Por Claudina Domingo
No guardes esas flores de blancas mariposas
para Helen
cuando los ojos se abren paso en el verdor y la humedad es textura
(eterna idiosincrasia): ella no aparece en el horizonte
(empozada como está en la espesura acuática)
vienes a buscarla con un alto y adosado escepticismo
rotas las orillas del recuerdo (podrido el arquetipo de Electra)
no reconociste a la ciudad de tu alumbramiento emocional
hasta ahora que con su hacha de nanches frescos tejido de palma y río revuelto
te hunde un par de colmillos en las fosas nasales
¡qué innecesario el cascarón vacío de las blancas mariposas
qué lejana la calle Hidalgo con sus larvas fosforescentes!
si aquí (en el hipotálamo) se encuentra la libélula brillante de los pantanos
al subir al taxi comienzas a desanudar con tenedores de agua
el nudo gordiano del recuerdo extraviado
y a develar bajo el negativo de este invierno caluroso el sesgo de entonces:
bajo el sol está el agua (y en la sombra el agua)
(desde el malecón) la piel de la laguna se arruga y se estira
como la ropa interior de un huevo
(reconoces el aroma pero no la flor)
son canastos y tapetes: tienen franjas verdes rojas y violetas
y todo recurre a ti con su urgencia de guion cinematográfico:
¿dónde los canastos que huelen todavía a selva?
el tejido de palma es tan intrincado que te arroja
a la pizzería donde te presentaron a un animal totémico y a un dios:
Moby Dick (que para ser una ballena descomunal cabía
en un pequeño marco en la pared)
y la cerveza oscura que tu padre bebía y de la que te invitó sorbos
en un rito iniciático que tendría incalculables consecuencias
“porque esta sed es la humedad de la sed”
pero esa pizzería ya no existe (te informan)
la nostalgia (te dices) es el privilegio de los que se van
de los que no agonizan de aburrimiento en pequeños restoranes
quieres visitar también el cementerio: alzado a ciegas
sobre la ciudad para que no se lo lleve el agua
también es un cementerio de juguete:
tiene las tumbas claras de las ciudades que creen devolver
sus muertos a la inocencia del mármol blanco
pero el cementerio también tiene esa cara amarga
de los que saben que calor no es lo mismo que felicidad
(tú lo ignorabas porque fuiste arrebatada muy pronto del trópico)
y en la otra ciudad (esa que llevas prensada en las arterias)
sentías una temprana nostalgia amarilla rosada y marrón:
un helado napolitano hecho con lodo del Grijalva macuilíes y guayacanes
el río guillotinado que siempre has llevado dentro:
late en su profundo cieno de libélulas doradas
(“ah el cielo”) pensabas sin saber que esa evocación era ya la bilis negra
“el perfectísimo cielo azul de mi ciudad de juguete”
bombardeado desde abajo por un desfile de besos amarillos
y te quedabas de pie en el recuerdo alimentado por unas dispositivas olvidadas:
guayacanes vistos en perpendicular sobre la avenida
(guayacanes fotografiados a horcajadas desde la banqueta)
un guayacán como un relámpago de bilis ensombrece la calle
y unos macuilíes motean de fresa el batallón solar
(ahora) cuando el malecón del río irrita el nervio del recuerdo
comienzas a pensar que razonar no es suficiente (la narrativa es demasiada)
si lo que te reclama para su carne de agua es una dicción de agua:
abajo (sereno en el paréntesis de enero) está el herrumbroso Grijalva
desde la torre es mayor su desproporción
a la derecha (el aserrín urbano) a la izquierda el viejo centro
y en medio (lento caimán de caimanes) el ancho Grijalva empequeñece la ciudad:
mira (ciudad) eres una siesta en lo ancho del pantano
mira (ciudad) eres apenas un balbuceo de concreto
junto a la vena cava del sureste
mira (ciudad) eres un pretexto para que el río se sumerja en los ojos de las chocas
y los chocos y la boa de la melancolía les reviente nenúfares en la mente
aquí llegan los animales totémicos de la infancia:
junto a la fotocopiadora de la oficina de mamá había una tarántula
