Un paseo entre tumbas de la gloria 


Texto y fotos Rafael Grillo

Después de varios viajes al extranjero, el periodista cubano comenzó el pasado 2025 a hacer recorridos a pie a través de La Habana, llegando hasta sus barrios menos conocidos y periféricos y escudriñando en la historia y cultura, la vida cotidiana y el duro presente del cubano de hoy. Luego escribe de esa experiencia en textos donde se entremezclan los recuerdos y el afecto de quien siempre ha sido un habitante de esa ciudad con el extrañamiento que implica meterse bajo la piel del cronista de viajes. En esta crónica la emprende a través de la barriada de Lawton.

PARTE I: PORVENIR

Eso de que no hay camino y se hace al andar no está de moda, caminante. 

Me encomiendo a Google Maps y trazo una suerte de paseo arqueológico a través del barrio de Lawton. Desenterrando seres legendarios por una decena prodigiosa de kilómetros.

Con el mapa de mi nuevo viaje para un domingo grabado en el móvil y también en la cabeza ―más vale precaver que lamentarse de ETECSA―, me subo al triciclo eléctrico, única opción que va quedando para los del ultramarino escapar por tierra de los breves linderos de Regla. 

A la peregrina Virgen del Camino, parada sublime en itinerario precedente, toca ahora ser simple punto de partida. Y el viaducto sobre el río Luyanó ―aquel cuyo nombre original se debe al guataqueo con Federico Roncali, Conde de Alcoy, y Capitán General de la isla cuando se construyó (1851)― es empleado como estera de calentamiento para los pies del viandante. 

San Miguel del Padrón dejado atrás y puestas mis sandalias andariegas al otro lado del puente de Alcoy, ando de ojo distraído y modo piloto automático los primeros cientos de metros, pues ya dediqué una exploración anterior a la Calzada de Luyanó. Solo estoy al tanto de si aparece el Señor de las Piñas. 

Y lo encuentro a la sombra del mismo árbol de la vez anterior y me ilusiono con el dulzor del recuerdo y hurgo en la pila sobre la acera y agarro de nuevo un par y se las voy a pagar y a 200 cada una me dice y lo miro fijo. Imperturbable el vendedor; desencantado yo. Me cuestan casi el doble que quince días atrás. ¿Tanto ha subido el precio de la gasolina en este lapso? 

Guardo las piñas y le pago para no seguirlo pensando. Duele hoy menos abrir el bolsillo que pensar.

A la altura del paso ferroviario me fijo en el cartel “Bienvenido al Municipio 10 de Octubre” y veo ahí el rostro barbudo y su apelativo de “Señor de la Vanguardia”. Un nudo de asociaciones se desata: Héroe de Yaguajay, guerrillero popular, sombrero alón, sonrisa amplia, “Vas bien, Fidel”, desaparición misteriosa, flores para Camilo, el río de pañoletas rojas bajando hacia el mar y un pionero que lleva mi cara dentro de ese cauce, cada 28 de octubre. Hace cuarenta años, cincuenta, un siglo atrás, en la Era Cenozoica…

Mi memoria ofuscada por los galimatías del presente sospecha que cualquier tiempo pasado pasó en cualquier tiempo. 

Al llegar a Porvenir, giro a izquierda. Avanzo no hacia un tiempo futuro sino por la avenida con ese nombre. Un cielo encapotado me deja caer su peso encima. Como promesa de un bíblico diluvio que nunca se cumplirá. La atmósfera opaca acentúa en la realidad exterior una escasez de colores existente ya de por sí y las fotos que intento se impregnan de tizne gris. 

Este domingo tiene el color del polvo. Hay mucho polvo en el viento también. Y polvo del camino que se adhiere a los pies.

Veo un tanque de basura desbordado y, detrás, encrespadas olas azules, el largo muro, la avenida, un auto y altos edificios. Este Malecón pintado a lo naif en una tapia luce fuera de lugar, demasiado lejos de donde le corresponde. Brota de una esquina el anuncio del Proyecto Muraleando y me desvío por ahí. En la continuidad de la calle Aguilera surgen esculturas, paredes cubiertas de dibujos y frases, material de desecho reciclado creativamente, cerámica incrustada en bancos y columnas. 

Con la gente haciendo lo suyo alrededor. Como si arte y humanidad se ensamblaran para imitar juntos las apariencias de la vida cotidiana. 

