Por Giselle Arlette Velasco Matías
El ombligo fue mi primera boca. Cuando nací el médico le entregó a mi madre mi cordón umbilical en una bolsa, cubierto con gasas blancas. Y ella, como es la costumbre, lo guardó en uno de los cajones del ropero. Después de casi 28 años, ese fragmento seco de mi primer sustento físico sigue reposando sobre la madera vieja de ese cajón empolvado. Me pregunto si el fuerte apego que le tengo a mi primer hogar radica justo en ese gesto generacional. El cordón umbilical como una primera forma de pertenencia.
Escribo esto desde lejos. A 703 kilometros de distancia, para ser más precisa.
Hace algunos años tuve que migrar por motivos educativos. Salí de aquella casa para continuar mi formación académica. Desde niña, la educación siempre aparecía como una lucecita que me abriría los caminos hacia una vida de éxitos, o eso me decían mis padres. Irme significó aprender a habitar otros espacios, caminar otras calles, construir nuevas amistades y aceptar mi nueva cotidianidad. Esta distancia y este nuevo habitar cambió mucho la manera de mirar mi primer hogar.
Cuando vivía ahí, la casa solo era una casa simple y ya. Era solo el lugar donde dormía, donde estaban mis cosas, donde estaba mi familia. No me preguntaba qué significaba ese espacio para mí ni le daba atribuciones especiales, era un espacio común y dado por sentado.
Fue cuando me fui, cuando comencé a mirarla de otra forma. Con distancia, comencé a observar detalles que antes no tenían importancia, como la distribución del espacio, la arquitectura, las plantas, las marcas en los muros y las manchas en las tejas del techo. Llevo un tiempo dándole vueltas a una pregunta que parece simple, pero que me cuesta mucho responder, ¿qué es lo que hace a esa casa ser mi casa?
Tengo entendido que una vivienda no se convierte en hogar de manera automática por el solo hecho de tener cimientos y un techo. No hablo tampoco de la propiedad. Un hogar se convierte en hogar a través de nuestras propias prácticas. Tengo literalmente tatuada una casita en mi brazo izquierdo que representa ese lugar que considero mi primer hogar, mi puerto seguro, mi referencia en el mapa, una coordenada de origen.
¿Por qué le otorgo tanto significado a cuatro paredes y un corredor? El comedor de madera, los tazones blancos, las marcas en las paredes, las grietas del piso persisten a través del tiempo y construyen lo que un día fui y también lo que soy en este momento. Esa casa me ha visto crecer, me ha acogido en mis derrotas, me ha visto llorar y reír. Ha sido el escenario de despedidas, regresos, conversaciones y silencios. Yo también la he visto cambiar. Sinceramente, hoy luce mucho más linda que en otras épocas. Sus muros están mejorados, sus espacios cuidados y hay plantas a diestra y siniestra por todo el corredor.
Esa construcción alta, imponente, coronada por un techo de tejas artesanales, grandes, pesadas y modeladas a mano han visto el paso de varias generaciones. Allí durmieron los padres de mi padre, mi padre y sus hermanos, mi madre, y en su tiempo, nosotras. Esa casa tiene memoria desde antes de mi nacimiento, y antes del nacimiento de mi padre. Es posible construir cierta sensación de hogar en otros lugares. Sin embargo, existe una diferencia entre habitar un espacio y reconocerlo como origen.
Además, es cierto que no todas las personas que se van lo hacen porque quieren ampliar sus horizontes. Hay quienes abandonan sus casas porque quedarse es poner en riesgo la vida. Quienes migran porque ya no encuentran condiciones para sostenerse en sus territorios. Quienes son desplazadas por la violencia, por la precariedad o por transformaciones económicas, climáticas o sociales que vuelven imposible seguir habitando el lugar que durante generaciones fue suyo.
Y hay una diferencia enorme entre decir “me fui” y decir “me sacaron”. En el primer caso, aunque la partida duela, existe la posibilidad de imaginar el regreso. En el segundo, el regreso no tiene cabida. ¿Qué ocurre cuando el precio de vivir en el lugar donde nacimos termina expulsándonos de él? No basta con preguntar quién siente que un lugar es suyo. También habría que preguntar quién tiene la posibilidad de permanecer en él y bajo qué condiciones.
El hogar también puede ser un lugar atravesado por conflictos, desigualdades y contradicciones. Hay algo profundamente político en poder decir “esta es mi casa”. Significa tener un punto desde el cual mirar el mundo y al cual regresar después de atravesarlo. Significa que existe un lugar que nos permite ubicarnos a partir de un punto de inicio.
Tal vez mi primer hogar comenzó antes de que pudiera siquiera caminar. Comenzó en un cuerpo que me alimentó y en un cordón que conectó mi organismo con el de mi madre.