The Art of Pairing o las comidas maridaje no son para estómagos débiles

Por Arturo J. Flores

Emparejar es un arte. No cualquiera. Colocar personas, elementos, situaciones y detalles en un mismo escenario se parece mucho a preparar un trago. Los ingredientes tienen que trabajar juntos. Sin pelearse.

Así fue la experiencia The Art of Pairing, de Torres.

Primero, el escenario.

Un cafecito, algo tranqui.

El crimen sería no venir

Sylvestre es un restaurante —un asado argentino con influencia de la cocina mexicana contemporánea— ubicado en Polanco. Perteneciente a Grupo Hunan, responsable detrás de más de 16 proyectos gastronómicos en México y Estados Unidos, sin duda lo primero que impresiona es su locación.

La casona Calderón, ubicada en el número 74 de Anatole France, llama la atención por su color, su personalidad y su arquitectura. Para acceder a Sylvestre, hay que subir unas escaleras que conducen a un recibidor donde se exhibe, con cierto misticismo, un ejemplar de la novela El crimen de Sylvestre Bonnard, publicada en 1881 por el célebre autor francés Anatole France.

Si bien la historia se centra en un bibliófilo que fagocita páginas, también traza un paralelismo con quienes nos apersonamos en el restaurante para consentir el paladar.

Tres empanadas como tres mosqueteros.

Paraísos para beber

Segundo: beber y comer.

Para nuestra experiencia, Torres preparó un maridaje entre platillos y tragos diseñados para contrastar. Como lo dijimos al principio: para que cada uno hiciera lo suyo, pero yendo de la mano.

Lo primero fue un jugo de carne. Cayó como un elíxir. Luego vino una tostada de aguachile que se emparejó con un coctel de Torres 15 de ligero picor. Tuvimos la fortuna de que hacía calor, así que tanto la tostada como el trago nos transportaron mentalmente a la playa.

Más tarde llegó un trío de empanadas argentinas: una con queso, otra con carne y una más con verduras. El chimichurri las llevó a otro nivel, ya no digamos el toque de salsa arriera. Ahí es donde la gastronomía mexicana y la argentina se encontraban de frente para beneplácito de nuestro paladar.

Uno sabe que los tragos empiezan a hacer efecto porque comienza a levantar la voz. Para entonces, entre ejecutivos de la marca, periodistas y creadores de contenido (whatever that means), lo mismo charlábamos de particularidades de la comida que de nuestra banda de rock favorita, planificación familiar y hasta de la novela de Anatole France que le da nombre a Sylvestre.

Churros con dulce de leche: lo mejor de México y Argentina.

Hasta el tuétano

Fue entonces cuando los meseros, ceremoniosamente, nos pusieron enfrente los platos fuertes, junto con un coctel de Torres Alta Luz. Antes nos habían dado a elegir: un lomito de res con tuétano ahumado que se deshacía sobre la lengua y evocaba nuestro más antiguo espíritu animal… o bien, para quienes tuvieran más respeto por su coronaria, un róbalo a la mantequilla de habanero acompañado de vegetales.

Pero aunque en la vida no creo en los finales felices, cuando se trata de comer siempre hay que terminar con algo dulce. En este caso, el postre fueron unos churros con dulce de leche, maridados con un Torres de mazapán que nos transportó a un universo en el que otra vez fuimos niños.

…Bueno, de no ser porque se trataba de un licor.

Tercero, la promesa.

Porque, de corazón, que no sea la última vez. Un sibarita siempre querrá más.

Otro escenario, otro bocado, otro trago.

Y la oportunidad de redactar otra crónica como esta para demostrar que un estómago débil no merece el paraíso.