Por Adriana Romero-Nieto
Qué alivio: en la cultura de la violación siempre hay un descrédito para ellas y el beneficio de la duda para el perpretador. Más vale no investigar demasiado ni aplicar la justicia, porque no vaya a ser que las mujeres impostoras que denuncian le arruinen la límpida reputación al infortunado acosador, agresor, violador o, incluso, feminicida. Y de paso a la institución que lo protege, ya sea esta una empresa, una universidad, un partido político o una oficina gubernamental. Machos que protegen a machos porque de eso se trata la fraternidad, pero esas locas feministas lo llaman pacto patriarcal. Porque los hombres de verdad se solapan entre ellos. No señalan a sus compañeros, aunque sus acciones les parezcan inapropiadas o una completa transgresión. A los amigos siempre se les disculpa, defiende, encubre y si no hay nada bueno que decir, mejor nada, para eso también sirve el silencio. Y si acaso esa loca, que con su ropa y actitud instaba a todas luces que la piropearan, manosearan, lamieran, escupieran, golpearan, violaran, decide hablar y apela al mentado “consenso”, hombres, estimados, no se preocupen: ya todos ustedes y el sistema que bien los sostiene la ignorarán o se encargarán de acallarla. Todo en pro de cuidar a ese compañero o grupo de colegas que algún día serán los líderes del mundo.
Además se sabe que, aunque ella haya gritado, entre llantos y mocos, o, por timidez, más que por miedo, balbuceado un ahogado “no”, “bien que quería”. Por que a nadie ya le importa, aunque las feministas de la Cuarta Ola todavía hoy lo repitan, ese viejo slogan feminista de los años setenta que rezaba un incomprensible: “¡No es no!”. O todavía peor, la frase: “Lo personal es político”, de una tal Carol Hanisch, que algunas califican de emblemática, pero que es igual de inútil y críptica. Ni mucho menos el ya pasado de moda manual: Violación: El primer libro de consulta para la mujer, editado en 1974 por esas llamadas Noreen Connel y Cassandra Wilson, que fomentó la tan dañina y ridícula idea para el cortejo masculino de que existe un sistema que presenta a las mujeres como meros cuerpos a disposición, consumo y uso de los hombres para su satisfacción sexual.
Y es que ya sabemos que en ese férreo intento de desacreditar a los hombres y su poder, las mujeres se inventan términos estrafalarios como patriarcado, andocentrismo, masculinidad hegemónica, sexualización y hasta cultura de la violación, y para justificarlos dicen crear mucha teoría feminista y hasta escribir alguno que otro libro. Por ello, los hombres deben ir con cuidado en este nuevo mundo de la rebelión del género, porque, incluso muerta y debajo de la tierra, esa mujer pérfida que los acusa de violación o violencia no parará con su descrédito. Sin razón ni causa, la calumnia lo perseguirá cuando por la muerta hable un grupo de mujeres delirantes y rabiosas, conformado por las amigas, las hermanas, las aliadas o las insoportables feminazis. Esas que hoy, en México, justifican sus protestas y pintas con algo llamado: digna rabia, porque, según ellas, las cifras oficiales indican que cada año se asesinan en promedio a diez mujeres al día y que, apenas entre enero y agosto de 2026, se han contabilizado 440 feminicidios y una cifra considerable de homicidios dolososde mujeres en ese país. Esas que en régimenes más civilizados y democráticos como el estadounidense, el argentino, el salvadoreño y ahora colombiano están en proceso de convertirse a un movimiento más valorizante para las mujeres llamado tradwife. Porque ahí, en sus casas, mientras lavan platos, crian hijos, preparan la cena sí estarán seguras y bien protegidas. ¿De quiénes? Pues de ellos, mismos, los inocentes hombres.
Sí, sí, todo mundo sabe que a lo largo de la historia de la humanidad algunos hombres han violado por aquí y por allá a mujeres, pero tampoco es que ellas deban de quejarse tanto: desde la China Antigua hasta la Europa Medieval, pasando por Babilonia y el mundo grecorromano, la violación, como hoy en día, estaba prohibida. En aquel entonces, como las mujeres aún no eran sujetos, sino propiedad del padre, hermano, tío o esposo, por protección de ellas mismas, sólo aquellas que eran dignas ⎯ya saben, las vírgenes, casadas o comprometidas y de clase alta⎯ tenían derecho a que su honor lo salvaguardara una legislación. Porque bueno, ellas y su virginidad, como propiedad privada de los hombres respetables, equivalían casi en valor a una yegua, una vaca o una cerda. Y lo que es de ellos se cuida. Las demás: las pobres, las sirvientas, las no ciudadanas, las solteras, las raptadas, las esclavas o las concubinas, si no tenían dueño, cualquiera podía apropiarse de su cuerpo como les diera la gana. Y si tenían proprietario, siempre había un precio. Por fortuna, tampoco es que la situación haya cambiado tanto; hacerse por dinero o la fuerza del cuerpo de una mujer todavía se practica hoy en día.
