UNA CONVERSACIÓN CON ANA BASILIO  

ALONDRA: ENTRE BRUJAS, LA MEMORIA Y LAS VOCES QUE NOS HACEN

Por Javier Lether

Hay libros que se leen rápido y se olvidan. Hay libros que se leen y te atraviesan con todo lo que llevamos dentro: nuestros recuerdos, lo que escuchamos, lo que vemos y lo que nos enseñan desde pequeños. Alondra, de Ana Basilio, pertenece a la segunda clase: no se deja domesticar por una sola etiqueta.  A ratos parece un poema en prosa, después parece crónica rural, a veces testimonio coral y, en otros momentos, una novela fragmentada que respira un cambio en el aire.

Ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2024, el poemario se interna en el norte de Veracruz: un territorio marcado por la violencia, la pobreza, la religiosidad, la memoria familiar y las tradiciones que sobreviven. Ahí conviven niñas, madres, abuelas, animales, hombres crueles e incluso el diablo.

Conocí a Ana Basiio una tarde de abril en la Librería Octavio Paz. Hablamos de su obra, del misterio, la astrología y de las cosas que se heredan pero que no siempre se ven.

¿Quién es Alondra?

Antes de cualquier interpretación, había una pregunta esencial: quién o qué era Alondra. ¿Una niña?, ¿un símbolo?, ¿un ave?

—En el libro es la voz que está tejiendo toda la historia —explica Ana—. En los primeros capítulos, algunos personajes, sobre todo los niños, la ven como una niña distraída, tonta. Pero en realidad es quien sostiene todos los hilos narrativos desde el fondo. Poco a poco entramos en su intimidad y nos damos cuenta de que todo giraba en torno a ella. No es solo personaje: también es perspectiva.

Un territorio herido que respira

Ana es originaria del norte de Veracruz, y esa tierra no es solo el escenario donde sucede todo, sino que es un personaje más. Veracruz aparece en estas páginas con toda su complejidad: su belleza, sus tradiciones, su memoria, pero también su peso en la violencia, la pobreza y las cicatrices que la vida ha dejado en sus habitantes.

Escribir sobre un lugar que no es neutro, que tiene luces y sombras, requiere de un trabajo profundo y sensible. Para Ana, el proceso empezó mucho antes de poner nada por escrito. 

—Mi esposo, que también es escritor, me dijo: “No seas referencial, si vas a hablar de estos temas, sumérgete” —cuenta—. Y eso hice. Todo comenzó en 2017, cuando trabajaba como cambasera y tuve la oportunidad de recorrer todo el municipio de Cazones, casa por casa, localidad por localidad. Fue una experiencia muy fuerte, y yo siempre he tenido esa actitud: estar abierta, ser sensible, mirar con atención, sentir todo lo que pasa a mi alrededor. Todo eso se fue guardando en mí, y años después salió convertido en palabras.

Uno de los aspectos más poderosos del libro es que muchas escenas parecen venir de la oralidad: recuerdos de abuelas, anécdotas escuchadas, rumores de pueblo, confesiones heredadas.

El reto es lograr que esas voces lleguen intactas, que no se vuelvan solo palabras de la escritora, sino que sigan siendo de quienes las vivieron.

Le pregunto cómo transformar esas voces sin apropiárselas.

Su respuesta fue sencilla y profunda: no forzarlas. Dijo que, una vez encontrados los personajes, los dejó hablar. Que más que imponerles una idea, intentó escuchar qué tenían ellos que decirle a ella. Incluso se definió como “un medio”, un canal por donde esas voces podían pasar. 

—Todo está revuelto —dice Ana con una sonrisa—. Yo no soy ninguno de los personajes. Las historias que me contó mi abuela, lo que vi, lo que escuché, todo se mezcla y fluye de forma natural. Yo solo evoco el recuerdo, la sensación de estar ahí, porque para mí recordar es volver a vivir. Y me considero un canal: yo no invento nada, solo dejo que esas voces cuenten lo que tienen que contar. No fuerzo a nadie, simplemente les doy el espacio para que hablen.

Aquello terminó siendo una especie de investigación etnográfica involuntaria. Escuchar historias, mirar dinámicas familiares, percibir tensiones invisibles: todo eso fue sedimentándose hasta convertirse en materia literaria.

