La muerte no discrimina

Por: Said Antonio Cruz

“Yo no le tengo miedo a la muerte, le tengo miedo a morirme de hambre.”

La historia de Macario parece tan sencilla como el leñador que la protagoniza. Si bien se sitúa en el tardío México Colonial, es atemporal como la muerte misma. Han pasado siglos, revoluciones y discursos de modernidad, pero la base del control social sigue siendo la misma: el estómago del obrero.

La muerte no solo es atemporal, es también omnipresente. No sabe de fronteras, mapas ni épocas. La misma sombra que acechaba en las aldeas de la Europa de inicio del siglo XIX, donde caminaban los Hermanos Grimm, la tradujo y adaptó el viajero B. Traven. Así, en 1960, en la mítica Cannes, Roberto Gavaldón estrenaba Macario y posicionaba a un guajolote como el símbolo del deseo más inimaginable.

Este deseo solo puede negociarse con la muerte, porque ella es pendenciera y soberana; no le rinde cuentas ni a Dios ni al Diablo. Las grandes instituciones espirituales juegan con las cartas marcadas del poder y la hipocresía: “Dios exige resignación ante la miseria […] el Diablo ofrece riquezas a cambio de dignidad”. Macario no requiere riqueza ni poder, su única obsesión es comerse un guajolote entero el solito. Ese deseo —mínimo, egoísta y radical— lo convierte en hereje ante el espectador, ante Dios, ante el Diablo, mas no ante La Muerte.

En un sistema que educa para el sacrificio y la resignación, el deseo individual de un miserable es la peor de las rebeliones. No obstante, estas ficciones son posibles gracias a la expresión del realismo mágico, al menos a nivel cinematográfico.

Esa posibilidad física de la magia en pantalla es obra de la fotografía en claroscuro de Gabriel Figueroa. En Macario, tampoco hay efectos especiales baratos, con la luz sagrada e incómoda de miles de velas en el fondo de una caverna profunda se logra que lo sobrenatural adquiera una textura material: hace que el espectador crea que es normal que la Muerte llegue a sentir frío o que quiera compartir un trozo de carne. Así, la bofetada se siente aún más al encenderse las luces de la sala.

Fuera de la ficción, el realismo mágico se desmorona ante las urgencias del México de 2026. No hay agua milagrosa (en algunos sitios ni agua); hoy no hay repartidores de leña, hay repartidores de aplicación pedaleando bajo la contingencia ambiental y familias enteras desplazadas de sus barrios por la gentrificación turística; el símbolo del deseo pasó del guajalote a la rosca de Costco. Y queda flotando la sospecha de si, al igual que Macario, el sistema nos arrebatará la vida en un suspiro y moriremos antes de habernos acabado el guajolote.

¿Qué significa hoy elegir entre morirse de hambre o seguir mendigando?

Créditos de la imagen: Los Indispensables (puedes encontrarlos en Instagram como @los_indispensables_ o en X como @losIndispensab2).