Por Erick Saldivar
Tienes que lavarte los dientes rápido para que logres dormir mínimo seis horas. Por alguna extraña razón tus zancadas al caminar son largas y tu andar está a un paso apresurado solo para ir a la tienda a comprar un aperitivo.
¿Por qué lo estás haciendo a prisa, te has preguntado? Esa sensación de urgencia ha ido expandiéndose en sociedades que conviven mayormente en grandes ciudades.
La presencia de este fenómeno responde a un listado de tareas que planeas realizar en el trayecto de tu día, intentando desafiar al tiempo para lograr ver un capítulo de tu serie favorita al final de tu jornada.
¿Por qué lo queremos hacer todo rápido? No recibimos un beneficio por sentirnos apurados en realizar nuestras tareas diarias. Y aún con la conciencia y el conocimiento de ello, no dejamos de hacerlo.
Este comportamiento ha sido alimentado por años mediante la productividad laboral, la cual orilla al trabajador a interiorizar la “prisa” para lograr más productividad, y así conseguir un reconocimiento o un mejor puesto laboral.
Entonces, decidimos vivir a prisas, decidimos mantener la presión hacia nosotros mismos, con la esperanza de alcanzar la paz mediante la estabilidad financiera… “Cuando tenga los recursos, ya no será necesario tener este ritmo de vida”, “si fuera millonario, no tendría porque tener estas preocupaciones”; son ilusiones, si no es que ilusinaciones que tratamos de convencer a nuestra mente para proseguir con nuestra vida.
Incluso la implementación de la prisa en las grandes urbes ha modificado el modo de desplazamiento de los peatones. Un claro ejemplo de ello fue la instalaciones de puentes peatonales, que si bien pareciera un instrumento para evitar tragedias y accidentes de los que van a pie, realmente su funcionalidad se acerca más al contínuo paso del automóvil.
Es decir, se prioriza la movilidad del automotor debido a que el ser humano se desplaza con mayor velocidad en esas tecnologías aplicadas en el día a día. Mientras que el peatón debe cruzar el puente para desplazarse.
Si de manera consciente interiorizas “la prisa” en tu sistema nervioso debes estar al tanto de las perjudicaciones de salud que ello provoca. La sensación constante de urgencia, el estrés crónico y la presión de tener el tiempo encima afectan la salud del ser humano.
Distintos estudios científicos han detectado la relación entre la presión laboral y las enfermedades crónicas que puede ocasionar, lo cual pueden convertirse en un factor de riesgo para la salud humana.
Si bien un artículo publicado en 2012 en The Lancet -respecto a extensas jornadas laborales- arroja que la prevención del estrés laboral podría disminuir la incidencia de enfermedades, la continua sensación de presión estaría relacionado con enfermedades cardiovasculares.
Los investigadores de dicho estudio examinaron el papel de factores psicológicos dede hombres y mujeres sin enfermedad coronaria residentes en Europa, como el tipo de personalidad, la cognición y el estrés psicológico, en la causa de la enfermedad coronaria
No obstante, tener sensación de prisa de manera aislada, es decir, que no sea de manera continua, no representa una relación directa al causante de una enfermedad.
Un estudio publicado en Jama Network analizó la predisposición psicológica a sentir urgencia en más de 3 mil residentes de Estados Unidos, y los voluntarios fueron evaluados por su impaciencia y la urgencia temporal mediante un cuestionario psicológico. El grupo que calificó con mayor puntaje de urgencia temporal presentó 84% mayores probabilidades de desarrollar hipertensión.
No tenemos escapatoria en mantener interiorizada la presión debido a un sistema que solo te permite subsistir y vivir al día, pero es necesario no cederle el poder de tu vida a la prisa, identificarla y mitigarla cada vez que sea necesario, para así evitar futuros problemas de salud.