(terciopelo y cables negros): compañera del soltero que escapa a la foto
tras la ventana de la casa unas orugas verde neón con gigantismo
doblaban las hojas de la palmera
(entonces) observabas la fotografía del periódico:
la habían encontrado en la carretera (te preguntas ahora si viva o muerta)
y medía un metro de largo: “zarigüeya” es un nombre kilométrico para un animal pequeño
la zarigüeya gigante cabía mejor en ese nombre
(noche en la noche de la habitación)
primera suposición del amor:
miedo admiración colección de extravagancias
al pie de las palmeras estaban las blancas mariposas
como vaginas de yeso
la casa en la calle Hidalgo tiene un ventanal
pasas las tardes sola (en tu imperio de hija única vigilada por una
nana somnolienta)
detrás del ventanal dominas la ciudad
los flamboyanes las aves que se retiran a sus copas:
el panorama se descuaja en gritos y llantos de una niña
que pide a su madre que la cargue
“no la cargues” (ordenas desde tu soledad que exige soledades)
“no cumplas su capricho” (conminas desde la crueldad de los niños obedientes)
al cabo de unos pasos la mujer se detiene y carga a la niña que no eres tú
y te quedas dominando cielo (y nada) tras el cristal
regresas al sesgo de ahora: de pie en la Plaza de Armas (diminuta plaza de armas)
observas la parroquia (edición minúscula de un templo)
junto a una heladería y su toldo decorado
con naranjas y azules (infantiles también):
es (piensas) como si una infancia absoluta se hubiera vaciado en la ciudad:
junto al monstruoso y viejo Grijalva se alza una ciudad inclinada a lo pueril
que busca proteger el algodón de azúcar de sus nubes del agua voraz
luego das con algo sepultado (mucho tiempo lo creíste un sueño):
en un edificio nuevo te aferraste al regazo de tu madre mientras por la pantalla
(en el recuerdo nunca supiste o quisiste saber que se trataba de ficción)
te anegaban el frío de los cometas (la negrura primera del espacio exterior)
la hemorragia de las estrellas del planetario
el agujero rojo del sol que se expandía en el teatro:
no hay sueño que iguale a éste (no hay luz que pueda competir con ésta)
mientras el aire acondicionado escarbaba en tus huesos descubriste el vértigo:
afuera (donde no hay noche sino gigantescas bolas naranjas azules y violetas)
alguien observa sin necesidad de aprender a leer
y nos llama con su lazo redondo
no viajan los soles (no viajan los planetas):
somos nosotros quienes nos acercamos con los ojos encendidos
como imanes enamorados
(más acá) donde tu madre te abrazaba medio divertida por tu diminuto pavor
el arca de madera del planetario te reconfortaba un poco:
al fin y al cabo viene de la selva su espesor terrestre
y así guardarás siempre el aroma de la madera: te dará asidero frente al vértigo
en la habitación del ventanal veías un libro con una ilustración
de la ciudad perfecta:
en el recorte su perfil (vaciado como un rompecabezas en un alto horizonte)
donde un sol rojo dibujaba un crepúsculo feliz y melancólico a un tiempo
dos gatos miraban tras una ventana esa ciudad que confundía
la paz con lo mortecino:
mucho tiempo creíste que la ciudad tropical y la ilustración eran la misma
y que las habías arrastrado demasiado tras la sierra de los seis años
por los tugurios de una memoria que se fue descarapelando velozmente
llegar: encontrar: reconocer
conservas el infinitivo para todos los verbos (como clavos nuevos)
ahora que descubres que no se vuelve a la tierra natal
del deslumbramiento de los sentidos
porque siempre se le lleva dentro a la altura inversa
de los golpes de martillo mal dados
encuentras que tienes que marcharte más o menos igual
(deslumbrada por el sol)
emocionada cada tanto por algo que se parece a un recuerdo
por un guiño tras el que crees reconocer aquella tierra natal
que no fue tuya y a la que perteneces
Del libro Reconquista del Reino de Kaan (UANL, 2025), ganador del Premio de Poesía Clemencia Isaura 2024.