El despegue: la vida es una colección de momentos e historias

Entrevista con David Nieto Yosh

Por Javier Lether

Ciudad de México, 22 de abril de 2026

Bien dicen que no debes juzgar un libro por su portada y vaya que a veces lo hacemos, sobre todo con los libros infantiles, pues uno piensa que difícilmente pueden albergar temas profundos y que al terminarlos te dejen una sensación extraña.

O al menos eso es lo que aprendí cuando llegó a mis manos El despegue (2025), una novela gráfica,
-colocado en la sección de libro infantil-, que, bajo la apariencia de un viaje familiar por carretera de dinosaurios que ha ganado entradas para presenciar el lanzamiento de un cohete al espacio, es en realidad una reflexión sobre que lo importante no es el destino, sino el viaje que se hace para llegar a él.

Todo en el mundo es una gran colección. Cuando uno es niño, comienza con cosas pequeñas: piedras de los parques, juguetes, objetos que parecen simples, pero que con el tiempo se llenan de sentido.

Después, los adultos encontramos otras formas de guardar: ya no son cosas materiales, sino recuerdos, anhelos, experiencias y miedos.

Y un día, sin darte cuenta, has armado una colección enorme de tiempo, de vida, incluso de sueños.

La colección como sentido de vida

El libro abre con una frase de Gabriel García Márquez: La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda. No es casual.

Cuando hablo con David Nieto Yosh, ilustrador y coautor del libro, esa intuición empieza a tomar forma.

—Sentí que El despegue no trata de un viaje, sino de cómo construimos memoria y le pregunto a Yosh: ¿Estaba esto pensado desde el inicio o lo descubrieron mientras lo hacían?

“¡Qué bonita pregunta! La verdad es que el libro tiene ya sus añitos, tuvo versiones anteriores, pero el tema de la memoria siempre estuvo ahí. A nosotros nos interesa mucho eso. Jorge y yo llevamos muchos años trabajando con niños, en talleres, y la memoria es algo fascinante. No es como un disco duro que guarda cosas planas, sino que guarda emociones, sensaciones, se conecta con otras historias”.

Roar —uno de los hermanos— colecciona objetos: piedras, botones, pequeños hallazgos. Al principio parece un gesto infantil. Pero hacia el final, esa lógica se expande hasta volverse casi una filosofía: todo es una colección. Incluso la vida. Pero, en ocasiones, la línea entre ser coleccionista y ser acumulador puede ser muy delgada

David se ríe cuando le menciono esto. Se reconoce.

“Yo soy bien “chacharero”, —dice—. “Me gusta juntar juguetitos, libros, cosas. Y uno se da cuenta de que coleccionar no es solo acumular, es darles valor a las cosas. Yosh recuerda algo que un músico decía; que él no acumulaba, él era ´almacenista´. Guardaba y organizaba. Entonces, el libro habla de eso: de cómo vamos guardando pedacitos de todo lo que vivimos y eso, al final, es lo que somos. Eso sale mucho de nosotros, de nuestra forma de ver la vida”.

Dinosaurios como distancia del humano

Hay algo más que atraviesa el libro: sus protagonistas no son humanos. Podría parecer una decisión estética o infantil, pero no lo es. Y entonces le pregunto: ¿Qué tienen ellos que te permiten decir cosas que tal vez con personajes humanos no podrías?

“Ser humano está bien cañón”, —dice entre risas—. “Ves las noticias y dices: ‘No quiero ser esta especie, mejor quisiera ser perro o dinosaurio’.”

Ahí aparece la distancia. Los dinosaurios funcionan como una especie de filtro, un desplazamiento que permite mirar lo humano desde afuera. Un “hack”, como él mismo lo llama, para hablar de emociones, familia y conflictos sin que sea tan pesado ni tan directo. Es una oportunidad de crear un mundo que no se contradice con la esperanza contra la desilusión de la realidad humana.

Antes de dedicarse a la ilustración, David estudió arquitectura en la UAM Azcapotzalco y en esa época él imaginaba que algunos años después se dedicaría a ilustrar libros infantiles. La conexión no parece obvia hasta que se pone en palabras: ¿la arquitectura, que también es una forma de imaginar espacios habitables?, ¿dibujar para niños es, de alguna forma, construir mundos donde alguien pueda crecer?

