tras los muros. Periodistas robados por policías y atacados por el bloque negro y estudiantes acosados y golpeados por policías al finalizar una marcha más donde el olvido trata de prevalecer, aunque la violencia lo sofoque. 

Y es que tras 58 años sin justicia…. ¿Qué esperaban que pasara en la ciudad que sembró la impunidad y ha cosechado la rabia? 

Quizá la plaza de las tres culturas, epicentro del 68 y punto de partida de esta marcha, ahora también deba recibir la cuarta cultura: La de la memoria.  No es arquitectónica, pero sus cimientos cada año son reconfigurados por miles de mexicanos indignados. Y  la rabia también echa raíces y cimientos .