Una camiseta talla CH de La Renga para la rubia

Por Arturo J. Flores

El concierto comenzó antes del concierto. Frente al Lunario, un grupo de argentinos había colgado una manta con la misma leyenda con que la selección argentina celebró la victoria contra Inglaterra: “Las Malvinas son argentinas”.

Cuando La Renga llevaba más de dos horas tocando, el bajista Gabriel la recibió de manos de unos fans y la colgó de la batería.

Pero 120 minutos antes ya se respiraba ese patriotismo feroz.

Una cuadrilla de argentinos descamisados saltaba abrazada en el mismo hueco donde se desataron los caballazos. Cantaban con pasión futbolera, mientras se cobijaban con banderas albicelestes con un sol impreso en ellas: “Una bandera que diga Che Guevara / un par de rocanroles / y un porro pa’ fumar”.

Foto de Liliana Estrada / Cortesía de Ocesa.
Foto de Liliana Estrada / Cortesía de Ocesa.

Al mismo tiempo, sobre el escenario, el guitar tech de La Renga ajustaba las cuerdas con las que más tarde batallaría Gustavo Nápoli. En el último tercio de su actuación, este comenzaría a quejarse de un ruido en su amplificador.

Pero, como usualmente sucede con los músicos, él sólo se dio cuenta. La gente estaba mucho más ocupada en quedarse sin voz. A unos pasos de donde el torbellino humano se encargó de derramarme la cerveza encima, descubrí a una rubia que parecía conocer de memoria cada una de las 30 canciones que tocó la agrupación.

Para un grupo acostumbrado a presentarse en estadios en su país, aquello fue como volver a sus raíces. Así lo dijo Nápoli, quien, además de los obligados “vivas” a México, le regaló unas palabras a los paisanos que convirtieron el Lunario en una sucursal pequeña de Buenos Aires. Mientras el grupo se descosía igual que una madeja de estambre ruidosa con Buena ruta, hermano; Cuándo vendrán, Almohada de piedra, Detonador de sueños y la tan celebrada A la carga mi rocanrol, los presentes armaban un espectáculo tan atractivo en el mosh pit como el que el power trío (cuarteto, cuando los acompañaba el saxofonista Manu Varela) organizaba sobre las tablas.

Por eso, los que mirábamos los toros desde la barrera grabábamos a veces a La Renga y otras a sus fans. Yo me traje una fotografía de una chica muy joven que, trepada en los hombros de su novio, extendía con orgullo una camiseta en la que se veía el rostro del Indio Solari, fallecido el 5 de junio.

Foto de Liliana Estrada / Cortesía de Ocesa.

También hubo quienes —como dijo la hinchada antes de empezar el concierto— se olvidaron de la bandera del Che, disfrutaron de dos rocanroles y sacaron mucho más de un porro para fumar.

Volteé a ver a la rubia en varias ocasiones. Hasta el momento iba invicta. Me imaginé que, si en algún momento a Nápoli se le olvidara una letra, ella podría subir a cantar.

El ruido se apaciguó cuando empezó el blues de Balada del diablo y la muerte. Fue de los contados momentos en que el slam se transformó en un emotivo abrazo colectivo.

“Estaba el diablo mal parado / En la esquina de mi barrio / Ahí donde dobla el viento y se cruzan los atajos, / Al lado de él estaba la muerte, / Con una botella en la mano / Me miraban de reojo y se reían por lo bajo”.

La pantalla detrás de los músicos, en la que se proyectaban escenas de motociclistas —porque es sabida la inclinación motera de La Renga—, se transformó en las páginas de un cómic lisérgico en el que destellaban animaciones de calaveras en colores chillones.

Más adelante, para cerrar el concierto, sonó el riff de El final es en donde partí.

Seguramente no fui el único adolescente que se encerró en su habitación a escucharla hasta que reventaran las bocinas, grabada de la programación de la radio en un casete al que le colocaba cinta adhesiva en las esquinas. Hoy, como adulto, me tocó escuchar por primera vez en vivo aquellos versos que siguen incendiando el alma: “¿Y en qué lugar habrá consuelo para mi locura? / Esta ironía ¿con qué se cura? / Si el final es en donde partí / ¿Y a quién llamar? / ¿A quién golpearle la puerta tan tarde? / ¿Con quién hablar cuando ya no hay nadie?”.

Foto de Liliana Estrada / Cortesía de Ocesa.

Tanto me emocioné que hasta me olvidé de la rubia y sus ojazos verdes.

El grupo se fue sin despedirse. Aunque, cuando has ido a más conciertos que a misas, aguardas por el encore. Así que nadie se movió, a menos que fuera para rellenar los vasos o vaciar las vejigas.

Faltaban tres canciones: El revelde, Panic show y Hablando de la libertad. Cuando cantó la segunda, Nápoli se burló de Javier Milei, recordando la vez que el presidente de su país cantó esa misma canción con la letra cambiada para hacerse publicidad; el grupo le dejó claro en un comunicado que no les interesaba ser amigos de un político como él.

Me salí con el último guitarrazo.

Si el concierto había empezado antes del concierto, continuaría después de acabar.

Me encontré a la rubia en la calle. Preguntaba en todos los puestos de mercancía pirata por una camiseta de su talla. Hasta donde escuché, no la encontró.

A un mastodonte no le hubiera pasado lo mismo, aunque no se supiera todas las canciones.

Foto de Liliana Estrada / Cortesía de Ocesa.