Texto: Juan Carlos Bautista
Fotos: Irving Cabello
Echémosle la culpa al calor.
Al calor que aquí alcanza intensidades alucinatorias y que combinadas con el agua omnipresente del mar, de la laguna y del río Papaloapan que desemboca en ella, hacen del ambiente un sauna implacable. Porque si no fuera por el calor, que hace a la gente de las costas más relajada y alegre, dada a los placeres de la vida, ¿cómo se explica que, de pronto, en un país arrasado por las mitologías y los estereotipos del machismo, exista una ciudad como esta, Alvarado, a poco más de una hora del puerto de Veracruz, en la que sus hombres, una vez al año, se entregan con frenesí al travestismo?
Y no sólo eso, sino que sus mujeres, animadas también por esa locura temporal, los ayudan a maquillarse y a entallarse en los más atrevidos atuendos. Las madres pintan a sus hijos (jóvenes, adolescentes y niños en la más tierna edad), las esposas a sus maridos, las muchachas a su novios…

En la sala de la familia González los niños corren de un lado al otro mientras los adultos se entregan al transformismo. Olimpia Martínez, una mujer alta y guapa, de fuerte carácter, como es fama de las alvaradeñas, nos explica que el asunto no tiene nada que ver con la homosexualidad. “Nuestro hombres son hombres bien hombres. Esta no es una fiesta para los amigos de la diversidad, ellos ya tienen el carnaval para expresarse…”
También hay un poco de reivindicación femenina en su teoría: “es para que se pongan en nuestro lugar y entiendan”.
Por eso no le tiembla mano al aplicar el rímel en las pestañas y el rubor en las mejillas, al ajustar la peluca rubia en la cabeza de su marido. Un rojo carmesí intenso va delineando los labios de Vicente,su marido, y luego de los amigos que han venido a sumarse a la comparsa, que esta vez han elegido la playera de la selección nacional de fútbol y una corta falda blanca tableada para salir a marchar.

Todos los años es el mismo ritual, que esperan con ansiedad y lo disfrutan a plenitud. Acordaron reunirse en casa del matrimonio a las dos de la tarde, para estar listos antes de las cuatro, que es la hora en que se anuncia el comienzo del desfile, cuyo punto de arranque se ubica muy cerca. Las cuatro es una hora salvaje para el clima local, pero nunca realmente se empieza a esa hora.
Cuando vamos hacia la casa de los González-Martínez el pueblo parece casi vacío y nada hace presagiar la fiesta que se avecina.
Este año, a la casa de Alina y Vicente ha llegado también una pareja de amigos hondureños entusiasmados por el borlote. Ambos lucen exultantes. “Allá, en mi país, no hay nada parecido. Pero a nosotros nos emocionó cuando nos contaron y quisimos participar”, dice Sergia Morales, que se esmera en darle los últimos retoques a su pareja, Aníbal Hernández, un poco más tímido que ella, pero igual de contento.
“¿Y no le da miedo que su marido se le vaya a quedar de aquel lado?”, le preguntamos. Ella ni lo piensa para responder. “Pues hay un poquito de
miedo, ¿verdad? Pero hay más curiosidad de verlo transformado. Y si pasa que le gusta demasiado, pues ya en la noche estaremos echando tortillas”, dice, y suelta la carcajada.

De hecho, paradójicamente, de acuerdo a los investigadores Rosío Córdova y Pedro Huerta Moreno, esta inversión de roles, lo que logra finalmente es la reafirmación de la heteronormatividad normativa. El travestismo, que es un juego de parejas heterosexuales, es visto como un juego seguro que no cuestiona su identidad de género fuera del ritual. Más aún, de acuerdo con ellos, “el travestismo festivo refuerza la masculinidad heterosexual, homofóbica y violenta, en tanto invisibiliza la importante participación de la comunidad gay y de las mujeres en la celebración”.
De hecho, en las comparsas interactúan muy pocas mujeres (casi siempre fugazmente y a modo de guasa sobre la guasa) y muy poco homosexuales (evidentes, al menos). La mayoría de los hombres parecen haberse travestido deliberadamente de una manera grotesca y paródica, como para dejar bien en claro que todo es relajo.
Cuando buscábamos gente que se dejaran entrevistar, contactamos con un hombre gay que nos aseguró que participaba todos los años y que el suyo era el vestuario más espectacular del festejo. Los amigos presentes confirmaron la versión. Pero más tarde ya no quiso ser entrevistado y dejo de contestar nuestros mensajes. También nos contó, para mayor enredo, que estaba casado y tenía hijos.


Echémosle la culpa a la Historia.
Alvarado no es un lugar cualquiera. Lleva ese nombre en honor de Pedro de Alvarado, el rubio y cruel lugarteniente de Hernán Cortés al que los indígenas llamaron “Tonatio”, el Sol, quien, al paso de las tropas españolas por la zona, se introdujo con su nave a reconocer la laguna.
El paisaje sobrecoge por su belleza. Si uno se adentra a los confines de la laguna se encontrará con los remanentes más importantes de manglar en la costa veracruzana. Y entre los laberintos que forman los mangles y el agua, uno puede hallar también los últimos manatíes del Golfo de México. En 1986, en La Mojarra, una de las comunidades ribereñas, encontraron entre el fango una estela con inscripciones glíficas que algunos consideran la piedra Rosetta de la escritura mesoamericana (y otros, que la consideran hechiza, uno de los mayores fraudes del arte antiguo).
En su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo, al pasar por las tierras veracruzanas, hizo una observaciòn famosa: “eran todos los más de ellos sométicos, en especial los que vivían en las costas y tierra caliente; en tanta manera, que andaban vestidos en hábito de mujeres muchachos a ganar en aquel diabólico y abominable oficio…»
He ahí, como diría el gran Salvador Novo, el “pedigree” de esa gente costeña.
Pero por otro lado, además de ser ancestralmente desmadrosos y proclives a la lujuria, los alvaradeños se han destacado desde siempre por su bravura y heroísmo.
El 15 de octubre de 1846, las fuerzas locales, al mando del coronel Pedro Díaz Mirón, repelieron con éxito a las fuerzas del invasor norteamericano.
En nuestra visita al puerto, un amigo casual, originario del vecino pueblo de Tlacotalpan, se exaltó al describir la originalidad de los alvaradeños y su alegría legendaria, y recordó que en vairias ocasiones estos han ido en auxilio de los tlacotalpeños, las varias ocasiones en que la Perla del Papaloapan ha quedadoinundada por las aguas del Papaloapan.

