Por Arturo J. Flores
Cantaba Rita Guerrero en No me alcanza el tiempo: «Soy fácilmente decepcionable, soy aire y polvo».
Existe una verdad incuestionable: no nos alcanzó el tiempo para disfrutar de Rita, para gozar en vivo de su canto. En lo personal, debo haberla visto una docena de veces sobre el escenario. La última en el Vive Latino 2008, tres años antes de su fallecimiento.
No hay mejor manera de definir a una parte de los seguidores de Santa Sabina: fácilmente decepcionables.
Es verdad que sin Rita no es la misma Santa. Pero también es cierto que queda en uno asistir o no a los conciertos que tres de sus integrantes originales —Poncho Figueroa, Patricio Iglesias y Pablo Valero—, junto al tecladista Ernesto Aguilar y las vocalistas Dafne Carballo (de Descartes a Kant) y Angélica Victoria, ofrecen en la actualidad.
El más próximo tendrá lugar en la nueva locación del Gato Calavera.
“No es lo mismo”, argumentan los inconformes.
No, no lo es. Nadie pretende que lo sea.
“Es que sin Rita ya no es Santa Sabina”, reviran.
Existe un dato científico que los coaches de vida utilizan para explicar que las personas cambiamos: cada determinado tiempo (dependiendo del área del cuerpo pueden ser días o años), las células se regeneran. Así que nunca somos los mismos.
O como sostiene el aforismo de Heráclito: nadie se baña dos veces en el mismo río.
Bajo esta lupa, a lo largo de su historia Santa Sabina ha sido y ha dejado de ser Santa Sabina muchas veces. Ni siquiera cuando Rita se encontraba al frente se trató siempre del mismo grupo. Porque en el camino desfilaron músicos como Valero o Iglesias, además de Álex Otaola, Julio Díaz (quien también falleció), Leonel Pérez, Aldo Max, Jacobo Líberman y Juan Sebastián Lach.

Cada uno le ha aportado algo especial al sonido del grupo.
No en vano cada uno de los discos de Santa Sabina es una pieza histórica. Hermano de los otros, pero a la vez distinto.
Porque entre Santa Sabina (1992) y Espiral (2002) transcurrieron, por así decirlo, muchas Santas Sabinas.
“Rita siempre fue la comandanta”, dijo hace poco Pablo Valero en un podcast. “Es una música que vive en nosotros. Todos los que habitamos y han habitado Santa Sabina nos curtimos con la misma navaja y es muy fácil regresar a ella”.
En lo personal, creo que en un grupo donde todos fueron y son compositores, no únicamente ejecutantes, sus integrantes tienen el derecho a tocar las canciones que les costaron sangre.
Sí, se extraña la voz de Rita.
Pero yo, como fan, quería escuchar otra vez el riff de Valero en Alas negras. Tocado por él.
También añoraba el slap de Poncho en Partido en tres.
Y los tambores, entre siniestros y rituales, de Patricio en Olvido.
Todo eso también es Santa.
Los vi en el Vive. También como invitados de Cuca en el Metropólitan. Mis respetos para Tania Melo, que no continuará en esta etapa del grupo, pero también para Dafne y Angélica, quienes, lejos de imitar a Rita, le imponen a cada interpretación un estilo propio, un sentimiento genuino y un respeto profundo por el pasado.
Si todo sale bien, estaré este sábado en el Gato.
No soy fácilmente decepcionable, la neta.