“¡Esa comparación está buenísima! Me la voy a guardar. Sí, totalmente. La arquitectura es imaginar espacios donde la gente pueda vivir y estar bien. Ilustrar es exactamente lo mismo: crear mundos habitables, donde los personajes puedan transitar, jugar y crecer. Es la misma lógica de imaginar algo que no existe y hacerlo tangible para que otros puedan entrar ahí”.

Lo que dice Yosh no solo explica su proceso, también revela algo esencial del libro: no solo se le, se habita.

Cada página está construida como un espacio donde los personajes —y el lector— pueden moverse, descubrir detalles, detenerse. Hay pequeños guiños escondidos, referencias que van desde Vincent van Gogh hasta David Bowie —Bowie Rock como se le conoce en el cuento—, la Rock-o-lita, como si el libro también quisiera conectar generaciones a través de sus propias colecciones culturales.

La competencia con las pantallas 

En un momento donde los niños crecen rodeados de pantallas y estímulos inmediatos, la pregunta es inevitables: —Cuando dibujas, ¿piensas en competir con eso o en ofrecer algo totalmente diferente?

“Creo que no se trata de competir”, —asegura—. “Se trata de ofrecer otra cosa. Hay una idea rara de que los niños son un planeta aparte y los adultos somos otro, como la Luna y la Tierra. Y eso está mal. El mundo es el mismo para todos. Los niños son personas, tienen opinión, tienen gustos, sienten. Lo que pasa es que nosotros, los adultos, nos ponemos muchas capas: prejuicios, miedos, traumas. Y los niños lo ven todo más limpio, más simple. El adulto comte el error de separar y cuando lo hace no ve otra opinión y eso está cañón.

Se habla mucho de que los niños solo están en internet, jugando Roblox, o lo que sea. Me parece que es limitar lo que sucede porque eso es consecuencia de ti, que eres adulto, si no le regalas tiempo (a los niños), sino leen juntos. Entonces, el libro no intenta pelear contra las pantallas, sino invitar a detenerse, a mirar despacio, a encontrar la belleza en lo sencillo”.

—Tienes mucha experiencia en talleres. ¿Dónde está la línea entre sembrar algo en un niño y decirle qué debe pensar?

“La línea está en el respeto. Te lo digo ahora que soy papá. Cuando ves un bebé, todos quieren agarrarle la mano, besarle la cabeza… y nunca harías eso con un adulto desconocido en el metro. ¿Por qué con los niños sí? Porque no se les respeta como personas; se trasgreden los límites. Para mí, trabajar con niños es igual que trabajar con colegas: llegas, bromeas, escuchas, propones. Si hay respeto, entonces el aprendizaje surge solo. No se trata de enseñar con regaños, sino de crear juntos. Eso es lo significativo y emotivo. Creo que a veces nos falta es: el respeto a las infancias”.

El proceso creativo caótico

Visualmente, El despegue también construye su propio lenguaje. No es una paleta fija, cada día del viaje tiene un color distinto. No como código emocional predecible, sino como una forma de marcar el tiempo, de construir atmósferas. 

“Tuvimos la idea loca desde el principio de que cada día del viaje tuviera un color diferente. No seguimos la psicología del color típica de que si el día es triste va de azul; aquí el día azul puede ser feliz. Usamos la monocromía: diferentes tonos de un mismo color por día. Al principio fue por practicidad, pero luego nos dimos cuenta de que servía para marcar el paso del tiempo, y al final, —logramos este asunto de la memoria y de las colecciones—, hay un momento donde se juntan todos los colores; pequeños pedacitos de color de cada uno de los días y es como juntar todos los recuerdos en un solo lugar.  Además, algo fascinante de los dinosaurios como nadie sabe de qué color eran de verdad, fue nuestra justificación para hacerlos de todos los colores”.

El proceso creativo del libro no empezó como una historia cerrada, Se fue construyendo en capas, revisiones, en intentos de ambos autores. Me surge la duda: —¿Cómo funciona el proceso con Jorge? ¿Primero van los dibujos o primero la historia?