Una mujer chatea por el móvil con un pescadito de piedra mirándole a la cara y un hombre piensa quién sabe qué a espaldas de la efigie esculpida de la Virgen de la Caridad. Sentados al pie de los relieves de Camilo y Che ―“Che y Camilo, nadie los olvidará”: me viene a la mente esa canción―, una pareja añosa batalla con la conexión a internet para hablarle a la hija que vive afuera. Entre “Alegres” y “Felices” hechos de gres, rodeando la escultura de un señor trajeado, unos niños juegan. 

Pero la cercanía de la unidad policial de 10 de Octubre hace recelar en si todo ese arte comunitario perdura por estar bajo custodia. 

Y a pesar del toque llamativo que las obras aportan aún, se cierne sobre el entorno un hálito de abandono, de impulso artístico pasado al olvido. A la palabra Cuba, otrora bien delineada en cerámica, se le han ido desprendiendo las teselas. El escenario total está urgido de un retoque actual sobre líneas y colores. 

También hasta aquí llegó el gris. Ese imperio del gris que se ha apoderado de la ciudad entera…

PARTE II: LUZ

Vuelvo a Porvenir para cruzarla hacia la dirección contraria y entrar por Bouza hasta el parque Asunción. A este Goliat vagabundo le apetece toparse con David, no para la mítica pelea sino zanjar con café un encuentro amistoso. Hago la llamada y resulta que el colega de la Editora Abril, historietista y cantante de rock vive justo enfrente. En esta pausa, con algo de prisa, David Yabor y yo hablamos de planes futuros. 

Nos empeñamos en eso. Como si hubiera un mañana.

El rumbo prosigue al borde de la loma del Burro, por un descampado donde antes no faltaban los muchachos bateando pelotas y hoy solo pastan carneros. Más allá hay un parque triangular con una tosca aguja de concreto en su centro, pintada de amarillo y con el perfil de Camilo grabado en el lateral. Enfrente, otra réplica del carismático rebelde en el umbral del Municipio de Educación. 

Escojo Luz. Seguir por esa vía e ir en busca del vergel que quiebra la obsesión con el guerrillero y te lanza en brazos de La Única. 

Si Rita Montaner es natural de Guanabacoa, ¿por qué hay un parque dedicado a la excepcional cantante en Diez de Octubre? El cartel junto a una escalerilla, con la imagen de la estrella de “Romance en el palmar”, lo corrobora; y pesquiso por toda el área con fe en la presencia de alguna tarja con la explicación. Finalmente frustrado, cavilo si sería oportuno preguntar al joven que reposa sobre el césped. Pero él luce ensimismado, con el pensamiento a kilómetros, no de profundidad sino de distancia, en un lejano país. 

Callado, cargando con el misterio a cuestas, me retiro del parque. 

Varios caminos se abren adelante y justo en ese momento se pierde la señal del celular. Tampoco el plano alojado en mi memoria envía una pista clara. Y me asalta un temor, que no proviene precisamente del ambiente de la calle, con su calma de suburbio en digestión de los letargos del domingo, sino del trazado urbano y el relieve de esta franja. Calles serpenteantes y quebradas, pasajes con escaleras, subibajas del terreno, hacen que extraviarse aquí pueda enviarte desgastado y sin aliento a un punto muy alejado del que ibas. 

Preguntando se llega a Roma, desde la antigüedad. Y no es que la humanidad haya cambiado tanto.

La ocasión es incluso ideal para la hidratación, me digo. En el portal de una casa, dos mujeres me venden una cerveza y dejan caer además ciertas insinuaciones. Yo me “hago el sueco”, literal, y parto en cuanto obtengo la información deseada: hay que coger lomita arriba y después lomita abajo… La recuperación de los datos móviles me confirma que estoy llegando a Pocito y el sitio preciso. 

Imagino al par ―madre e hija, quizás― creyéndome un yuma zopenco y colmado de un idealismo revolucionario fuera de moda.

PARTE III: DOLORES

Imaginaba un anuncio proporcional a la estatura del histórico personaje. Sin embargo, nada por aquí, tampoco allá. A mitad de cuadra la adivino por el maquillaje reciente, en contraste con el resto de viviendas deslucidas; y sobre una verja lateral, al fin, el indicativo del Museo Casa Natal Camilo Cienfuegos.

Todavía ronda el mediodía y un mínimo aviso adyacente a la puerta señalada con el 226 registra que podía estar recibiendo público a esa hora del domingo. Pero no hay moros en la costa, ni cristianos por todo aquello, excepto mi alma en pena. 

