Por Adriana C. Pineda
Uno de los rasgos que nos define a los mexicanos es que siempre tratamos de poner la mejor cara ante las visitas. El «pásale, perdón, está un poco tirado, ¿te ofrezco algo de tomar?» es una frase que todos hemos dicho, o nos han dicho, que parte del instinto de anticiparse a la crítica ajena. Hoy, con el Mundial, México abrió las puertas de su hogar al mundo, con todo el escrutinio que eso implica. Y la incomodidad que se derrama en redes no viene de lo que está saliendo mal —eso ya pasaba—, sino de vernos obligados a mirarlo con los ojos de quienes vienen a visitarnos.
Porque el caos que estamos viviendo frente al Mundial no es nada nuevo. En la Ciudad de México llevamos años con un Metro deficiente, que incluso cobró la vida de 26 personas en el colapso de la Línea 12 y la de una estudiante en el choque de vagones de la Línea 3. El aeropuerto lleva años rebasado, desde el sexenio de Fox se habló de construir uno nuevo, y después de la cancelación del NAIM, el AIFA ha demostrado estar lejos de ser la respuesta. Además, las coladeras llevan años tapadas, provocando inundaciones cada año, cuando las lluvias «atípicas» regresan a recordarnos que para ir a trabajar un paraguas ya no basta.
Por otro lado, los colectivos que hoy se manifiestan no inventaron sus problemáticas ayer. Desde que Morena llegó al poder, le prometió a la CNTE derogar la reforma educativa y la Ley del ISSSTE. Hoy la demanda magisterial es simple, que se cumpla lo prometido. Desde su campaña, López Obrador se comprometió con los familiares de desaparecidos —especialmente con los padres de los 43 de Ayotzinapa— a encontrarlos y hacerles llegar justicia. Una justicia que no ha llegado. Y los colectivos que denuncian a los narcopolíticos no son nuevos. Desde los procesos electorales en que Rocha Moya, Ramírez Bedolla y Américo Villarreal llegaron al poder ya estaban señalando sus vínculos con el crimen organizado.
Todos los días los mexicanos convivimos con más de 130 mil personas desaparecidas y una crisis forense de cuerpos sin identificar que no han sido devueltos a sus familias. Sabemos que Sinaloa lleva más de un año en medio de una guerra entre cárteles, y que ya no es solo el crimen organizado el que infiltra a los funcionarios, sino al revés.
Aun así, el gobierno intenta maquillar el Metro con candelabros en las estaciones más frecuentadas por turistas y distraer la mirada extranjera con cempasúchil en Reforma en pleno junio. Como hay fiesta, la casa se barre de prisa, el tiradero se esconde en el clóset y se saca la vajilla buena.
Vale la pena preguntarnos por qué aquello con lo que convivimos a diario —aquello ante lo que hemos sido indiferentes— hoy de pronto nos molesta tanto.
Fotografía Jorge Yeicatl