Lo que no se olvida

 Por Said Antonio Cruz

Aconteció un 22 de julio, ocho días después de una efeméride tan romantizada: la toma de la Bastilla, cuyo espíritu libertario cruza la obra cumbre de Víctor Hugo. Los cañones, impostados en la iconografía monumental mexicana en el Parque de la Ciudadela, presenciaron la riña entre estudiantes de la Vocacional No. 5 del IPN y la Preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la UNAM. 

El conflicto se desató tras un juego de tochito. Corría el año de 1968. Lo que comenzó como un enfrentamiento juvenil, escaló rápidamente cuando los granaderos intervinieron con violencia desproporcionada, golpeando y deteniendo estudiantes. La represión se extendió al interior de la Vocacional 5, donde los cuerpos policiacos irrumpieron sin orden judicial, marcando el inicio de la brutalidad estatal. Y así, lo que comenzó como un juego a dos meses del inicio de las Olimpiadas, culminó en masacre el 2 de octubre de 1968. En la Plaza de las Tres Culturas, el Estado respondió con balas a una manifestación pacífica. En la Vocacional 5 fue el disparo ético; en Tlatelolco, el disparo físico.

Irónicamente, mi  alma mater  es el Instituto Politécnico Nacional y, particularmente, estudié en la Voca 5. Hasta la fecha camino por allí, pues soy oriundo del Centro Histórico de la CDMX. No obstante, debo admitir que en mis caminatas no llego a Tlatelolco; hay que recordar que eran vecinos del señorío de Tenochtitlan. También es cierto que uno no puede viajar al pasado, pero el cine nos presenta una distorsionada posibilidad. Basta con asomarse a la claustrofobia familiar de Rojo Amanecer para revivir la tragedia desde una ventana del edificio Chihuahua, donde el eco de los disparos se volvió perenne. Filmada en interiores, la película utiliza el encierro como recurso narrativo para intensificar el horror.

Jorge Fons dirigió Rojo Amanecer, filmándola en secreto en 1989 con casi nulo presupuesto, sin apoyo oficial y bajo censura gubernamental. Basada en el guion de Xavier Robles, la película retrata la masacre del 2 de octubre desde el interior de un departamento en Tlatelolco, usando muebles reales, fotos familiares y actores comprometidos que prácticamente no cobraron. El Estado obligó a eliminar varios minutos de metraje, pero la versión sin cortes circuló gracias a la piratería y copias enviadas al extranjero. Fons reveló que figuras como García Márquez lo consideraron “loco” por hacerla, y que el niño actor de 8 años, Ademar Arau, fue afectado emocionalmente por la intensidad del rodaje.

Esta audacia creativa no fue fortuita, pues Jorge Fons formó parte de la primera generación del CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM) que fue fundado en 1963 como respuesta al auge del cine de autor europeo y al declive del Cine de Oro Mexicano.

Cuando Rojo Amanecer llegó a las salas, lo hizo como un disparo que atravesó décadas de silencio. A pesar de la censura, las funciones se llenaron, abarrotadas por un público que buscaba, en la oscuridad de los cines, el mismo refugio asfixiante con el que María Rojo intentaba proteger a sus hijos. En las butacas la gente lloraba, contagiada por las lágrimas genuinas de impotencia de los hermanos Demián y Bruno Bichir, en la pantalla, se cernía un silencio que replicaba la parálisis total de Héctor Bonilla ante la ráfaga de las ametralladoras. Era como ver, por vez primera en los rostros de aquellos actores, lo que la sociedad entera sabía, pero nadie bajo el yugo del Estado se había atrevido a decir.

Bueno, al menos eso pensé, cuando muchos años después la vi, ya egresado de la vocacional no. 5 de La Ciudadela. El gobierno, que décadas atrás la había censurado, optó por transmitirla en televisión pública. Aunque en la actualidad, la censura ha mutado hacia algoritmos y leyes de mercado que priorizan el entretenimiento amable sobre la verdad incómoda, domesticando al cine actual y asfixiando la exhibición independiente. 

A esto se suma la sutil autocensura que imponen los fondos públicos y los altos presupuestos actuales, donde cuestionar al Estado con la crudeza de antes significa quedarse sin financiamiento. Por esto, el valor perdurable de obras como Rojo Amanecer radica en su urgencia por romper el silencio, recordando que Tlatelolco sigue doliendo y la infamia permanece imborrable.

Foto: Said Antonio