Cómo sea, pero está. Interpol en el Zócalo

Por Arturo Molina

Para mí eran balbuceos con buena música. Después, una avalancha que se desliza cuesta abajo, cargando un cúmulo de emociones y recuerdos, erupción que arde a través de los poros. Me convenzo, pues, de que escuchar a Interpol en vivo será aquella experiencia llevada al máximo, aunque me apena que Manu no vaya a vivirlo. 

Atravieso el humo y la música electrónica de los festejos por el 4/20 que cubre Avenida Juárez, a un costado de la Alameda Central. Programar un evento masivo en el Zócalo en 20 de abril como estrategia involuntaria, ¿o no? 

La primera vez que vi el nombre de Interpol fue en 2010, al lado de los Pixies, en un autobús que se llevó mis pensamientos con el cartel del primer Corona Capital, pero tardé varios años en configurarles una imagen auditiva y muchos más en una figura total. 

Primero me imaginé que la agencia de espionaje, o policía, o lo que aquel organismo llamado Interpol sea, había formado un grupo, algo así como la orquesta sinfónica de la Policía Federal de la Ciudad de México. Con el paso de los años se fueron colando en las fiestas, en las charlas con amigos y, con más tenacidad aún, cuando Manu se atravesó en mi vida, así como en el humo de Avenida Juárez, después de un fin de semana de fiesta, de la amistad y después los días como roomies.

Por eso cuando se anunció que Interpol estaría en el Zócalo, más que a sus rolas, le puse play a la memoria: el autobús con el cartel del Corona Capital; alguien en la prepa diciendo que debía escucharlos; la casa de mi prima en Puebla y nosotros bailando The rover; pero todavía más, los desvelos y las miles de cervezas con Manu.

Hay gente por todos lados, desde hace unas calles venimos jugando al “van o no van”, que se trata básicamente de adivinar, a partir del atuendo, si las personas van o no van al concierto; allá atrás en los festejos del 4/20 estuvo muy dividida la votación. Todavía faltan unas calles para la plancha del Zócalo y no es el flujo cotidiano de un concierto, donde las personas crean una marea homogénea. Aquí caminan en todas direcciones, como en los festivales donde se trasladan de un escenario a otro, a los baños, a la barra, al área de comida.

Avenida Madero se vislumbra como cualquier sábado, en su cruce con Eje Central, una suerte de Wall of dead como la que se arma en los conciertos de metal: un grupo de güeyes se arremolina de un lado y otro más al frente, abren un espacio que bien podría ser la Avenida a la espera de la señal y, una vez dada, se descargan sobre los otros para armar un slam masivo. Esa señal es el semáforo en verde.  Nos tomamos en filita y cruzamos Eje Central.

Con Manu solíamos armar pequeños slams de uno contra uno: ideas pandémicas que dos roomies buscan para acelerar el encierro. Transmitimos en vivo reaccionando a videos de “Tú no eres el padre”, otrasdonde debatíamos por qué Snape es el mejor personaje de Harry Potter, hicimos slams para dos, acabamos series completas, exploramos el interminable YouTube, las plataformas de música, inhalamos, fumamos y armamos pequeños slams. “Sí van”.

Dos días después de que anunciaron el concierto gratuito de hoy, me animé a escribirle a su mamá, con la vergüenza del niño que rompe una ventana y quiere de vuelta el balón, para preguntarle qué ha sido de él, pues tiene medio año sin actividad en su Facebook, hace meses que borró su cuenta de Instagram y en su último número de celular no le llegan los WhatsApps ni tampoco entran las llamadas. Ella me contestó ese mismo día.

Conforme nos acercamos al Zócalo, aceleramos el paso, ya comenzó el concierto, según una publicación en redes, y abrieron con C´mere. Me lamento porque es de las pocas que puedo guashaguashear al ritmo de la letra. Siempre se me ha dificultado aprenderme canciones, incluso en español. Cuando me di a la tarea de escuchar las de Interpol, me pasó como con los Beatles: recorrer su discografía y descubrir que conocía muchas más de dos rolas. Fue encontrarme con historias intensas que antes, repito, eran balbuceos. Pero poco a poco se intensificó el poder de su música, de esa melancolía que lleva a lugares desconocidos, a la nostalgia de algo que no necesariamente se vivió. Quizá por eso los recuerdos se removieron de tal manera, por eso el mensaje a la mamá de Manu y, quizá también por esa razón, reviví, no sin algo de mareo, las pedas y el soundtrack de lujo bajo el auspicio de su biblioteca musical.