Así que cuando alguien habla de cultura de la violación claramente exagera. Desde Kate Millet en su Política sexual que le metió a muchas mujeres la idea de que la violación constituye una forma extrema de dominación y control porque dizque les restringe su libertad, condiciona su comportamiento, reduce su movilidad y relación con el espacio público. O peor aún, la tal Rosa Cobo, que se aventura a decir que “la pornografía es la pedagogía de la prostitución” para insinuar que las peliculitas de PornHub con las que sel sexo masculino se masturba las madrugadas del sábado construyen a las mujeres como cuerpos hipersexualizados, sin individualidad y receptores de violencia. Hasta Franςoise Vergès con su idea de politizar la violación, que dice que esta no debe analizarse exclusivamente como una relación agresor-víctima, sino preguntar qué instituciones, relaciones de poder y políticas permiten que determinadas violencias se produzcan, se reproduzcan o queden impunes.
Y si ahora revisamos la historia contemporánea del abuso y el acoso sexual ⎯las violaciones tumultuarias contra mujeres trans en Tlaxcoaque en la Ciudad de México en las décadas de 1970 y 1980; el brutal e impactante caso Nirbhaya en Nueva Delhi, la India, en 2012; el muy reporteado, pero ya olvidado, caso de los Porkys en el estado de Veracruz en el 2015; la agresión masiva sexual en Colonia, Alemania, en el Año Nuevo de 2015-2016; el de “La manada de Campeche”, en el sur mexicano, en 2025; las ya conocidas denuncias del mundo de Hollywood contra Harvey Weinstein; la complicidad de toda la red del caso Epstein; los jactanciosos comentarios de Donald Trump cuando afirmó que si un hombre es famoso, las mujeres se dejan agarrar la vulva; hasta el caso de los “7 de Cornell” que sucedió en una de las universidades de élites norteamericanas en 2024, y que hoy toma nueva relevancia mediática⎯ concluiremos que justo y ante todo siempre hay que dudar de la palabra de ellas, las rabiosas y vengativas mujeres. Que andan diciendo por ahí que uno o varios hombres las abusaron, las violaron. Porque no vaya a ser que sea una falsa denuncia, y recordemos bien que a los pobres hombres que tanto calumnian hay que protegerlos, a costa de todo, a costa de la justicia y, ante todo, a costa de ellas.
Además, bien se sabe que los hombres violan por instinto de preservación de la especie humana, como ya defendieron los biólogos Randy Thornbill y Craig T. Palmer en su libro Una historia natural de la violación, donde afirman que los hombres están genéticamente programados para violar a fin de mejorar sus expectativas evolutivas de fecundar mujeres que de otras manera no tendrían a su disposición. Una tesis que, como si fuera una atinada casualidad, la académica Mary C. Still, de la precisamente ya mencionada aquí y ultracitada en redes sociales Universidad de Cornell, defendió. Es de sorprender, entonces, la indignación que esta publicación levantó en el mundo anglosajón. Tal vez porque, como critica la ya mencionada periodista y académica alemana, Mithu M. Sanyal, en su libro Violación hay un “terrible mensaje que constituye para un adolescente la enseñanza de que ‘la violación está en sus genes’” y “cómo se supone que así va a lograr desarrollar una relación saludable con su propia sexualidad si, en teoría, debe al mismo tiempo luchar contra ella”. Y aquí las feministas, más que a la biología, vuelven a referir con cierta necedad a Vergès y su tesis de que la violencia hacia las mujeres no se trata nada más de “un grupo de hombres violentos”, sino, ahora resulta, que de todo el sistema. Pero una vez más: exageran. Porque cuando el presidente Trump se rehúsa a liberar los archivos Epstein o en recientes declaraciones califica de corrupta a la fiscal general de Nueva York, Letitia James, y dice que se siente mal por los infortunados siete muchachitos de Cornell, no representa a ningún patriarcado opresor, lo único que hace es empatizar con esos pobres hombres errónamente señalados y hablar desde el corazón.
Así que a todas esas mujeres, esas feministas que con su mentada digna rabia gritan: ¡Yo también soy Jane Doe!, les replicamos: no se preocupen, lo sabemos, estamos muy conscientes de que a ustedes o a una de sus amigas, hermanas, sobrinas e hijas también le pasó.
Adriana Romero-Nieto tiene más de 20 años de trayectoria como editora, traductora del inglés y francés y gestora cultural. Actualmente es fundadora y directora de la Feria Internacional del Libro de Género y Feminismos (FILGem). Ha publicado artículos y ensayos El País, La Gaceta del FCE, la Revista de la Universidad de México, Confabulario, Laberinto, Animal Político, Cronopio, Opción y Abismos. Ha participado con un cuento y ensayo, respectivamente, en las antologías El día que le dispararon a Colosio (Abismos, 2019) y Gourmandise. Recetas de autor y cocina para la vida (Paraíso Perdido, 2022). Un cuento suyo fue finalista del concurso de Ficción para escritoras latinoamericanas y publicado en la revista Vogue Latinoamérica.