Por Abril Gómez
«Ella se las puede arreglar», dijo la suegra desde la sala, con esa tranquilidad de quien nunca había tenido que arreglárselas sola. Antes de que Raúl girara la perilla, el pasillo ya estaba inundado por el llanto estridente de la bebé y las voces de Raulito e Iván. Cuando la puerta se abrió, Laura apareció cargando todo lo que los demás habían decidido que podía cargar: la pañalera le colgaba de un hombro; en un brazo llevaba a la bebé, roja de tanto llorar, con los puños cerrados; con la otra mano sujetaba a Iván para que no corriera hacia las escaleras. Raulito, el mayor, venía detrás, cargando su mochila y tratando de ayudar con lo que podía.
Cargaba también horarios, citas médicas, cumpleaños, uniformes, vacunas, tareas, listas del supermercado, noches sin dormir y la obligación de recordar todo aquello que, si ella olvidaba, simplemente no ocurría. Cargaba también con las camisas limpias de Raúl, sus olvidos, sus infidelidades, sus berrinches, su incapacidad para encontrar cualquier objeto que estuviera frente a sus ojos. Cargaba con la obligación absurda de terminar de criar al hombre que su madre le había entregado a medio hacer y que, aun así, ambas insistían en llamar «el hombre de la casa». A veces parecía que tenía cuatro hijos.
Una media se le había rasgado desde la rodilla. Buscaba calcetines y pedía a gritos que nadie saliera de la casa sin lavarse los dientes. El peinado con tenaza, hecho a toda prisa mientras amamantaba, se había deshecho en mechones húmedos pegados a la frente. El maquillaje se le acumulaba debajo de los ojos; ella parecía haber sobrevivido a un accidente. Los niños, en cambio, estaban impecables. Raúl abrió la puerta y, sin preguntar si necesitaba ayuda, sin tomar la pañalera ni cargar a Iván, dijo simplemente: «Ya llegaron».
«Buenas noches. Perdón por la tardanza», alcanzó a decir Laura. La suegra la recorrió con la mirada. Primero el cabello, después la mancha de leche seca sobre la blusa y, finalmente, la media rota. «Pásate, hija. ¿Me ayudas a servir?» Laura ni siquiera había terminado de quitarle la chamarra a Iván. «Sí, suegra».
La cocina era un mausoleo de los años ochenta: azulejos blancos con pequeñas flores marchitas, una estufa verde pistache y alacenas de madera oscurecida por el tiempo y la grasa. El aire, denso y caliente, olía a lomo horneado, puré de papa y mantequilla. «Corta el lomo», ordenó la anciana, dándole la espalda. «Pero no hagas las rebanadas tan gruesas como la otra vez. Sirve porciones pequeñas. Yo llevo los platos». Laura tomó el cuchillo; el metal estaba frío y agradeció esa sensación. «Y deberías cuidar un poco más tu aspecto», añadió la suegra, señalando su pierna con los ojos. «Las medias». Laura miró la rasgadura: «Se me rompieron bajando a los niños del coche». «Pues te las quitas». «No tuve tiempo». La anciana soltó una risa breve: «Siempre dices que no tienes tiempo».
Laura hundió el cuchillo en el lomo: «Es que la bebé no ha dejado de llorar desde las cuatro». «Todos los bebés lloran, Laura. Una mujer no se ve bien con las medias rotas. Una puede ser madre y esposa sin abandonarse de esa manera. Mira cómo llegaste. Cuando yo era joven, y Raulito y Fabián eran pequeños, a las siete de la mañana ya tenía la casa limpia, la comida adelantada y a los niños bañados. Y jamás salía así a la calle. Es cuestión de organizarse». Otra rebanada. «Sí, suegra». «Porque ahora las mujeres se quejan de todo. Que están cansadas, que necesitan tiempo, que quieren realizarse…».
Laura dejó de cortar solo un segundo. La suegra lo notó: «¿Qué?». «Nada». «¿Sigues pensando en volver a estudiar?». Laura apretó la mandíbula: «Algún día». La anciana suspiró: «¿Y para qué?». «Porque me gustaba». «Ya tienes una familia». «Una cosa no quita la otra». La suegra sonrió: «Eso dicen ahora». Laura volvió a cortar. «Yo iba a estudiar Contaduría». «Ibas», la palabra cayó con una precisión quirúrgica. «Sí. Iba». «Pero te embarazaste de Raulito». «Sí». «Pues la vida cambia. Además, ¿quién iba a cuidar a los niños mientras tú estudiabas?».
