Trago, toque y mosh: una noche con System of a Down

Trago. Jim. System 

Por Arturo Molina

Jim Beam. Coca. Pedal. Vivo con el miedo constante de romperme una pierna. Trago. Toque. Trago. El miedo comenzó desde que leí la crónica de Alejandro González Castillo en la que se fractura la tibia y el peroné adentro del slam. Por eso el temor y porque ya pasaron más de 20 años desde mi primer mosh.

En eso pienso mientras le doy un largo trago a la botella de chesco que Daniel preparó para venir precopeando. Miro el cielo despejado que de un momento a otro se abrió como si dos manos deíficas, ¿las del mismísimo Serj Tankian?, hubiesen mandado a la chingada la lluvia que amenazaba, gris, desde temprano. 

Bourbon y coca es la dieta que, según Daniel, llevaban religiosamente los integrantes de Pantera. Hoy no vamos a ver a Pantera, pero System of a down sabe a lo mismo.

Pedal. Trago. Toque. Venimos trepados en las bicicletas para evitarnos el tráfico y la corretiza al metro cuando acabe el concierto. Es un círculo peligroso aquel de beber un trago azucarado que da más sed que lo que la sacia; pedalear unas calles, detenerse en un semáforo y sentirse sediento. Otro trago y no parece hacer mucho efecto en la cabeza. Eso parece, nada más.

Imagino todos los escenarios posibles. Durante la semana estuve visualizando mi espalda sumergida en un mar de otras espaldas. Puñetazos. Soldados devueltos al marasmo de cuerpos. También mi pierna atorada entre muchas otras y quebrada. Crack. Como la de Alejandro.

Antes de entrar, Daniel saca el vapeador con THC para darnos un último combo. Trago. Toque. Trago. En efecto, parece que el Jim Beam no pega. Mi camarada decide que meteremos el vapeador, quizá en los tenis. Ya veremos.

Al caminar comienzo a tomar consciencia de que Daniel prácticamente no ha probado nada de la botella preparada que trajo. Pues sí, antes de agarrar camino, me dijo, como quien confiesa su peor pecado, que no ha estado tomando; se está cuidando. Las leyendas a veces necesitan un descanso.

Me dice que ahorita se esconde el vapeador, pero sin darnos cuenta ya estamos en el primer filtro, justamente donde nos van a revisar. Ya no hay margen de maniobra y agradezco no ser él, porque yo me bloqueo en estas situaciones. Lo único que se me ocurre es pararme frente a la línea de policías que nos va a revisar, para que él pueda acomodarse. No sé cómo, pero entra sin pedos y sin tener que tirar el vapeador.

Con el pavimento arrastrándose debajo de mis tenis, al sentir cada rugosidad, cada poro debajo de los pies. Arrastro. Tropiezo. Arrastro. Quizá el pinche Jim Beam está comenzando a apoderarse de mi cuerpo. Ya no me llamo Arturo, me llamo Jim. Daniel me dirá mañana que fue como ver al Piolín convertirse en el Piolín Malo, acaso en esa transición mítica como el Hombre Lobo Americano en Londres. Aunque yo me lo imagino más cutre, como el Marty McFly en su papel de hombre lobo teenager, convertido en un tris tras y sin apoteosis. Pluck. Ya soy el Piolín Malvado. 

Como pensamos que a las 9 apenas tocará Idles, la banda de post-punk británica que les abriría, nos formamos en la fila de las chelas con calma. «Nada más una, por favor», le digo a la caserita de las chelas. Apenas le doy un par de tragos cuando Shavo Odadjia aparece en las pantallas gigantes. «Yo dije, ese se parece mucho al bajista de System, ¿a poco también toca con Idles?», me dirá Daniel más tarde, al final del concierto, cuando nos reencontremos.

Un primer madrazo a los instrumentos anuncia B.Y.O.B, una de mis canciones favoritas. Brincamos y damos por hecho que la banda abridora, si la hubo, ya pasó. También después será cuando me entere que desde la tarde habían compartido el line up en sus redes, y Idles había tocado 7:50 pm.

Nos acercamos un poco más a la reja que nos separa de los de General A. Al lado la gente brinca, canta, movemos la cabeza como si una esfera de mercurio nos jalara con su peso. Toque. Trago. Toque.

El final de mi chela anuncia no solamente la consolidación del Piolín Malvado, sino que es tiempo de moshpit. Trago. Trago. Trago. Se acabó el temor de la pierna rota y con los acordes de Dreaming me sumerjo, junto con un enmascarado de Blue Demon y un niño de unos 12 años que cargan en medio de cabrones que hacen una rueda que gira y gira. Allá, al frente, Serj deja escapar el estruendo de su voz, y más allá, el cielo comienza a nublarse de nuevo.