Mientras habla de escritura, pienso que quizá Ana entiende el oficio como otras personas entienden el espiritismo: prestar el cuerpo para que algo más hable. No me parece casual que se considere un medio por dónde pasan las voces. Ella me confiesa que es “desagradablemente sentimental”. En su manera de hablar hay una convicción tranquila, como si escribir consistiera menos en imponer una voz que en prestarse a otras. Escucharla es imaginar a una autora que trabaja como ciertas médiums: no inventando presencias, sino dejándolas pasar; entrar en transe y transcribir todo lo que percibe con sus sentidos: las historias de su abuela, los rumores de pueblo, las infancias heridas, los miedos domésticos, las escenas escuchadas: todo encuentra en ella una superficie sensible donde fijarse.

Más tarde hablamos de astrología y la imagen cobra otra forma. Sagitario en el sol —una aventura, con hambre de mundo que le permitió viajar por tantos hogares y conocer a mucha gente—; ascendente Virgo —disciplina, observación minuciosa, oficio—; luna en Tauro —una sensibilidad exaltada y profunda que busca arraigo—; Marte en Cáncer —emoción protectora, memoria que reacciona desde lo íntimo.

Escucharla era confirmar algo evidente: en su mirada conviven seriedad y observación, pero también una brisa de libertad. Una sensibilidad que no se exhibe: se guarda, permanece quieta bajo la superficie.

Brujería y vida cotidiana

En Alondra la magia y lo misterioso están presentes en cada página. Desde la cita inicial de Reinaldo Arenas sobre las brujas que nos acompañan en la infancia, hasta referencias al diablo, a los rituales y a las creencias que forman parte de la vida cotidiana. Todo esto no es algo extraño o inventado, sino algo que Ana conoce de primera mano.

 —En mi familia siempre ha habido esto —cuenta—. Mi mamá es pastora y se dedica a hacer exorcismos, tengo tías que leen las cartas o curan. Cuando tenía 8 años, en mi casa hicieron un ritual y hubo una posesión demoníaca; una experiencia muy fuerte que me marcó para siempre. Me gusta vivirlo desde ese punto porque en ocasiones me quedo en ese punto medio: a veces dudo, a veces creo totalmente. Pero para crear, para poder transmitir algo, tengo que creer, ¿no? Si no creo, ¿cómo voy a hacer que otros lo sientan?

Para ella, todo esto es a la vez memoria cultural y símbolo. Son prácticas que están muy arraigadas en la forma de vivir y pensar de la gente del norte de Veracruz, desde los rituales más grandes hasta los más sencillos, como pasar un huevo por el cuerpo para hacer una limpia, una imagen que aparece al principio del libro y que resume muy bien su propuesta: “esto solo lo sabe quién puede leer el interior de un huevo”.

 —Son cosas que todos conocemos, que hacemos sin pensarlo mucho, pero que tienen un significado profundo —explica—. Me gusta usarlas como símbolos, porque conectan directamente con nuestra historia y nuestra forma de ver el mundo. Al final, todos creemos en algo: ya sea en Dios, en la astrología, en algún culto, en lo que sea. El ser humano siempre pone su fe en algo.

La brujería en el libro funciona como símbolo cultural, sí, pero también como sistema de conocimiento heredado, una manera distinta de leer cuerpos, dolores y señales.

Forma fragmentada para una realidad fragmentada

Leer Alondra implica moverse entre poemas en prosa, bloques narrativos, respiraciones en blanco, escenas mínimas y estallidos verbales.

Ana contó que le interesaba también el ritmo visual del libro. No quería páginas idénticas una tras otra. Para ella, los silencios en la página pesan tanto como las palabras.

—No podría decir que tengo TDA porque no estoy diagnosticada, pero si me cuesta mucho trabajo leer un libro de poemas que visualmente es página tras página igual. Entonces sí me propuse mantener cierto ritmo, pero que no fuera de la misma manera porque sí soy escritora, pero también soy lectora y como lectora de mi propio libro quiero algo que no me de flojera viendo. Otra cosa que me pareció importante es que el silencio en las páginas, estos espacios en blanco son muy importantes. Le dan mucho peso a pues a lo escrito. 

Definió el resultado como algo experimental. Y lo dice con solemnidad, pues mezcló todo aquello como si fueran géneros musicales para dar paso a una rapsodia poética.

La infancia no siempre es refugio

Si el libro habla de una realidad quebrada, también tenía sentido que su forma lo estuviera. 

Uno de los gestos más valientes de Alondra es romper con la idea sentimental de la infancia como paraíso perdido.

Muchas veces se nos presenta como una etapa solo de juegos, inocencia y felicidad, pero Ana nos recuerda que también puede ser un tiempo de dolor, de violencia y de descubrimientos difíciles.