Laura pensó en Raúl, pero no lo dijo. «Una madre tiene que entender que ya no puede vivir como si estuviera sola», continuó la anciana. «Los hijos son responsabilidad de la madre. Los hombres tienen otra función». Laura no preguntó cuál; llevaba años intentando descubrirla. Amaba a sus hijos de una manera casi física, animal. Conocía el olor de sus cabezas después del baño, la temperatura exacta de sus frentes cuando tenían fiebre y la forma distinta en que cada uno respiraba mientras dormía. Habría dado la vida por cualquiera de los tres sin pensarlo un segundo. Pero estaba exhausta. Y nadie parecía entender que ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Podía amar a la bebé y desear que dejara de llorar durante diez minutos. Podía amar a Iván y no querer escuchar una pregunta más. Podía mirar a Raulito y sentir que el corazón se le partía de ternura y, aun así, necesitar que nadie pronuncara la palabra «mamá» durante una hora. No quería desaparecer de la vida de sus hijos; quería desaparecer un momento de las necesidades de todos. Sentarse. Comer algo caliente. Bañarse sin que alguien golpeara la puerta. Dormir una noche completa. Terminar una taza de café. Tener un pensamiento que empezara y terminara dentro de su propia cabeza sin que nadie lo interrumpiera. Quería dejar de ser necesaria durante cinco minutos. Solo cinco. Pero incluso eso parecía demasiado pedir.
En ese instante, el caos reclamó la cocina. Raúl entró con la bebé en brazos; la niña lloraba con la boca completamente abierta, la cara roja y la ropa cubierta de vómito. Él también tenía una mancha en la camisa y su expresión era de indignación: «¡Laura, ayúdame!». No llevaba ni cinco minutos sosteniendo a su propia hija. Iván entró detrás gritando: «¡Mamá, tengo hambre!», y Raulito apareció en la puerta: «Mamá, Iván me quitó…». «¡Laura!», repitió Raúl, «¡Te estoy hablando!». «¡Mamá! ¡Mamá!». La palabra dejó de significar madre; se convirtió en una alarma. Laura, Laura, Laura. Mamá, mamá, mamá. Cada voz quería arrancarle algo: una mano, un plato, una respuesta, un pedazo de cuerpo. La suegra, inmóvil junto a la barra, levantó la voz por encima del estruendo: «¡Apúrate con la comida, que se enfría!».
Laura se quedó quieta. En la mano izquierda sostenía un plato; en la derecha, el cuchillo. Entonces nació el dolor. Primero fue una punzada seca en la sien, después otra, y luego los recuerdos. No llegaron como imágenes, llegaron como golpes. El nacimiento de Raulito, el niño por el que había dejado la escuela antes siquiera de comenzar la vida que había imaginado. Laura tenía veinte años cuando vio las dos líneas en la prueba de embarazo. Todavía guardaba en un cajón los papeles para estudiar Contaduría. Le gustaban los números; le gustaba que las cuentas cerraran, que cada cantidad tuviera un lugar, que los errores pudieran encontrarse y corregirse. La vida, descubriría después, no funcionaba así. «El próximo año retomas», le había dicho Raúl. El próximo año. Después nació Raulito, después faltó dinero, después había que cuidarlo, después llegó Iván, después llegó la bebé, y el próximo año se convirtió en nunca.
A pesar de ese futuro cancelado, cuando se acercó aquel primer cumpleaños de Raulito, ella todavía se esforzaba por creer que todo había valido la pena. Había decorado la casa, inflado globos, preparado las mesas y encargado el pastel. El niño llevaba una camisa azul y preguntaba cada diez minutos si ya venía su papá. «Sí, mi amor», mentía ella. Raúl estaba con la mujer de Recursos Humanos. Mientras los invitados preguntaban por él, Laura sonreía, siempre sonriendo, repitiendo que estaba trabajando. Al día siguiente él llegó oliendo a un perfume que ella no usaba. No pidió perdón, ni siquiera inventó una buena mentira: «Tus celos son excesivos», le dijo, y al final fue Laura quien terminó disculpándose. Días después, destrozada, cometió el error de contárselo a su suegra, esperando que por una vez aquella mujer se pusiera de su lado. La anciana la escuchó en silencio antes de soltarle que los hombres no buscan fuera de casa cuando tienen todo lo que necesitan dentro, asegurando que si él buscaba en otra parte, por algo sería. “Tú sabrás”, le dijo. También aquello terminó siendo culpa suya.
Había pensado en irse muchas veces, después de cada infidelidad, de cada discusión, de cada noche en que Raúl se acostaba a su lado y ella sentía que compartía la cama con un desconocido. Imaginaba hacer una maleta, tomar a sus hijos y cerrar la puerta; a veces la idea le producía una felicidad tan inmediata que enseguida sentía culpa. Porque irse no era solamente irse de Raúl; era enfrentarse a todo lo que le habían enseñado que significaba una mujer separada: la familia rota, los niños sin padre, la mujer que no supo conservar su matrimonio, la que destruyó su hogar. Laura había escuchado esas sentencias durante toda su vida en sobremesas, bautizos y bodas, siempre sobre otras, hasta que comprendió que algún día podían pronunciarlas sobre ella. Y estaba su padre. Una vez, cuando apenas se atrevió a insinuar que las cosas no iban bien, él la miró y le dijo: «Piénsalo muy bien. Si te separas, con hijos, ¿quién te va a querer?». La frase se le quedó dentro como si sus hijos fueran una mancha, como si ser madre disminuyera su valor.
