El cine no empieza con una cámara: una conversación con Jonatan Gómez

Por Abril Gómez, gestora cultural.

23 de junio de 2026. Centro Histórico, Ciudad de México.

«Porque es Daniel.»

Jonatan Gómez no necesita decir mucho más para explicar por qué decidió sumarse a Juana, la primera película dirigida por Daniel Giménez Cacho. La respuesta es breve, pero detrás de ella hay nueve años de trabajo, un proyecto que maduró con el tiempo y la oportunidad de colaborar con uno de los actores que más admira.

La conversación, sin embargo, pronto dejó de girar únicamente alrededor de Juana. Terminó convirtiéndose en una reflexión sobre el oficio cinematográfico y sobre todo aquello que ocurre antes de que el público vea una película en la pantalla.

Jonatan Gómez se desempeña como postproductor y escritor. Ha participado en Juana, Un buen divorcio, Cóyotl y la primera temporada de Reina Roja como postproductor y/o integrante del equipo de postproducción. También formó parte de los equipos de postproducción, dentro de los laboratorios donde fueron realizadas, producciones como Monarca, Mariachis, La casa de las flores y la multipremiada Ya no estoy aquí.

Pero hablar de cine, para él, no significa hablar únicamente de rodajes.

Además de su trabajo en postproducción, escribe. Actualmente desarrolla una historia sobre la eutanasia, un proyecto que lo ha llevado a investigar durante meses. Su interés no está solamente en contar una historia, sino en comprender el fenómeno desde distintas perspectivas antes de llevarlo a un guion.

Ahí aparece una de las ideas centrales de nuestra conversación.

El cine también es investigación.

Es leer, observar, escuchar y comprender el contexto de aquello que se quiere narrar. Por eso considera que quienes escriben, producen o dirigen deberían desarrollar una mirada cercana a la antropología. Entender a las personas y su entorno permite construir personajes más complejos y honestos.

Su formación tampoco termina cuando sale de un set.

Cuenta que procura ir al cine alrededor de cuatro veces por semana. Asiste al teatro con frecuencia y mantiene el hábito de la lectura porque considera que un creador nunca deja de aprender. Cada libro, cada obra y cada película amplían la sensibilidad con la que después se construyen nuevas historias.

Aun así, insiste en que ninguna escuela puede sustituir la experiencia.

«El cine se aprende haciéndolo.»

La frase le recuerda una lección que recibió del cineasta y profesor Juan Francisco Urrusti. Durante una clase, pidió a todos los alumnos contar una historia. Después comenzó a repartir tareas: uno sería el actor, otro iluminaría, otro tomaría la cámara y otro más se encargaría del sonido. En pocos minutos, el salón se convirtió en un pequeño set de filmación.

Sin explicaciones, todos comprendieron que una película nunca es el trabajo de una sola persona.

Jonatan conserva esa enseñanza hasta hoy.

«Todos los miembros son importantes.»

Lo dice convencido. Habla con el mismo respeto del director que del electricista, del fotógrafo, la maquillista, el sonidista, el asistente de producción o quien prepara el vestuario. Para él, cada persona sostiene una parte de la película y el trabajo de una depende del de todas las demás.

Esa coordinación también implica una enorme responsabilidad. Un error durante una jornada de rodaje puede afectar el trabajo de cientos de personas y representar pérdidas económicas importantes. Hacer cine significa asumir que cada decisión tiene consecuencias.

Cuando la conversación se dirige hacia la situación del cine mexicano, reconoce que sigue siendo una industria difícil para quienes comienzan. Sin embargo, considera que las redes sociales han abierto nuevas posibilidades para que actores, directores y realizadores encuentren espacios donde mostrar su trabajo y construir una trayectoria.

Respecto a Juana, considera fundamental que la película pueda recorrer tanto el circuito comercial como el independiente. Más allá del tipo de sala donde se proyecte, lo importante es que llegue al público.

La película aborda temas delicados, entre ellos el periodismo. Para Jonatan, esa es una de las grandes responsabilidades del cine: mostrar realidades que muchas veces preferimos ignorar y abrir conversaciones que trasciendan la pantalla.

Entre risas cuenta que ha visto Juana cerca de 300 veces. No lo dice con cansancio, sino como parte del proceso. Cada proyección le permite descubrir un detalle nuevo, detectar un error o confirmar una decisión.

Antes de despedirnos, la conversación deja una última reflexión.

En México se producen alrededor de 250 películas al año, pero solo unas 30 consiguen llegar a las salas de cine. Y cuando finalmente lo hacen, muchas comienzan otro reto: recuperar una inversión que suele arrastrar años de trabajo, investigación y deudas, mientras compiten con grandes producciones internacionales.

Después de escucharlo, resulta difícil reducir el cine a una cámara y un rodaje.

Detrás de cada película hay meses o años de investigación, escritura, observación y trabajo colectivo. Hay personas que leen, preguntan, ensayan, corrigen y vuelven a empezar una y otra vez para que una historia llegue a la pantalla.

Quizá por eso apoyar al cine mexicano también significa reconocer ese esfuerzo. Cada boleto comprado representa una oportunidad para que esas historias continúen encontrando un lugar entre el público.