Fuera de servicio

Diego Toledo

ELLA

Ella es la ciudad. Tiene algunos millones de personas y casi nadie vive en ella: solo la atraviesan.

Ella es también una mujer que baja las escaleras a las 6:40 de la mañana con una tarjeta en mano. Trabaja en el centro y duerme en el norte, y entre el centro y el norte hay dos horas y quince minutos que nadie le paga.

Debería empezar por el principio. Pero la ciudad no tiene uno; tiene hora pico.

Hay algunas cosas que sé de ella. No más. Saber más sería mentir, o vender.

ENTRADA

En medio de una arteria punzante se abren en la tierra dos agujeros, barandales sucios y una garganta.

Arriba, la avenida no se detiene. Los coches entran en ella como agua en una herida: seis carriles, luego ocho, un claxon que no termina. Ella cruza entre dos semáforos que nadie obedece.

[motores; una bocina que vende algo a todo volumen]

En la boca de la estación, los puestos: lonas rosas, aceite que hierve, un hombre que ofrece audífonos, otro que no ofrece nada. El humo de los escapes se mezcla con el del comal. Ella respira y la garganta le arde. Abajo la espera otra garganta, más grande, que no arde: traga.

Creo que el aire de esta ciudad se paga con la garganta.

Arriba los coches van hacia el centro; abajo los cuerpos van hacia el mismo centro. Dos corrientes, un solo desagüe. La escalera es el lugar exacto donde una se vuelve la otra.

Cada estación tiene un dibujo además de un nombre, para quien no sabe leer: un saltamontes, una pirámide.

Alguien pensó en todo, hasta en los que no leen. Dibujaron la ciudad para que nadie se perdiera. Nadie se pierde. Nadie se encuentra tampoco.

TORNIQUETE

Unas luces rojas. Unas luces verdes. Entre ellas, un universo.

Miro al lector de tarjetas como quien mira el fondo de su taza de café. Creo que si uno se acerca lo suficiente, hay galaxias.

Hay un precio, a veces gira. Hay una frontera que no pide papeles, solo saldo.

SALDO INSUFICIENTE

Ella busca en el bolso, gira la cabeza. Detrás, la fila palpita. Nadie protesta: la frontera más pequeña del mundo es también muy respetada, la más obedecida.

Un muchacho quiere saltar. Otro. Diez más. No corren; vuelan, que es distinto.

¿Cómo se llama eso? El de uniforme le dice evasión. Yo diría fuga, aunque al final es la misma palabra, dicha desde adentro.

[silbatos]

Ella se apresura, baja por una que otra escalera descompuesta, gira su cuerpo al avanzar, susurra su sudor como si fuera pecado. Ella llega, aunque parecía que no lo iba a lograr. Ya nadie mira el mapa; creo que el cartógrafo ya lo cubrió. Ya existe ese mapa, ya respira, y respira en ella.

PUERTAS

[la chicharra]

NO DETENGAN LAS PUERTAS

Alguien las detiene con el brazo, con la mochila, con el cuerpo entero. Las puertas ceden y vuelven a morder. Afuera se queda una mano que no alcanzó.

En el andén, tres bloques naranjas separan los primeros vagones. Detrás de esos bloques, mujeres y niños; delante, un cuerpo en uniforme cuida los bloques. Los bloques, no a ellas.

Ella no alcanzó ese lado.

Ella se amontona sobre ella y sobre él. Cuatro asientos; todo lo demás se desvanece en uno o dos pies de apoyo. Enfrente pesan cartera, bolso y llaves. El aire deja de circular entre dos ventanas, y ella se tapa, se viste de negro con unas luces.

Una mano que no es de nadie se queda en su cintura hasta bajar.

FUERA DE SERVICIO

El tren se detiene entre dos estaciones.

[silencio; después, el zumbido de algún ventilador]

Por primera vez veo el túnel. No estaba hecho para ser visto. Se atravesaba como se atraviesa una frase sin mirar palabras.

Ella mira su reflejo en una ventana rayada y, detrás del reflejo, la pared. Un codo. Tela mojada. Un niño que cuenta en voz alta: cuarenta y uno, cuarenta y dos.

Dos o tres cosas que sé de ella: que se mueve para no pensar; que si se detiene, piensa; que por eso no la dejan detenerse.