¿Simple mala suerte mía o ya nunca abren los museos de La Habana? 

Retomo el derrotero previsto y, mientras, me voy dando consuelo: ¿Acaso el museo habría divulgado del héroe un rasgo secreto o suceso ignoto, algo que no me hubieran repetido machaconamente en las aulas hace cuarenta o cincuenta años? Ese pionerito del tiempo pasado, que es hoy transeúnte sin flores en las manos y con la mente liada por las brumas del presente, tiene la certeza de que nada trascendental iba a sacar de ahí.

Falta por andar, pá luego es tarde y el cuento de Camilo aún no se ha acabado…

En donde muere la calle Lawton, una inscripción asegura que el gobierno del Dr. Ramón Grau San Martín inauguró ahí un parque en 1947 y lo bautizó Dolores. Pero el que yo encuentro ha sido renombrado, por supuesto, como el Comandante del Pueblo. Al fondo, un muro verde, con el rebelde risueño y una cita que se le atribuye: “Que no piensen los enemigos de la Revolución que este pueblo se va a detener”. 

Una muestra elemental de ese pueblo está agrupada en los bancos más cercanos. 

El mitin de cuatro tipos conspira sabrán ellos solamente para qué, porque a mí no me toca enterarme y lo demuestran lanzándome miradas con filo de cuchillas. Yo pongo de mi parte desviando la cámara del ángulo tenebroso, para fijarme en ancianos que dormitan, adolescentes que patean un balón, la ceiba rodeada de brujería y la acumulación monumental de desperdicios. En fin, todo lo que hace al de Dolores un parque común y corriente. 

Creo que logro convencer al cuarteto receloso de que soy uno más de esos idiotas que se la pasan sacando fotos a cosas sin importancia. 

Por la linde del parque desfila una arteria ancha que las personas continúan llamando Dolores, como antaño, sin atender a que la hayan rebautizado también Camilo Cienfuegos. Mi rumbo prosigue por ahí, pero antes extraigo de la mochila un pomito de agua y consigo darme apenas dos buches del líquido recalentado. 

Sin saber exactamente por qué, me siento ubicado en la escena final de “Blade Runner”. 

Verdad que hay un cielo plomizo, amenazante, pero no caen las gotas torrenciales de la película. Me pongo de pie pensando en quién preferiría ser. ¿Rick, cazador de replicantes a sueldo, o Roy, el subversivo humanoide artificial de vida limitada? Pero no es tiempo de morir, solamente de partir. 

Pasa una paloma volando y no es blanca. Es gris.

PARTE IV: TERRAZA

Tras abandonar el Parque Dolores (o Camilo Cienfuegos) y andando por Avenida Camilo Cienfuegos (o Dolores), caigo en cuenta de una estrepitosa paradoja: provengo de la casa natal del ícono revolucionario y voy rumbo al hogar que construyó la cantante prohibida por sus manifestaciones en contra.

Pero así fue como Google Maps planificó la ruta. Qué poco entiende de doctrinas, me digo en broma. 

Porque sé que entre el plano urbano de las ciudades y los sedimentos de su memoria histórica se va trenzando una cábala anárquica. Independiente del relato humano y sus rígidos caprichos, ajena a contradicciones de credo y proclive a confluencias anómalas. 

Esta trama soberana es el mayor desmentido a cualquier pretensión de hilvanar la Historia como un tejido de pensamiento único.

En la encrucijada de Acosta y Dolores, por el costado de lo que ayer fuera Convento de Santa Marta y hoy Hogar de Ancianos, hay que torcer rumbo y regresar a las entrañas de Lawton. Pero no puedo seguir de largo sin que la curiosidad me retenga en el puesto de viandas en la esquina. Veo una foto de Camilo y frutabombas, el cartel Feliz Día de las Madres y boniatos. Veo al Che y ajos, Yo amo la Revolución y limones, Fidel y pimientos, Camilo y Che y tomates. Y una bandera cubana en lo alto, por si quedaran dudas. 