Aquí los niños observan violencia doméstica, abuso, desigualdad, silencios familiares. La inocencia existe, pero está sitiada. Ana explicó que para escribir esas zonas regresó a su propia sensibilidad infantil: la mirada de los nueve u once años, cuando una persona ya entiende más de lo que los adultos imaginan.

—Yo recuerdo mi propia infancia —dice—. Era hija única, vivía rodeada de familia y desde muy pequeña me di cuenta de cosas muy violentas que no debería ver ni entender. También conocí muchas niñas y niños en esa zona de Veracruz que vivían situaciones terribles. Quise hablar de todo eso, pero con mucho respeto. La forma en que lo logré fue volviendo a ser esa niña que fui, mirando el mundo con esos ojos de entonces.

Cuando le pregunto si al escribir se puso límites, si hubo temas que decidió no tocar, su respuesta es clara:

—No, no me puse ninguna censura. La libertad es fundamental para la creación y la creatividad. Hablo del incesto, de la zoofilia, de situaciones difíciles, pero siempre con respeto. Y muchas cosas las dejo ambiguas, con misterio, porque la vida misma es así. Hay cosas que no se pueden explicar del todo, que se quedan en la duda, en la sensación de que algo pasó, pero no sabes bien qué. Eso es parte de lo que quise transmitir.

Lo que se hereda y lo que elegimos para cortar el destino

A lo largo de la obra aparece también la idea de la herencia: no solo de las tradiciones o las cosas buenas, sino también del miedo, rabia, maneras de amar, maneras de soportar y las cicatrices que pasan de madres a hijas, de abuelas a nietas. Para Ana, esto es algo real y profundo.

Le pregunto si también se hereda el dolor.

—Sí, todo se hereda —asegura—. Desde la forma de ser, las costumbres, hasta las enfermedades que tenemos en el cuerpo. Incluso en la astrología en las cartas dráconicas se habla de esto, de las cargas que traemos de vidas pasadas. Todo esto está en nosotros, a veces de forma inconsciente, pero tarde o temprano sale a la luz.

Y agrega que, aunque el libro no lo planeó desde el principio, al final todo gira en torno a la figura femenina y a la importancia de conocer nuestro linaje para poder crecer:

Luego soltó una frase que resume mucho de Alondra: la protagonista necesita aprender a hacerse su propia madre. Para lograrlo, primero debe entender a su linaje.

—Para Alondra, el camino fue entender a su abuela y a su madre, para así poder construirse a sí misma, pero también matarla. A veces, para poder ser quien queremos ser, tenemos que entender a quienes nos precedieron, incluso “matarlas” simbólicamente, dejar de verlas como figuras inalcanzables o solo de admiración, para verlas como personas, con sus luces y sus sombras.

Esa mirada sobre lo que se hereda la lleva a responder mi última pregunta: ¿qué es lo que nunca querría transmitir, y qué es lo que le gustaría que se quedara para siempre?

—Lo que nunca querría heredar es la discriminación —responde con firmeza—. El racismo, el clasismo, la forma de tratar mal a los demás. Lo he vivido, lo he visto y me parece algo terrible. Ahora que soy madre de una niña de 12 años, me doy cuenta de que esto es algo que se aprende, y también algo que se puede desaprender. Mi trabajo como madre y como escritora es hacer lo posible para que esto no siga pasando.

Y lo que sí quiere dejar, lo que valora más que nada:

—Ser sensibles. Creo que la sensibilidad te permite la exploración al otro. Darle el valor a la otra persona: en lo que ama, en lo que cree. Somos pequeños dioses, ten cuidado con los demás; no seas mala persona. El mundo ya es bastante duro como para que nosotros lo hagamos más difícil. Tener sensibilidad nos permite ver lo que es importante, conectar con los demás, entender que, aunque seamos diferentes, todos sentimos lo mismo. Eso es lo que quiero que se quede.

Alondra es, al final, una obra que nos recuerda que las historias más profundas no son las que se inventan, sino las que se recogen con el corazón, que nos hablan de nosotros mismos y de todo lo que compartimos. Un libro que duele, que conmueve y que, sobre todo, nos invita a mirar con otros ojos todo lo que llevamos dentro y todo lo que tenemos alrededor.

Conversar con Ana Basilio deja la sensación de que la literatura todavía puede hacer algo raro y valioso: volver visible lo que estaba enterrado. Alondra habla de mujeres, de infancia, de territorio, de violencia, de creencias, de memoria. Pero también habla de algo más difícil de nombrar: la posibilidad de mirar nuestras propias herencias sin obedecerlas. Y quizá por eso importa tanto. Porque no solo cuenta una historia: obliga a preguntarnos cuál de todas las voces que cargamos realmente nos pertenece.