Por Ismael Frausto
Treinta y tres años después de su último concierto juntos, la inmortal e inconmensurable Mark II se reunió de nuevo en el Jones Beach Amphitheater de Wantagh, Nueva York.
Lo que parecía imposible se hizo realidad: Ritchie Blackmore tocando su Fender Stratocaster al lado de Ian Guillan, Roger Glover e Ian Paice.
Y parecía imposible porque Blackmore es el responsable de prácticamente todas las fracturas que a lo largo de 58 años ha sufrido Deep Purple. Han sido su mal humor, su ego desmedido y sus caprichos los que derivaron en que la historia de la banda se divida hasta con nombres de alineaciones: Mark I, Mark II, Mark III, Mark IV y así hasta llegar a la actual Mark VIII.
Ruptura tras ruptura, encuentro tras desencuentro. A pesar de ello, Blackmore es el genio que contribuyó a crear a una de las tres bandas de la “Santísima Trinidad del Heavy Metal”, junto con Black Sabbath y Led Zeppelin. Es el autor de una gran porción de las canciones, riffs y solos de guitarra más emblemáticos de la historia y, sin duda, su aportación a la música es inconmensurable; tanto con Deep Purple como con su siguiente banda Rainbow y su carrera solista.
Vamos, ¿qué estudiante de guitarra no ha iniciado su aprendizaje con el riff de Smoke on the Water?

Humo en el agua y fuego en el cielo
El público enloquece al ver al fondo del escenario al «Hombre de Negro» quien escucha atentamente alguna recomendación o bendición de su esposa Candice Night.
Ritchie avanza por el escenario y es recibido por una gritería estruendosa y las reverencias del tecladista Don Airey, elegante y atinado sustituto del difunto Jon Lord, el único miembro de la Mark II ausente, o quizá presente por conducto del imprescindible órgano Hammond.
Con una humildad inusual en él y con el mismo gesto adusto de siempre, Blackmore saluda al público y se deja querer, hace señas a sus ex compañeros de banda y permite que le conecten su guitarra, se dirige al último de sus sucesores, el guitarrista Simon McBride, e increíblemente le palmea el hombro y bromea con él señalando sus pedales. Parece decirle «¿para qué quieres tanto aparatito?» yo voy directo al Marshall con harto volumen y con eso la libro.» A lo que McBride, condescendiente y respetuoso de las jerarquías, responde con una sonrisa y una explicación rápida. Ritchie asiente y escucha al público corear su nombre.
El ególatra por excelencia, el iracundo por naturaleza, camina hacia sus ex compañeros, acepta la sonrisa de Don Airey, señala hacia Ian Guillan, quien le responde el gesto, hace lo mismo con Roger Glover… una pausa y comienza la magia.
El riff inmortal de Smoke on the Water vuelve a salir de los prodigiosos dedos de Blackmore. El riff más tocado en la historia de la humanidad vuelve al origen. Tres acordes en la tonalidad de Sol Menor en una secuencia eterna. Llegan los high hats de Ian Paice, el bombo marcando a blancas, luego a negras, la tarola a tierra y la incorporación del bajo de un feliz Roger Glover en octavos, mientras Guillan observa, aguarda su turno tocando el pandero…
«We all came out to Montreux…» Ian Guillan y su eterna voz, ya cansada por los años pero con ese bello color intacto. Incapaz de soltar los tremendos agudos de Child in Time, pero con la mismas inflexiones y emociones de siempre.
«On the lake of Geneva shoreline…» Guillan se recarga sobre el hombro de Blackmore. Ambos ríen. Desmiéntanme, pero creo que nunca había visto ese gesto en ellos.
La canción continúa y las muestras de camaradería y aprecio entre el cantante y el guitarrista continúan. Son todo sonrisas. Ya no me desmientan. En efecto, jamás se había visto este nivel de interacción entre ambos sobre el escenario.
«Smoke on the water, and fire in the sky…» Todos cantan, Ritchie se ve feliz e incluso cede su turno en el riff a su ahora compañero Simon McBride.

“La gran leyenda, el inmortal»
Fiel a su costumbre, Blackmore improvisa su solo de guitarra. Evidentemente, sus dedos ya no dan para más pero la elegancia, el sonido, la finura, siguen intactos.
Ian Guillan parece comprenderlo y se acerca a él, le brinda su apoyo y su mano, Ritchie la toma y juguetea con ella haciendo que sea el cantante quien rasgue las cuerdas de su guitarra.
Mientras el público canta el célebre coro, Blackmore camina hacia Ian Paice y también le muestra su cariño señalándolo con el dedo, a lo que el imbatible baterista responde con una sonrisa.
Ian Guillan relata que hace dos días recibió un mensaje de este hombre pidiéndole tocar con ellos. «The Great Legend. The Immortal: Ritchie Blackmore!»
El octogenario guitarrista se descuelga su guitarra y se la entrega al también octogenario cantante. No sabemos si como regalo o como muestra de que, a pesar de los años sigue ejerciendo algún dominio sobre él y lo ponga a cargar su instrumento, aunque sea en broma.
“Nos vemos en el bar”, le dice Guillan como despedida del escenario.
¿Qué ha pasado para que este hombre, el déspota por excelencia, se muestre ahora humilde durante su actuación?
Seguramente, la vejez. La implacable vejez.
Frank Zappa and the Mothers aplaudirían esto.