Ayotzinapa: 12 años de indiferencia política frente a uno de los actos más atroces y crudos de nuestra historia.

Por Diego Toledo

Aquella noche en Iguala no fue más que una necesidad material de un sistema que se come a sí mismo en búsqueda de un devenir sin cabeza. Ese 26 de septiembre por la noche, nuestra política real se materializó en la cruda ausencia forzada por el Estado. Me rehúso rotunda y categóricamente a llamarlo de cualquier otra manera, porque este es un claro y estructuralmente mantenido crimen de Estado, un crimen de mercado. Asimismo, me rehúso a sentarme sobre las bases de los derechos humanos, tan pronunciados por un sector del Estado que ahora se viste de otra forma. Esta noche en Iguala solo desnudó, y sigue mostrando este Órgano sin Cuerpos que es el Estado y el Capital. Un Cuerpo sin Órganos nombra potencia sin jerarquía, una organización que no necesita órganos fijos para sostenerse. Aquí la imagen se invierte, porque el Estado y el Capital operan como un Órgano sin Cuerpos, una organización pura que no necesita que ningún cuerpo particular sobreviva para seguir funcionando.

Es un sistema arborescente que se ha tragado a sus cuerpos, que los escupe reformados en altoparlantes de un sistema roto, y que, sin figurar dentro de este Órgano, ha predicado el Olvido de una verdad, como si de esta pudiera brotar un río de mártires que cuelguen la bandera roja con una estrella. Cuando los Cuerpos se solidifican en este enramado, vemos este fenómeno, que es esta veneración por una ignorancia insostenible. Pareciera que el Estado quiere abrir una ruta al olvido mediante el reconocimiento de una memoria democrática, aunque dicha memoria no ha sido más que la democratización del olvido y la aniquilación de cualquier ruta de escape. Esa aniquilación también opera en el plano ontológico, porque para que el olvido funcione, lo desaparecido tiene que dejar de ser algo que pueda, siquiera, no-ser.

Este 26 de septiembre se siente ahora como los rostros de esos Cuerpos jóvenes, pasmados en un impasse dialéctico, sin superación alguna de un duelo que no puede suceder, de una entrada violenta a la memoria, un asalto al mero sentido de la humanidad.

Cuando se afirma que el Ser es y el no-ser no puede ser, ni siquiera pensado, se escoge sin saberlo el lenguaje exacto del Estado, pues los desaparecidos deben ser no-ser, un vacío impronunciable, una nada sin estatuto ontológico que legitime su búsqueda. Pero el Cuerpo ausente no obedece a esa lógica. Se impone como Ser precisamente en su negación, como una falla en el orden de lo Uno inmutable, y así cuarenta y tres, cuarenta y tres veces, se prueba que el no-ser también insiste, también reclama, también exige verdad. Y es aquí donde el pensamiento se niega a la síntesis, porque no hay superación posible después de Iguala, ninguna reconciliación que redima el dolor en una totalidad mayor sin traicionarlo.

El impasse dialéctico que ya nombré no busca resolverse. Es la única forma honesta de pensar tras la atrocidad. Sostener la contradicción abierta. Negarse al cierre. Rehusar que el sufrimiento se vuelva peldaño de un progreso que nunca llega. Toda promesa de superación olvida que hay heridas que ninguna dialéctica puede, ni debe, sanar. Y si el duelo no puede cerrarse, tampoco puede cerrarse honestamente el lenguaje que el Estado usa para nombrarlo. Si en Auschwitz murió la poesía, en Iguala murió la ciencia política liberal, y con ella murió también la mentira de que este Estado se reforma. No hay reforma posible de un aparato cuya función es producir ausencia, porque reformarlo sería perfeccionar la máquina, no desmontarla. Iguala no fue una falla que corregir con más instituciones, más protocolos, más memoria oficial. Fue la confesión del sistema. Y a una confesión así no le corresponde la enmienda. Le corresponde el final. Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos. Ven, seremos.