Por Arturo Molina
Mi único aliado en este momento es el espejo, el mismo que me ha reflejado desnudo tantas veces. Clic. Quería que ésta fuera la primera foto de mi nueva cámara. No me aguanté las ganas, hace rato durante la cena, y las primeras fueron retratos de mis roomies. Igual corrí al cuarto y ahora busco el mejor encuadre para evocar a Paco Umbral y sus fotografías en las que, por toda ropa, tiene una máquina de escribir sobre el regazo.
La que me cubre a mí es la cámara misma, ahí está, al centro de todo, de la composición y de mi vista. Clic. Otra más, una selfie que sin querer me queda más artística, dices tú. Es casi un borrón de mi cuello y torso, se ve como si mi cuerpo estuviese disolviéndose en una gran voluta de humo.
Me pregunto cuáles podrían ser los probables orígenes de mi gusto por los desnudos, desde hace mucho me pregunto también en dónde se aloja la reacción erótica ante la curva de un cuerpo, ante aquellas protuberancias que van más allá del esqueleto.
En particular, el deseo de ser acaso visto sin ropa, puede venir de cierto exhibicionismo, que por lo regular va de la mano con tener relaciones sexuales en lugares públicos, o con la amenaza de ser visto. Puedo ver, en una ola de chipazos, las azoteas, autos, campos deportivos, baños y demás espacios donde he corrido el riesgo de ser descubierto.
Pasé alrededor de cuatro años sin ponerle cortina a mi ventana, y aunque sé que no había manera de que nadie viera lo que sucedía adentro de la habitación, algún deseo interior pedía ser observado por un tercero. Después, debido a unos albañiles trabajando en el cubo de luz de mi cuarto, y a una de mis parejas que había tenido una mala experiencia con las ventanas de niña, me hicieron colocar, primero una sábana y posteriormente el manto pudibundo de las cortinas.
Volteo a verlas ahí, tan mojigatas y testigos de este cuerpo que no quiere enfundarse en la ropa, como aquellos dioses que no permiten el desnudo, acaso porque, espectadores involuntarios de todo, es una incitación al pecado para ellos, al erotismo que le huimos a veces sin saber por qué.
«El exhibicionismo no se agota en la dialéctica del mostrar, el mostrar está unido al Otro y es necesario que ese Otro sea en su deseo cómplice de la ruptura que sucede frente a él”, dice el Dr. Tomás Otero en un ensayo sobre Lacan y los distintos seminarios donde trata el tema del exhibicionismo. Rescata también que el psicoanalista francés menciona aquello de que la solución del fantasma perverso, aquel que quiere ser mirado, se ordena en función del deseo del Otro, no de su goce. Es decir, aquello de “se mira pero no se toca, papacito”, dices tú.
Clic. Por muchos años he intercambiado material gráfico con parejas y amigas. Cada vez que comienza, o se sabe que con tal o cual persona se puede, un calambre arremete contra estómago y garganta, como cuando te pellizcas una nalga, pero sin la incomodidad, sólo la reacción hipersensitiva.
No es para todos y no a todos les gusta. «Hay colores como gustos en este mundo, papi», dice un acere cubano. Por eso es que debería siempre tratarse de algo consensuado; a veces sale a la luz más rápido que en otras. Con una de mis parejas, tardamos un par de meses en comenzar con fotos más sugerentes que las típicas selfies; con otra chica que conocí en otro estado de la República, un día después de que pasamos la noche juntos, me mandó una foto en pantaleta para mostrarme su pierna, «mira lo que me hiciste», era un moretón muy particular y del que dudo mucho de mi culpabilidad, o de la intensa noche anterior, pero entendí el mensaje y entonces yo le envié una semi nude.
Le echo un vistazo a mis fotos sin destinatario, sin un fin último más que el propio goce personal. Recuerdo a otra pareja. Me dijo alguna vez, más entre líneas que con una intención clara de compartirlo, que subía selfies a las redes para mejorar su autopercepción, según le había aconsejado su terapeuta.
Porque esto también puede significar una apropiación de la estética personal. En el libro Mandar fotitos. Mujeres jóvenes, imagen y sexualidad en la era digital, de Valentina Arias, y citado en un ensayo por Camila Alfie, la autora revela, a través de encuestas y entrevistas, que al realizar dichas fotografías, no tienen presente las demandas de los varones.
Explica esta toma de decisión a través del concepto de “intimidad modulada por la variable estética”: “se considera íntimo aquello del cuerpo propio que falla en adecuarse a un canon estético determinado”. Porque el canon estético es una de tantas cosas que nos dificulta la interacción con una pareja, o con una posible pareja. Se aparece allí, como un cuervo al acecho, hostigándonos con opiniones sociales sobre la estética de las personas.
No obstante, en este tema también se asoma el fantasma de la violencia, porque hay riesgos que los datos no dejan ocultar: del 27% de los mexicanos que, según Kapersky, aseguran tener nudes en su celular, el 11% ha sufrido algún tipo de violencia con respecto a venganzas y amenazas de difundir estas imágenes sin su consentimiento. De ese casi 30% de mexicanos con fotografías de desnudo, no se sabe cuántas las tienen por un deseo personal o por una suerte de obligada dinámica con su pareja. «Si bien la contemporaneidad trae consigo nuevos aires de libertad sexual para las mujeres, el ejercicio pleno de esas libertades atañe consecuencias», comenta Camila Alfie.
Clic. Le tomo una fotografía a las cortinas, únicas testimonios de esta sesión. Guardo la cámara antes de seguir pensando en lo que escribiré y antes de que se convierta esto en el Aviso Oportuno: quien quiera las fotos aquí citadas llame al… o como las promociones televisivas: con el código 9191 reciba además un cupón de descuento para la Sex Shop El Sexo Según Juan.
Además, como lo dice Lacan, citado por Otero: “Lo que el sujeto da a ver al mostrarse es algo distinto a lo que se muestra”, pues la puesta en escena es esencial al acto exhibicionista, dando a ver algo diferente de lo que se captura.
Puede ser ficción o realidad cruda, pero es que pocas cosas son tan excitantes, de un enigma divino, como ver un velo corriéndose poco a poco, guardando consigo quién sabe qué, quizá lo más deleznable al ojo, pero ese pequeño momento, ese instante previo de ver en el chat una foto de una sola vista, esa imagen miniatura que devela piel, en ese chispazo de éxtasis quizá esté uno de los secretos de la vida.