Así que se quedó. Por sus hijos, por miedo, por vergüenza, por dinero, por la esperanza de que Raúl cambiara, por no darle la razón a quienes le habían advertido que una mujer debía aprender a aguantar. Y también porque alguna vez lo había amado; quizá una parte de ella todavía lo amaba, y eso era lo peor. Laura no estaba encadenada a Raúl por una sola cosa; estaba atada por cientos de hilos pequeños, y juntos eran más resistentes que una cuerda.
Otra punzada. El nacimiento de Iván, su segundo hijo, que trajo consigo más pañales, más desvelos y la certeza de que el tiempo se le escapaba definitivamente de las manos. Y justo en esos años, coincidiendo con el nacimiento de Iván, llegó también la graduación de Raúl grande. A pesar de tener los pechos hinchados por la leche y el vientre aún inflamado, Laura tuvo que hacer acto de presencia en la ceremonia. Recordaba la euforia colectiva del final, el instante en que todos lanzaron los birretes al aire. En medio del festejo, ella se había soltado a llorar con una desesperación que no pudo contener. Raúl la había abrazado emocionado, diciéndole gracias, asumiendo que eran lágrimas de orgullo por su logro.
El golpe final a su cuerpo y a su orgullo vendría después, con su tercer embarazo y el nacimiento de la bebé. Ella todavía sangraba en la cama del hospital, tenía las piernas entumecidas y los puntos le ardían cada vez que intentaba moverse. No había dormido, tenía miedo de ir al baño, miedo de que su cuerpo no volviera a pertenecerle nunca. Fue en esos momentos de total vulnerabilidad cuando la suegra entró a la habitación, miró a la recién nacida y después se volteó hacia ella: «Pero qué gorda quedaste. Y tienes muy manchada la cara… Pero bueno, todo por servir se acaba».
Todo por servir se acaba. La frase había vivido dentro de Laura desde entonces. Servir, parir, limpiar, perdonar, sonreír, callar. Servir. ¿Cuántos años llevaba sin terminar una taza de café caliente? ¿Cuántas veces había comido de pie? ¿Cuántas noches había fingido estar dormida para que Raúl no la tocara? ¿Cuántas veces había tenido fiebre y aun así había preparado desayunos? ¿Cuántas veces había pensado en aquellos papeles de inscripción, en la mujer que habría sido, en la oficina que nunca conoció? ¿Cuántas veces había escuchado «tú puedes» cuando lo que realmente querían decir era «hazlo tú»? Nadie lo sabía, porque Laura podía con todo. Esa era su condena.
El sudor hizo que el mango del cuchillo resbalara ligeramente entre sus dedos. «¡Laura!», gritó Raúl, «¡Te estoy hablando!». «¡Mamá!», gritó Iván. La bebé lloraba. «¡La comida!», gritó la suegra. Algo crujió dentro de ella. No fue un pensamiento, fue un resorte, uno que llevaba años comprimiéndose. Laura levantó el brazo y lanzó el cuchillo. El tiempo se abrió. La hoja cruzó la cocina girando sobre sí misma. Una vuelta, dos, tres, y se hundió en el cuello de la anciana. El golpe fue seco. La suegra abrió los ojos y, por primera vez desde que Laura la conocía, no tuvo nada que decir; se llevó ambas manos al cuello y cayó de rodillas, después de lado, golpeando los azulejos. Raúl se quedó inmóvil, con la bebé en brazos y la boca abierta. Raulito e Iván dejaron de gritar. Nadie pidió nada, nadie dijo «mamá», nadie dijo «Laura», nadie le ordenó que se apurara. El silencio fue tan profundo que Laura pudo escuchar su propia respiración. Inspiró, expiró, otra vez. Por primera vez en años, el aire llegó hasta el fondo de sus pulmones. Miró el cuerpo de su suegra y después miró a Raúl. Él retrocedió un paso. Laura sonrió; no era una sonrisa desquiciada, era una sonrisa de descanso.
Una sacudida violenta la atravesó. «Laura». Otra. «¡Laura!». Una mano firme estaba sobre su hombro. Parpadeó. Frente a ella estaba su suegra con el ceño fruncido. El cuchillo seguía en la mano derecha de Laura, suspendido sobre el lomo a medio cortar. La bebé continuaba llorando, Iván seguía diciendo que tenía hambre, Raulito permanecía en la puerta y Raúl continuaba quejándose por el vómito de su propia hija. Laura miró el cuchillo, después el cuello de la anciana; otra vez el cuchillo, otra vez el cuello. Sintió que el aire no le llegaba al pecho: «Pero… pero… yo…». «¿Pero qué tienes, niña?», dijo la suegra, chasqueando la lengua. «¿Te vas a quedar ahí como estúpida? ¡Mueve las manos, la comida se está enfriando!».
Laura bajó la mirada. Volvió a colocar la hoja sobre la carne y presionó. El cuchillo atravesó el lomo con una facilidad extraordinaria. Una rebanada, luego otra, y otra. «Más delgadas», dijo la suegra. Laura siguió cortando. “Más delgadas, Laura”, repitió la anciana.