Echémosle la culpa a la tradición.
Bajo el sol aplastante del mediodía, en el zócalo del puerto, Rafael Figueroa, cronista de la ciudad, nos detalla, con alegre orgullo y énfasis declamatorio, las gestas heroicas y las tradiciones centenarias de su pueblo. El valor de sus hombres parece que va aparejado de una insaciable voluntad de disfrutar la vida. Alvarado es famoso tambiépor el carácter de su gente, de carácter fuerte, bullangueros y malhablados, y porque las celebraciones se encadenan una a la otra a lo largo del año.
Según nos cuenta, el Encierro de Burros tiene más de cien años de realizarse, y nació como crítica burlona de las ridículas pretensiones de los ricos del pueblo, quienes celebraban a la virgen del Rosario con un pomadoso desfile a caballo en el que no podían participar los más pobres. Estos, en revancha, decidieron desquitarse ejecutando su propia cabalgata haciendo mofa de la oligarquíatravestidos y montados en burros.

Como todas las cosas que se pierden en la leyenda, esto puede ser cierto o no. Pero indudablemente los hechos coinciden con el carácter alvaradeño, con su rebeldía innata y sus ganas de gozar la vida.
Hasta el día de hoy, un día antes del Encierro, se lleva a cabo la cabalgata con personajes vestido de gala, con trajes afrancesados como en una pesadilla de la reina María Luisa antes de perder la cabeza. La paradoja es la fiesta se ha vueltola más vistosa dentro de las celebraciones a la Virgen del Carmen y, con mucho,el evento que más atrae turistas a Alvarado.
Echémosle la culpa a los mirones.
Antes del desfile, la muchachada se remueve ansiosa de desmadre como los vándalos de Genserico a las puertas de Roma. El banderazo de salida desata el frenesí; ya no hay tiempo para los retoques: la putería -entendida como el afán masivo por huir del moralismo y la falta de ritmo- recorre la calle Juan Soto, paralela al malecón, sube luego hasta la parte alta de la ciudad y vuelve a bajar por la calle Ignacio de la Llave hasta, otra vez, Soto. La ciudad entera se ha volcado a observar y celebrar el paso de los participantes. En el trayecto, los mirones se niegan a parpadear con tal de no perderse el paso del amigo, del compadre, del hermano, y de reconocer bajo el maquillaje del atrevido su propio estado de ánimo. Como ante todo travestismo, lo que se aplaude es la fantasía, el mundo al revés. La mayoría de los participantes son jóvenes, personificados de las más diversas maneras, con faldas muy cortas, tetas de silicona y pelucas multicolores. Algunos van de mujeres galantes, otros de heroínas o de monjas. Algunos van claramente caricaturizados, sin el deseo de hacer un transformismo perfecto, para que quede en claro que es puro desmadre.
Pero los viejos son los más sorprendentes, algunos tanto y tan evidentemente pobres, que esta forma de rebeldía se vuelve un lujo extravagante. Quien encabeza la marcha es un anciano montado en un burro, cuyo vestido de satén brillante y un báculo que lleva levantado le dan un remoto aire mesiánico. Le sigue un vehículo con bocinas que retumban reguetones y electrocumbias sin ninguna clase de miramientos, y con un animador que arenga a la multitud con frases de banalidad incendiaria: “¡que viva, que viva, que viva la putería!” (¿pues no que puro machín?), y con llamamientos al orgullo colectivo de esta raza de bronce indomable en el jolgorio: “¡Jarochos! ¡Jarochos! ¡Jarochos!” Proclama que los marchistas, en sus entallados trajes de batalla, responden con un orgullo que se restriega al resto de la nación timorata: “¡Jarochos! ¡Jarochos! ¡Jarochos!”

La multitud de los marchistas se mueve como un cardumen eufórico. Y a medida que se avanza, parece que los movimientos se volvieran más atrevidos, los contoneos más decididos y los mirones más participativos. No falta la anciana que se mete entre los chavos a perrear, ni la madre que regaña a su hijo por no echarle ganas. La comparsa de niños vestidos de sirvientas dejaría a todo el progresismo con la boca abierta.
Pero el carnaval se acerca al malecón y otra vez el calor y la noche que cae han hecho lo suyo. La euforia es total. La cerveza fluye torrencialmente. La historia otra vez le da la razón a los alvaradeños. Esto es Veracruz, piensa con asombro feliz el que esto escribe. Esto también es México, medita casi con incredulidad. La Suave Patria alacena y pajarera, infinitamente bipolar e indecisa, de un lado puso a las muchachas con cachetes de manzana y del otro, a los travestis rabiosos. De un lado a Puebla, de la que no diremos nada, y pegadito, a Veracruz.