“Los dos venimos de la ilustración, así que esto nació siendo puro dibujo. Había bocetos de dinosaurios, luego salieron los nombres y poco a poco la historia fue saliendo de los dibujos. Nunca habíamos hecho algo tan serio como esto, ni tan largo. El proceso fue algo que tuvimo0s que descubrir cómo hacerlo: dibujamos, escribimos lo que pasa, lo volvemos a dibujar ya con los diálogos, y así una y otra vez. Fue una creación colectiva, entre los dos y también con nuestra editora, Susana Figueroa, que nos iba guiando. Para nosotros, para entender el mundo, primero tenemos que verlo, dibujarlo”.

—En las novelas gráficas hay una belleza en los detalles que a menudo pasan desapercibidos. En algún momento de la historia, un dinosaurio niño (diño) vuela un cometa con forma de murciélago, y son esos elementos que uno no nota a primera instancia porque no son el eje principal de la historia, pero lo maravilloso de este tipo de libros es que a cada lado que observes hay algo interesante dibujado. ¿De dónde salen? 

“La verdad es que salen para no aburrirnos nosotros mientras dibujamos”, —bromea entre risas—. “Si tienes que hacer mil árboles iguales, te mueres del aburrimiento. Entonces le pones un pajarito, le pones una nube con forma rara, algún chiste escondido. Es un divertimento del dibujante. Pero lo padre es que eso hace que el libro se pueda leer de muchas maneras: puedes leerlo rápido o puedes pasar horas viendo cada página y encontrando cosas nuevas”.

—Mientras leía el libro no pude evitar reír con los personajes cuando algo absurdo pasaba con la familia de dinosaurios, y del mismo modo llorar con ellos por los recuerdos de la infancia con viajes que realicé en algún momento de mi vida con mis papás y hermanos. Fue ahí cuando surgió esta idea en mi cabeza: Un niño puede ver una aventura mientras lee el libro, pero un adulto puede ver nostalgia: Si le quitamos los dinosaurios, el cohete y el viaje… ¿De qué trata realmente El Despegue?

“Trata de la vida misma y de la familia. Es un viaje, como la vida. Creo que la etiqueta de “literatura infantil” a veces estorba, porque esto es para cualquiera. Un niño ve una aventura, un adulto ve nostalgia, ve recuerdos de sus propios viajes. Un libro tiene tantas versiones como lectores. Tú lees esto hoy y te da una cosa, y lo vuelves a leer en 20 años y te dice algo totalmente diferente porque tú ya eres otro. Nosotros queríamos hablar de convivir, de llevarse bien con los hermanos, de disfrutar el camino. 

Es una historia de amor y de esperanza, de cómo nos gustaría que fuera el mundo. Es también una historia de experiencias propias y de cosas que nos gustarían que vivieran nuestros hijos, de cómo nos gustaría que los niños tuvieran su entorno. Y el libro es nostálgico porque nosotros estamos hablando, de alguna manera, de lo que ya vivimos.”.

Antes de terminar, le hago una última pregunta:

—Si la vida es una colección, ¿qué está intentando coleccionar ahora para no perderlo?

David bromea, —pues dinero, ¿no? —Se ríe y después responde en serio—.

“La verdad creo que es estar atento”, —explica en un tono suave pero seguro—.

 “A diferencia de los coleccionistas de juguetes que tienen un mapa exacto de qué les falta, en la vida no sabes qué vas a encontrar. Lo chido es la búsqueda. Estoy tratando de coleccionar momentos bonitos, cosas que me diviertan, cosas que me emocionen. Y guardarlas, sea en la memoria o en los dibujos, que son la mejor forma de no olvidar. Lo importante es tener los sentidos abiertos para encontrar lo valioso, porque a veces está en cosas muy sencillas”.

Pienso entonces que El despegue no es un libro sobre llegar a algún lugar. Es un libro sobre mirar mientras se avanza. Sobre aprender a reconocer esos pequeños instantes que, sin darnos cuenta, se quedan con nosotros. Y que, con el tiempo, terminan siendo la única forma que tenemos de contar quiénes fuimos.