Asumo que el carretillero querrá tentarme con una rebaja de precios acorde a su vocación patriótica, conciencia social y saberes de economía política. Sin embargo, tropiezo con que en ese tema de la inflación, el cuartico está igualito

Contrariado por la calculada puesta en escena, me marcho pensando en el porcentaje de gente que ha sabido “cogerle la vuelta al sistema”… Hay algo subliminal en ese fotograma manipulado que me rechina mucho, y logro descubrir qué es al revisar las fotos. Sobre el pecho, bajo el camuflaje de los colores del pulóver, similares a los de la insignia nacional, llevaba el avispado comerciante “la bandera del enemigo”, escondida entre las letras que conforman “New York”. 

Cojo calle 12 hasta Terraza, advertido de que al llegar no me iba a encontrar letrero alguno y tendría que auxiliarme de una imagen vista en internet y grabada en la memoria. Casa de una sola planta, con portal y un altar de la Virgen de la Caridad encajado en la fachada. La identifico justo por ese detalle, al lado de una edificación de dos pisos, y luce como restaurada y recién pintada de color hueso.

Pero la cerrazón a cal y canto proyecta la sensación de unos moradores fugados, que consigo se hubieran llevado hasta el vestigio más mínimo de alma humana. 

Parado delante de la cancela, nada percibo de la vibra de “¡Azúcar!”, ni rumores de pachanga o simple calidez de gente en la última residencia de La Guarachera de Cuba en tierra natal. En vez de aproximarme más, tomo distancia para registrar con la cámara del móvil lo que Celia Cruz tuvo como hogar antes de abandonar la isla en 1960 y radicarse en Estados Unidos hasta su muerte en 2003. 

Según el reportaje de una revista Bohemia de 1953, ella misma eligió el terreno, dio indicaciones a los constructores y vigiló la fabricación de su vivienda a pie de obra. El domicilio acabó siendo célebre por las fiestas que atraían a los famosos hasta el incipiente y humilde Lawton de aquella época.

Esa voz sandunguera de la Reina de la Salsa, que las conjuras de la política me impidieron escucharla en la radio o disfrutarla en vivo y yo descubrí algún día en circunstancias que ya ni sé, me embiste ahora desde la memoria con total claridad. 

La tarde, en cambio, se oscurece. Y aunque no llora, no se precipita todavía, el firmamento se cierra con nubarrones que añaden al gris un matiz más siniestro.

PARTE V: CERRADA (Y FINAL)

El lúgubre vaticinio del cielo no alcanza a persuadirme de que renuncie al itinerario prefijado. Después de despedirme con reverencia de Celia Cruz y su casa en Terraza, emprendo cuesta arriba, en pos de la cúpula roja divisada en el horizonte desde varios ángulos del camino. 

Abarcando una manzana entera en la cima, hallo una envejecida edificación de dos pisos con un cartel que la presenta como una secundaria básica nombrada —por supuesto— Camilo Cienfuegos Gorriarán. Más, para los nativos de la zona este sigue siendo el Convento de Santa Clara de Asís —en realidad, la sede a partir de 1922, cuando las clarisas abandonaron su claustro primigenio en La Habana Vieja—. Poco les importa que las 44 monjitas tomaran las de Villadiego en 1961 y el local, secularizado desde entonces por el nuevo estado revolucionario, fuera dedicado a la enseñanza. 

La parte del recinto que sí permaneció bajo dominio eclesiástico, adquirió la función de parroquia. Y frente a esa iglesia de ecléctico frontispicio y torre con domo rojo me estaciono, para admirar la belleza que subsiste a pesar de los avances indetenibles del gris. A semejanza de la Catedral de la ciudad de Santa Clara, una escultura en la acrotera exhibe a la fundadora de la orden con una custodia (recipiente sagrado) en la mano derecha. 

Reza en el Eclesiastés que hay un tiempo para todo. Por eso, transcurrido el momento para la hermosura, me percato de la fealdad. 

Pues tampoco la de Santa Clara ha escapado de la maldición que asola a tantas iglesias capitalinas, cuyo suelo perimetral han convertido en vertedero de la localidad. Pero no sé si será mi suerte del día o que en este paraje elevado Dios sí escucha reclamos y hace milagros, porque ha sido recogida la basura. Y la falta de hedor facilita la conversión del enclave en mirador y descansar unos minutos con la panorámica de La Habana a mis pies. 

Desciendo a través de unas escaleras rodeadas de viviendas, sigo luego recto hasta E y cojo derecha. Aparece un inmueble inusual, con una caja rectangular sobresaliendo en la mitad superior de la fachada. Solamente los fanáticos al añejo esplendor de los cinematógrafos habaneros reconocerían que había una vez un cine llamado Erie, ubicado en ese predio. 

