Por Abril Gómez
Fotografías Denisse Ureña
Sentí un nudo en la garganta.
Mientras observaba cómo llegaba la afición al Ángel de la Independencia, miles de personas vestidas de verde, blanco y rojo se encontraban, casi sin proponérselo, con la movilización antimundialista y con las familias buscadoras. Era una escena extraña: dos multitudes ocupando el mismo espacio, respirando el mismo aire, pero habitando realidades completamente distintas.
De un lado estaban las consignas de quienes buscan a sus desaparecidos. Del otro, la expectativa de quienes esperaban el inicio del partido de la Selección Mexicana.
Algunos se detenían a escuchar. Otros observaban por unos segundos al ajolote buscador, convertido ya en símbolo de una lucha que se niega a desaparecer. La mayoría continuaba su camino hacia las pantallas gigantes.
Cuando la movilización terminó, decidí quedarme. Quería observar.
Había algo fascinante en aquella multitud. Personas de otras nacionalidades portaban la playera mexicana como si también les perteneciera esa ilusión. Abuelos sentados en las bancas. Trabajadores que acababan de salir de su jornada. Familias enteras. Jóvenes cantando. Personas de distintos niveles económicos compartiendo el mismo espacio y la misma emoción.
Por unas horas desaparecían las fronteras sociales que normalmente organizan la ciudad.
Y entonces apareció una sensación amarga.
Porque una parte de mí comprendía perfectamente aquella celebración. México es un país que ha acumulado demasiadas heridas: violencia, incertidumbre, precariedad, desapariciones, desencanto. Quizá por eso el fútbol sigue siendo uno de los pocos rituales capaces de ofrecer algo parecido a una esperanza compartida. Un lugar donde, al menos durante noventa minutos, millones de personas pueden olvidar el peso de la realidad y creer que algo bueno puede ocurrir.
Pero la otra parte de mí no podía dejar de pensar en las familias buscadoras.

¿Cómo se vive un día así cuando no hay nada que celebrar? ¿Cómo se escucha el grito de gol cuando lo único que se espera es una llamada, una pista o una respuesta? ¿Cómo se atraviesa una fiesta nacional cuando se habita permanentemente el limbo de la ausencia y del olvido?
Mientras observaba aquella celebración también recordé a Pedro Lemebel. En muchos de sus textos aparece esa tensión entre la fiesta popular y las heridas que permanecen abiertas. Pensé en ello mientras veía a la multitud abrazarse. Las ciudades tienen una extraña capacidad para celebrar y olvidar al mismo tiempo. A unos metros de la euforia seguían resonando las voces de quienes buscan a sus desaparecidos. La fiesta no borraba el dolor, pero tampoco el dolor lograba detener la fiesta. Ambas cosas coexistían frente a mis ojos.
No habían pasado cuarenta minutos cuando comenzó una lluvia intensa.
Y, sin embargo, nadie se movió.
Los aficionados buscaron refugio donde pudieron. Algunos permanecieron bajo el agua. Los restaurantes, bares y cafeterías continuaron atentos a cada jugada. Parecía que ni la tormenta podía competir con el partido.
Llegaron los goles.
Incluso lejos de las pantallas era imposible no enterarse. El grito surgía desde distintos puntos de la ciudad y viajaba como una sola voz. Las personas se abrazaban. Los desconocidos celebraban juntos. La alegría se volvía contagiosa.
Y entonces me pregunté qué tiene el fútbol que logra lo que tan pocas cosas consiguen: reunirnos.
Seguí caminando hasta encontrar un taxi.
Durante el trayecto le confesé al conductor que no sabía mucho de fútbol, pero tenía curiosidad.
—Si usted pudiera dirigir a la Selección Mexicana, ¿qué cambiaría?
La respuesta fue inmediata.
—Todo. A nuestros deportistas les falta disciplina. Les falta esa obsesión por ser los mejores. Pero además, señorita, el fútbol también es político. Los mundiales no se entienden sin el dinero, sin los intereses y sin la forma en que se mueve el mundo.
Me sorprendió la respuesta. No porque fuera extraordinaria, sino porque recordé algo que solemos olvidar: la gente entiende mucho más de lo que creemos. Sabe que existen problemas. Sabe que existen intereses. Sabe que existen injusticias.
Tal vez la diferencia no está en la ignorancia.
Tal vez, después de tantos años de cargar con una realidad difícil, muchas personas simplemente necesitan, aunque sea por una noche, permitirse la alegría.
Mientras el taxi avanzaba por una ciudad todavía eufórica, pensé que quizás el Mundial no había creado ninguna contradicción nueva. Simplemente había iluminado una que siempre ha estado ahí.
Vi lo mejor de México: la capacidad de encontrarse en el espacio público, de abrazar a desconocidos, de compartir una alegría colectiva sin importar el origen, la edad o la condición económica. Vi a una ciudad capaz de detenerse por un instante para celebrar junta.
Pero también vi algo más.
Vi a las familias buscadoras caminando entre una multitud que esperaba el partido. Vi la ausencia mezclándose con la fiesta. Vi el dolor intentando hacerse escuchar entre los cánticos y los gritos de gol.
Quizá por eso la sensación que me acompañó toda la tarde fue agria.
Porque el Mundial pareció mostrar, al mismo tiempo, lo mejor y lo más doloroso de México. No como consecuencia de un solo gobierno ni de una sola época, sino como resultado de décadas de decisiones políticas, sociales y económicas que han ido construyendo el país que hoy habitamos.
Y entendí que no estaba viendo dos Méxicos distintos.
Estaba viendo el mismo México.
Un país capaz de producir la solidaridad de una multitud abrazándose bajo la lluvia y, al mismo tiempo, el abandono que obliga a miles de familias a salir a buscar por cuenta propia a quienes el Estado no ha encontrado.
Un país que grita de felicidad cuando cae un gol y que también guarda silencios imposibles de nombrar.
Entre la euforia y la ausencia, entre la esperanza y la herida, transcurrió aquella tarde en el Ángel de la Independencia.
Y quizá esa contradicción, más que cualquier resultado en la cancha, fue lo que realmente vi.