La voz del altoparlante no pide disculpas. Calma, pide calma. No es la falla de la máquina. Es la máquina, desnuda un instante, como un cuerpo sorprendido. La calma es el nombre que la ciudad le da al movimiento que todavía no sabe que está preso.

Arriba, el anuncio sigue destellando. La estrella fugaz del cuerpo que trabaja. Un cuerpo sonríe sobre un sofá blanco.

DOCE MESES SIN INTERESES.

El tren no quiere moverse. El anuncio, sí.

Todo se detiene, menos eso. Ella baja por el intestino para que algo, al fondo, la espere a plazos. Creo que el viaje entero existe para llegar hasta ahí. Creo que el sofá ya la está comprando a ella.

CIRCULEN

CIRCULEN. NO HAY NADA QUE VER.

En la salida hay un cuerpo en uniforme. No hace nada. Su oficio es no hacer nada de manera visible. No hacer.

¿Qué es la policía? No lo sé. Nunca la he visto empezar ni terminar. Está, como el ruido de la ciudad. No tiene forma, tiene presencia. Un fantasma con casco.

Ella pregunta qué pasó en la estación anterior. Él responde: «Siga, señora, siga».

Siga. Circule. Es curioso: el poder siempre habla de los ojos. Y cuando alguien insiste en mirar, apunta a los ojos.

[Un disparo seco, lejano] ¿Fue una explosión? Nadie levanta la mirada, nadie gira ya los ojos.

En años que no tienen fecha, unos aviones despegaban llenos y aterrizaban vacíos. En otro junio, en un vado, hubo un video, y alguien lo cortó donde convenía. En otro diciembre, unos rezaban en una ermita; el uniforme estaba cerca y no oyó nada. En otro septiembre, de noche, unos autobuses que no llegaron. El niño del túnel contaba hasta cuarenta y dos. Nadie le ha dicho el número que sigue.

En la pared del pasillo, junto a la salida del andén, hay unas hojas pegadas en un tablón. Fotocopias. Caras que sonríen, caras congeladas, caras descritas y desplazadas.

¿LA HAS VISTO?

Al lado, otro sofá blanco. ¿O es el mismo? Nadie se detiene frente a ninguno de los dos.

El video cortado y las hojas sobrepuestas dicen que no hay nada que ver. Ese tablón susurra lo contrario. Alguien falta. Las entrañas se llevaron un cuerpo y no lo han devuelto, por lo menos no en ninguna estación. Cada semana pegan otra cara encima de la anterior. El papel se arruga con la humedad; las caras se quedan.

DEMORA

DEMORA EN LA LÍNEA. DISCULPE LAS MOLESTIAS.

Tres estaciones más allá hay gente sentada en las vías. Lo dice el tablero. Lo dice el mapa.

Ella mira la hora. El hombre de al lado mira la hora. Todos miran la hora, como si la hora fuera a devolverles la mirada.

—Que los saquen.
—Que los saquen con agua.
—Uno tiene que trabajar.

Aquí está lo que no quería escribir. No es el uniforme el que quiere sacarlos. Somos nosotros. El que tiene prisa es el aliado más fiel de lo que lo apura.

Un filósofo preguntó, hace tres siglos y medio, por qué los hombres pelean por su servidumbre como si pelearan por su salvación. Nadie le contestó. El tren tampoco.

El deseo no se equivoca. Desea el flujo. Ama la puntualidad como se ama a un patrón que paga a tiempo.

Ella también lo dice: que los saquen. Lo dice bajito, como yo.

SIGUIENTE ESTACIÓN

Alguien pegó un papel sobre el letrero de la estación. Escrito a mano, con plumón negro, un nombre que no está en el mapa.

Las ciudades se nombran desde arriba. Cada estación es un clavo que fija a la gente en un punto, luego en otro, y la llama libre porque puede elegir el punto.

Renombrar es otra cosa. No sale de la línea. Se queda en ella y le cambia el sentido, como una palabra dicha al revés.

Ella baja. Mira el papel. No sabe quién lo puso. Le toma una foto.

Dos o tres cosas que sé de ella: que mañana volverá a bajar a las 6:40. Que el papel ya no estará. Que lo vio.

[silbido]