Tanteando, tras unos minutos de extravío, tropiezo con la boca de Cerrada y mi próximo destino. “Los Castillitos de Lawton” resaltan en el confín del pasaje; y cualquiera se creería metido en un sueño donde ha arribado a una aldea de Escandinavia, de no ser por la suciedad amontonada al margen de las aceras, los tanques de agua alzados por doquier, las tendederas con ropa raída y el endeble estado de los techos picudos. 

En su momento erigidas con piedras enormes y resistentes tejas rojas, hoy las tres construcciones impresionan, en una misma ojeada, estar devastadas y haber sido recompuestas. Sin un rastro de sangre vikinga ni bienes europeos, sus habitantes actuales han hecho lo que pueden para establecerse dentro de estas curiosidades anacrónicas.

Salvo los rumores de una compañía holandesa y la data imprecisa de cuando la Primera Guerra Mundial, ni los historiadores se acercan todavía a una conclusión nítida sobre el origen de estos mal llamados castillos. Degustando el sabor de ese misterio me retiro en dirección al atajo por el antiguo Matadero que me devolverá a las tierras de San Miguel del Padrón.

Por un paisaje de inmundicias y derrames albañales, de ancianos y niños, hombres y mujeres asentados por cuenta y riesgo dentro de ruinas industriales hasta forjar una comunidad de “llega y pon”, franqueo la línea del tren y accedo al sitio señalado en la aplicación del móvil como Guarapera La Mulatísima. Del néctar de caña y la despampanante morena del Caribe no existen rastros, tan solo un puesto cerrado. 

Vuelvo a caminar sobre las aguas del río Luyanó, merced a otro puente, menos conocido que el de Alcoy. Es insulso el tramo siguiente. Conquisto la meta definitiva en el Parque de los Chivos. 

Eclesiastés indica que hay un tiempo para ayunar y otro para comer y beber. A esta hora ya mi estómago aúlla, las fauces están resecas y en la cafetería más cercana adquiero los alimentos preestablecidos para que fueran parte de mi ritual de viajero. Un paquete de sorbetos y la cerveza más fría de la nevera. Que resulta ser de marca Lobo. 

Hay un tiempo de mirar, también. Pero ese no voy a malgastarlo con este Parque de los Chivos común y corriente, tan repleto de bazofia como el de Dolores y otros muchos. Así que me acomodo en un banco con la atención exclusivamente orientada sobre los víveres y comienzo a ingerir.

Percibo entonces la tibieza en el cuerpo y el baño dorado de la luz. Alzo los ojos y una primera brecha se ha abierto entre las nubes de hoy. Cae a través de ella sobre La Habana, al fin, una descarga de sol. 

ABRIL DE 2026

Pies de foto:

1. Las motocicletas y triciclos eléctricos son de los pocos vehículos que hoy circulan en La Habana como consecuencia de la crisis del petróleo. Al fondo se observa el cartel que anuncia el ingreso al Municipio 10 de Octubre.

2. A un costado de la avenida Porvenir se entra a una comunidad hace unos años reanimada culturalmente por el proyecto Muraleando. En la actualidad se ha producido un deterioro de las obras emplazadas en el lugar.

3. Un habitante de la localidad reposa, agobiado por la difícil cotidianidad de la isla, bajo el amparo de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba.

4. Cerrado, como la mayoría de los museos habaneros hoy en medio de la crisis, estaba el Museo Casa Natal de Camilo Cienfuegos, el Comandante de la Revolución.

5. El parque originalmente nombrado Dolores fue rebautizado en honor del popular héroe rebelde y sus palabras fueron impresas en un muro del lugar.

6. Economía y política se entremezclan en la realidad cubana como lo muestra este curioso personaje y su puesto de venta de hortalizas y frutas.

7. Casa donde residió la famosa cantante Celia Cruz, La Guarachera de Cuba, antes de abandonar la isla en 1960 y radicarse en Estados Unidos hasta su muerte en 2003.

8. En la colina del barrio de Lawton se encuentra emplazado este hermoso templo dedicado a Santa Clara de Asís.

9. Construcciones de origen desconocido y arquitectura discordante con el resto del barrio conocidas como “los Castillitos de Lawton”.

10. En una de las salidas del barrio de Lawton se encuentran las ruinas del antiguo Matadero. Varias familias han ocupado ese espacio creando un asentamiento ilegal de los que son llamados en Cuba de “llega y pon”.