La gente sobre la calle peatonal, como los propios recuerdos, se me presentan en ecocardiograma, vibraciones como las de la portada de Unknown pleasures, como si aquellas frecuencias siluetearan su perfil de pronto. Así vi también las palabras del mensaje de su mamá, párpados a medio abrir como si intempestivamente se apareciera un monstruo en la película. 

La misma angustia de algunas canciones me atacó, ¿y si está desaparecido?, ¿en la cárcel por algo que yo no sabía?, y la más indeseable: ¿seguirá vivo? Esperé mucho en abrir el chat, una vez que me respondió su mamá, por la misma razón que el hipocondriaco no va a la clínica: para que no le confirmen que está enfermo de algo, para que no le disipen las dudas.

Sin importar el retraso que llevamos, conseguimos adentrarnos por Madero, hasta muy cerca de la plancha. Ya minutos atrás nos confundimos con algunos grupos que tocan en las calles aledañas, blues, cumbia y Beatles, pensando que eran los ecos del centro. Pero esta última resonancia sí lo es, Narc va a la mitad y nosotros ya estamos saltando mientras apretamos el paso un poco más.

Una calle antes del epicentro, la gente continúa entrando y saliendo, otra vez como en festival, como en la entrada de los escenarios, donde una fila serpentea hacia dentro y otra hacia afuera. Me pregunto si muchas de las personas a mi alrededor saben que hoy se llevaría a cabo un concierto. “No van”.

Nos acercamos lo más que podemos. Según se ve desde aquí, podríamos llegar hasta la calle que rodea el Zócalo. Si nos ponemos vivos, por ahí alcanzamos hasta la plaza central. Se ve mucho movimiento, pero también cómo algunas bolitas se mueven de acá para allá acarreadas por la inercia. Comienza My desire.

En este recuento de discografía, uno de los temas que más se me quedaron grabados, como al despertar de una borrachera con las notas retumbando en los oídos, fue justamente My desire. Otro de mis descubrimientos fueron las historias que hay en sus canciones, las crónicas melancólicas que hacen honor a la música, figuras retóricas que son textos aforísticos. Cómo nunca antes les había puesto atención. Culpo a mi nula melomanía por eso, no a Manu.

Pero no puedo disfrutar de la rola porque así como dejamos avenida Madero detrás de nosotros, un tumulto de gente nos empuja; no podría asegurar si para adelante, hacia la izquierda o la derecha. Me aferro al cuerpo de enfrente y pongo en medio de nosotros la mariconera con los celulares. El cruce que forma esa esquina es incierto, no podemos avanzar más, pero también se complica regresar. Me ahogo con la idea de no volver, no dejo de echar un vistazo hacia atrás, a mis amigos y mi prima, que van conmigo en fila, sin soltarnos. 

Parece un slam, suave, pero slam al fin. La mayor parte de las personas son para nosotros un “no van”, no parece siquiera que sepan que hay una banda encima del escenario, ellos están concentrados, seguramente, en el trabajo. En el trabajo, porque así como llegamos al nudo, tentáculos curiosos revisan nuestros bolsillos por fortuna vacíos. Un amigo alcanza a tomar la mano de un pulpo y lo empuja, pero se pierde en el mar.

Les digo que mejor nos vayamos unos metros atrás, que salgamos de las fauces y me descubro un tanto ahogado por mi propia saliva. Mientras caminamos de vuelta, y aferrándonos a nuestras pertenencias, pienso en aquel día, quizá el que marcó el inicio del fin, cuando Manu llegó al departamento con varios amigos.

Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada, yo dormía acompañado y mi cuarto aún no tenía seguro en la chapa. Todavía entre sueños, escuché el eco de las voces, pero lo que me despertó realmente fue el ruido de mi puerta: un güey y una chica se dieron cuenta, hasta estar al lado de mi cama, que esa no era la habitación de Manu. Su voz vino desde lejos avisando que ahí no era, llegó por ellos y los sacó; al final escupió un “perdón, manito” apenas perceptible.

Esa noche tardé en dormir más de tres horas por la música a todo volumen, soundtrack parecido al de hoy, por las repeticiones de Evil, Obstacle 1, Rest my chemistry y otras más. No me atreví a confrontarlo porque eran voces desconocidas y ebrias, porque muchos de los conocidos de Manu siempre me generaron desconfianza y por eso mismo no los llevaba al departamento. A veces pienso que él también tenía desconfianza, pero más ganas de no estar solo y eso lo dejaba con el coraje atorado, with all the rage back home.

Me recorre el cuerpo la vulnerabilidad de lo incierto mientras intento identificar, sin éxito, los diversos grupos de chacas que roban con la tenacidad con que Paul Banks canta. Mi alerta es la misma del día siguiente a aquella noche, que después de haberse ausentado durante la tarde y no poder hablar al respecto del accidente de mi puerta, Manu llegó con otras personas, todas desconocidas para mí, y que no tenían pinta de venir hoy al concierto. “No van”.

Solamente pude decirle que no, que no iba a aguantar una noche más en vela y con el temor de despertar y no tuviéramos cosas en la sala. Se lo dije con más inercia que seguridad, además porque también sabía que él no dejaría que nada pasara en casa. Que Manu se rodeara de gente conflictiva no lo dejaba sin la nobleza que todo ser humano muestra con las personas a quienes tiene un particular aprecio. 

Deseo por un momento habernos quedado calles atrás, bailando y fumando en el plantón del 4/20. Una vez instalados a un costado de las filas que vienen y van sobre Madero, hacemos recuento que termina con saldo en blanco. No así para la bandita, mucha, que justo en el lugar donde estamos se da cuenta que le acaban de sacar el celular o la cartera. Unos berrean, otros lloran, los menos, inocentes, quieren regresarse para paliar el vacío que ya comienza a dibujarse en sus rostros. Tal vez por eso tardé en abrir el mensaje de su mamá, para evitar un posible vacío que se tatuara en mi cara, como frecuencia cardiaca a punto del infarto.

“Manu está en una clínica de rehabilitación, pronto estará de nuevo en casa”.

Además de preguntarme a qué se refería al decir “casa”, pues el Manu ha naufragado por el país desde que se fue del departamento hace tres años, deseé que clínica de rehabilitación no fuera un eufemismo del anexo. Puedo imaginarlo perdido en este mar.

Dejo correr las canciones, el sonido no es bueno y me distraen más los remolinos de gente que nos pasan a un lado, su llanto y su rabia, carteras pisadas y vacías en el piso, hombres que miran a todos lados y que parecen acechar algo o a alguien. Mis acompañantes se dejan llevar por la música, bailamos y cantamos –balbuceo: chican rei, chican rei, aunque ahora ya sé que es she can read–. Pienso que vivir con Manu era un poco como estar aquí: divertido, contagiado de un éxtasis particular, pero con la amenaza de algo inminente.

Al finalizar Evil les pregunto en qué rola es prudente avanzar de vuelta. Como Slow hands es unánime, nos encaminamos una vez termina el baile de la canción con que nos sacudimos la tensión. 

La frecuencia del electrocardiograma se hace menos intensa conforme nos alejamos, escuchamos la que será antepenúltima del setlist: Untitled. Hasta hace dos semanas, para mí todas eran las mismas, todas podrían ser Sin título, pero no ahora, después de librar el cinturón de tentáculos que se adhieren al celular, no después de saber que Manu está, como sea, pero está; no después de cruzar la onda expansiva de los recuerdos.

Interpol vibra, como la amenaza de algo inminente, retiembla en las paredes del Centro Histórico; su música es terebrante como las manos curiosas de los ladrones, punza en la sangre que se purifica en el cuarto más profundo de un claustro. Porque ese balbuceo, me cuenta más historias de las que canta.