Daniel aguanta un par de rolas soltando codazos y me avisa que se irá a las orillas. No me lo dice, pero yo sé que es porque las leyendas a veces también descansan. En adelante, ya sin playera y con la gorra bien aferrada, no pararé, porque esto es casi como me lo imaginé en unas de esas elucubraciones de la semana: slam de treintañeros, de cabrones que saben que la incapacidad por un accidente fuera del trabajo se paga al 60%; banda que hace décadas terminaba con energías tras dos horas de verdaderos putazos, de puñetes en la cara y patadas terrosas en las piernas. Camaradas que sabemos cuánto cuesta una ida al Simi y la factura de las medicinas. 

Cuando tenía unos 12 o 13 años, veía la transmisión de un festival en Telehit, no sé si para inicios de los años 2000 era una novedad, pero para mí lo era. Ahí conocí buena parte de la música que disfruté durante muchos años. Recuerdo una presentación de los entonces Jaguares, en ese inter que tuvieron los Caifanes. En una de las rolas, los güeyes se arman un pequeño slam, uno patético donde sólo hay empujones y saltos.

Eso pensaba aquellos días: patético, algo que ahora me parece de la mayor prudencia. Curiosamente, fue en un concierto de Caifanes donde Alejandro se fracturó la pierna. Por eso a ratos yo guío a los camaradas, a veces me quedo al centro agitando la cabeza mientras los demás descansan alrededor y me animan con los brazos. Y yo los sigo cuando alguien inicia la rueda en donde corremos amontonados. Veo de pronto a la gente pasar en cámara lenta, con estelas de luz que dejan sus cuerpos. Ahora no sólo soy el Piolín, sino Jim Beam mismo, el Bourbon soy yo y soy invencible en medio de esa multitud, salto como si alguien me tomara de la bermuda y me alzara de más. Así, tal como hizo Daniel antes de que me le perdiera en la mar de cabrones.

También siento esa micromuerte cuando tropiezo, cuando el estómago me recuerda que aún puedo caer y ser pisoteado. Entonces me recobro y vuelvo a la acción apoyado de brazos y espaldas.

Una canción tras otra es la efervescencia de saber que puede ser la última vez, las últimas bengalas de la vida, quizá esa roja que saca otro güey que no ha parado, que se ha mantenido codo a codo conmigo, cuando comienza Toxicity. Tal vez sea la última de mi vida y quiero llevarla conmigo, guardarla aunque Jim sea dueño de mi memoria en este momento.

Hay gente que nos graba desde fuera, a ratos alguno que otro se anima a sacar su celular y nos grabamos como si hubiéramos crecido juntos, como si hubiésemos platicado de este momento durante toda la vida. Como si fuera el último concierto de nuestras existencias. 

Yo no saco mi celular porque estoy en el centro del caos (del caos treintañero, por supuesto), prefiero solo sentir, solamente chocar y comenzar a imaginar los moretones que me llevaré, los choques de puños y las palmadas en la espalda. Lo logramos, lo hicimos perfecto, como hinchas que terminan afónicos sin importar que su equipo haya perdido porque ellos lo dieron todo.

Me voy vistiendo mientras me dirijo hacia el punto de reunión que acordé con Daniel. Pensamos que después de Sugar volverían con alguna sorpresa, o al menos con alguna de las canciones que, pienso, se quedaron en el tintero. Pero ni un minuto después de terminar, las luces ya iluminaban a toda la gente. Los reflectores como amanecer tenaz en noche de fiesta.

Tras encontrarme con Daniel, iniciamos el lento regreso al estacionamiento, allí donde dejamos un toque, el chupe y las bicis. Las cabezas se mueven como en transbordo de Pantitlán un lunes a las 8 de la mañana. Pero este ánimo es distinto y la banda canta en coro «Na-da-remos, na-da-remos», como los peces en Buscando a Nemo

Nos instalamos en el estacionamiento como si fuera nuestro bar personal. Nos encendemos y yo continúo con esa bebida que me quedó pendiente, ya sin mucho objetivo porque no necesito convertirme de nuevo en Jim, no ocupo ya al Piolín Malvado, pero la euforia no me lo permite. Trago. Trago. Toque. Esa tardanza nos provoca que la lluvia que tanto estuvo amenazando, por fin se suelte. No llevamos impermeable ni nada, nos detenemos en un Oxxo para comprar otro chesco y verter lo último que queda de Bourbon; la resaca será problema del Arturo del futuro, ese que mañana tiene que trabajar e ir al concierto de Camilo Séptimo. 

Hasta que la lluvia da un poco de tregua reemprendemos el camino, ahora sí con el destino próximo que nos separará. Ya son casi las dos de la mañana y el Piolín comienza a desinflarse, como si fuera de aire y tuviese un pellizquito que le fisuró el cuerpo. Apenas llega a casa, empapado, con la alegría treintañera de la responsabilidad ejercida, pero también con el miedo, ya no de la fractura, sino de la gripa, del cansancio que llega, ese que te recuerda que ya no puedes aguantar tantos días de fiesta. Porque eso es para las leyendas, y a veces las leyendas también deben descansar. 

Fotografía Greg Watermann (FB: System of a Down)