Por Vivian Robles Castañeda
La música está intrínsecamente ligada con el tiempo. Al sonar, existe en un presente que instantáneamente se vuelve pasado, pero que a la vez antes fue futuro. La música siempre deja huella y apunta a un horizonte. Como a toda vida, el tiempo permite su existencia a condición de un destino ineludible: la muerte, el silencio. Sin embargo, pareciera que ha encontrado un antídoto a esta sentencia, una pócima para la vida eterna, o al menos, para prolongarla. Porque cuando una canción acaba, cuando una banda se retira del escenario, cuando un artista muere, ella, la música, pervive. ¿Cuál es su método?, ¿en dónde exactamente encuentra su resistencia?
Hace poco más de tres años, me encontraba compartiendo el escenario con Paul Di’Anno, cantante en los primeros dos discos de Iron Maiden. Habiendo crecido con el implacable sonido del heavy metal, rodeado de guitarras y discos, y admirando a esos héroes musicales en fotos y videos, en mí germinó el sueño de un día transformarme en uno de ellos. Crear y producir ese poder sonoro capaz de transmitir y recordarle su vitalidad a todo cuerpo. Ahora, en esos días de 2023, no solo sentí que lo estaba haciendo, sino que tenía una dicha inesperada de vivirlo con una de esas estrellas a las que admiraba: “La Bestia”.
No era secreto para nadie que Paul atravesaba momentos complicados respecto a su salud. Sin embargo, eso no fue impedimento para rockear en cada una de sus presentaciones en México. Para esta ocasión, la banda encargada de acompañarlo fue Iron What?, de la que soy guitarrista. Aunque no participé en todas las fechas, las tres en las que toqué, sonarán por siempre dentro de mí. Desde el camino a los recintos, el soundchek, las palabras previas a subir al escenario, la explosión del público al primer acorde, el vitoreo entre canciones, el juego de miradas con Paul, y con mis otros compañeros de banda, entre ellos, mi hermano y mi papá. Todo eso, todos nosotros, creando momentos, creando un sonido que desafía la mortalidad.
Antes de conocer a Paul tenía un poco de temor. Había escuchado que por ratos no se encontraba del mejor humor. Ese miedo comenzó a desvanecerse en el momento que lo saludé y desapareció por completo cuando empecé a tocar a su lado. Al terminar el concierto en Puebla, me agradeció por hacer rock juntos. Como es de imaginarse, me quedé sin palabras. En la complicidad de lo privado, Paul bajaba sus armas y mostraba su intimidad. El chico punk que vistió de actitud a Iron Maiden, “la Bestia” que resistía a todos los embates que trataban de derribarla y también el hombre sensible que, en el estacionamiento de un hotel, contando anécdotas, su historia (la cual también es historia del metal), prolongaba la despedida con su banda, con nosotros.
Paul Di’Anno falleció el 21 de octubre de 2024 a los 66 años. Murió en su país, Inglaterra, y, aun así, su partida se sintió en todo el mundo. Cuando se fue de México aseguró que regresaría. Y aunque no pudo ser así, de alguna manera cumplió con su promesa. Mi papá frecuentemente cuenta el impacto que tuvo el disco Killers en su vida. Mis hermanos y yo fuimos marcados desde el comienzo de nuestras trayectorias musicales por Iron Maiden, tanto fue así que creamos Iron Kidz, un tributo a la doncella ejecutado por niños. Tocar junto a la voz y conocer a la persona detrás de ella, fue un sueño cumplido para todos nosotros.
Y es ahí donde la música, su música, pervive.
Desde el momento en que sale al mundo, ésta se emancipa de sus autores. Va, viene, resuena, rebota y se transforma en cada uno de los cuerpos a los que entra. En ese primer encuentro, ya cobra un significado, en ese momento, prolonga su vida y, así, elude su destino. Pero ahí no acaba, puesto que esa música, ahora encarnada en el cuerpo, vive nuevas experiencias y así perpetúa su devenir, complejiza su semántica y, en consecuencia, engruesa su existencia. Además, por si esta dimensión individual fuera insuficiente para su pervivencia, constantemente busca salir para encontrarse a ella misma en otro ser. Lo que encuentra no es un clon, es una variación de ella que fue encarnada en otro cuerpo. La música se encuentra consigo misma y con ello crea un vínculo entre anfitriones, uno que para ellos resulta imposible de explicar en palabras y que aunque se empeñen en romperlo, siempre prevalece.
La música ha encontrado su refugio en el corazón humano. Cada vez que escucho el primer instante, eso es su primer presente, de Phantom of the Opera, el sonido me recorre y de pronto vuelvo a vivir mi nacimiento y crecimiento como músico. Me veo en 2023, en esos escenarios con mi guitarra, en esa van, en esos camerinos. Vuelvo a sentir esos nervios combinados con ilusión e incredulidad. Percibo cómo, involuntariamente, me conecto y entro en sinergia con mis amigos, mis hermanos y mi papá.
Pero tal vez la música va más allá, porque no solo pervive, sino que trasciende en aquello que parece que ya no podemos alcanzar. La muerte y la vida, a la vez que parte de una sola cosa, no pueden existir al mismo tiempo. Lo muerto se escapa de este plano para nunca más ser contactado. ¿Y sí hay una manera? Escuchar su música y escribir sobre él se vuelve evocación, y desde algún otro plano, vuelvo a escuchar su voz. Rockea para la eternidad, Paul.