Sobre las mujeres y la música clásica en México

Por Georcely Trejo Arroyo

Cada mes de marzo, cuando las jacarandas tiñen de color púrpura el paisaje, ese color parece cubrir también la sangre social que simboliza las injusticias, la decepción y la corrupción que vivimos en nuestro país. Marzo se convierte así en el «el mes de la mujer», mientras que, un periodo en el que las instituciones, las autoridades y las empresas que sostienen al capitalismo y al poder, aparentan una sensibilidad ante las problemáticas de género. Sin embargo, ¿Qué sucede en el resto del año? 

Una de las instituciones que reproducen este discurso mensual son aquellas encargadas de la difusión cultural, específicamente, en el ámbito de la música clásica. Cada mes de marzo, se observan programas musicales que incluyen obras compuestas por mujeres, así como la invitación de directoras de orquestas para tomar la batuta y conducir a los ensambles. Sin embargo, en numerosos casos, las directoras invitadas provienen de otros países pertenecientes del Norte global.

A primera vista, esta práctica parece una iniciativa positiva orientada a la reivindicación y la visibilización de las mujeres en el mundo de la música clásica ─y en la música en general, pero esto sería otro tema a desarrollar─; un espacio que, en términos de la compositora, musicóloga mexicana y feminista Leticia Armijo, ha sido históricamente construido por y para los hombres. Sin embargo, dicha iniciativa deja entrever dos contradicciones fundamentales:

La primera contradicción se relaciona con la destinación de los recursos económicos que cubren las estadías de las directoras de orquestas provenientes de países del Norte global, mientras que, los recursos económicos y las oportunidades para las directoras, intérpretes y compositoras nacionales continúan siendo limitados, invisibilizados o relegados, incluso durante el propio mes de marzo, el llamado «mes de la mujer». 

La segunda contradicción está profundamente arraigada en el discurso colonialista y en la colonialidad del saber, particularmente, en torno a la legitimidad del conocimiento musical. Visto desde este discurso, esta problemática se manifiesta en la forma en las cuales se valoran las trayectorias profesionales de los músicos en general y, posteriormente, a las directoras, compositoras e intérpretes.

Aunque sus saberes artísticos se formen dentro de la tradición de la música clásica y de conservatorio, cuyos orígenes evidentemente provienen de espacios históricamente configurados desde una perspectiva eurocéntrica y occidental, estos conocimientos no son siempre legitimados de la misma manera que de las compositoras, intérpretes y directoras de orquesta que provienen del Norte global, en contraste con las músicas que nacieron en territorio nacional. En consecuencia, la colonialidad del poder sigue privilegiando determinadas geografías, estéticas y formaciones, reproduciendo jerarquías simbólicas de poder que continúan invisibilizando y desvalorizando el trabajo artístico y musical de las mujeres mexicanas.  

Como una forma de conclusión, sé que al leer estas líneas tal vez no sea el mes de marzo, probablemente sea diciembre o enero, fechas en la que los programas de conciertos de música clásica suelen estar encabezados por compositores como Tchaikovsky con su obra del «Cascanueces», o su otra obra emblemática llamada «Sueños de Invierno», o sencillamente, con villancicos navideños. Sin duda, en estos conciertos podemos ver a mujeres que forman parte de las orquestas o ensambles, proyectando su profesionalismo en el escenario y su amor por la música. Sin embargo, todavía falta una verdadera reivindicación y legitimación del talento y de las trayectorias profesionales de las mujeres mexicanas en este círculo musical, concientizando que su participación no florezca de color púrpura un mes al año, sino que persista y se reconozca más allá de cualquier cambio de estación.