Por Manu Ureste
Es una cantina de mala muerte; un viejo cabaret sin glamur alguno en el barrio chino de la Ciudad de México, a unas pocas cuadras del Palacio de Bellas Artes y de Balderas, en el centro histórico.
Los farolillos rojos de los restaurantes de comida cantonesa, de los que salen un fuerte aroma a arroz refrito que se mezcla con el hedor a aguas negras de las coladeras, hace rato que se prendieron con la caída de la noche.
La entrada al cabaret, que está oculta por una mampara, está custodiada por el clásico guarura: un tipo cincuentón, de espaldas anchas, cara picada por la viruela, cabeza afeitada, y una cadena gruesa de oro al cuello.
–Pásenle, hay lugar –murmura con desgana y sin sacar las manos de los bolsillos de la chamarra negra de cuero. A su espalda, una patrulla de policía pasa lentamente por la puerta del local con las luces violáceas prendidas. Las ratas, con las luces y el ruido de la patrulla, cruzan la carretera para volver a esconderse entre los huecos de las jardineras.
Enfrente, en la calle de Dolores esquina con Independencia, hay otra cantina que tiene el mostrador de madera largo y ancho, y una carretilla dorada a ras del suelo sobre la que los comensales que platican entre murmullos apoyan el pie.
No se puede fumar, pero es fácil imaginar otros tiempos en los que el salón de esta cantina estaba envuelto en una densa neblina azulada.
En un extremo de la barra de madera oscura, que aparece como una de las locaciones de la película El Complot Mongol, aún se conserva un letrero de metal que hace mucho tiempo se quedó sin vigencia, y que reza que está “prohibida la entrada de menores, mujeres y vendedores ambulantes”.
Se trata del antiguo Salón Habana, hoy la ‘Cantina Tío Pepe’; un bar elegante con adornos barrocos tallados en madera y de mucha solera: lo abrieron en 1874.
Poco después de las diez, la cantina cierra sus puertas para disgusto de los comensales, que aún ávidos de noche dejan las fichas de dominó sobre las meses de los cubículos privados donde departían, y abandonan el lugar para cruzar la calle y entrar al viejo cabaret venido muy a menos, donde el guarura de cabeza afeitada los recibe con la misma mueca cansada.
Nada más atravesar el umbral, una explosión de olores recibe a los comensales con una sonora cachetada en la cara. El olor rancio a orines, a baños y desagües viejos, a sobacos y a fuertes perfumes baratos, flota por el ambiente manteniendo en un estado de somnolencia a los tipos que, con la mirada vidriosa perdida en la botella de cerveza, ocupan las mesas más alejadas del escenario; las que están al fondo del local protegidas estratégicamente de las miradas por la penumbra.
En el lugar reina un extraño silencio. Todos se cruzan miradas mientras parecen reflexionar sin pronunciar palabra entre trago y trago de cerveza, tequila blanco o una cuba de ron Bacardí, el clásico ‘bacacho’.
Así, hasta que por fin alguien se levanta de su mesa y se dirige con paso cansino y algo tambaleante por el alcohol a la rocola polvorienta que está junto a un escenario de tarima de madera que rechina. Ahí, junto a un póster amarillento de casi dos metros de altura de una modelo de curvas sugerentes y peinado ochentero a lo ‘leona’, el tipo acierta a introducir unas monedas y se toma su tiempo para elegir una rola nostálgica de desamor y añoranza que bien podría ser la banda sonora de este lugar y la noche.
“Esa niña ya cambió,
no supe ni cómo fue,
tan solo la miré,
y poco a poco, bebé
tú te me alejabas más…”.
Las letras de Junior H, un joven cantante de moda de corridos tumbados, contrasta con todo en esta cantina de suelo grasiento y de tiempos ya tan lejanos como la juventud de la voluptuosa modelo ochentera del póster amarillento.
“Y aunque a veces a la noche le imploro,
que vuelvas porque ahora me siento solo,
aunque a veces tomando no la aguanto,
y me dice que no será pá tanto,
y yo intentando contener mi llanto,
haciendo como que no me duele tanto…”
Ante la llegada del nuevo grupo de comensales que salió exiliado de la cantina del ‘Tío Pepe’ en busca de más alcohol y desmadre, un mesero de unos veintipocos, de chalequito negro, camisa blanca que ya lleva muchas lavadas y planchadas, y pantalones negros que le quedan grandes y ajados, sale presto a recibirlos y les ofrece diligente una mesa grande de 12 lugares.
A la par, del interior del local, de un cuartito junto a los baños hediondos –también es fácil imaginar que en otros tiempos habría aserrín esparcido por el suelo para absorber los meados que caen fuera de los mingitorios de pared– sale de la nada un desfiladero de mujeres de todas las edades, formas y vestimentas, que se desperdiga por el cabaret.
Son las clásicas ‘ficheras’ que trabajan haciendo compañía a los parroquianos, quienes compran fichas en la cantina que luego les entregan por cada copa, baile, y un poco de plática.
En una mesita, un hombre de unos cincuenta alza el brazo para llamar a una de las ficheras; una mujer de unos treinta, enfundada en una minifalda muy ajustada, botas de cuero negras, y un top negro pegado a su anatomía curvilínea. De inmediato, la mujer se sienta y lo saluda con familiaridad; parece que ya se conocen de otras ocasiones. Ella le acaricia el poco pelo que le queda en la cabeza, y él le sirve una copa, para luego, simplemente, quedarse ambos en silencio un largo rato y mirando el escenario aún vacío de músicos, hasta que el tipo pide otras dos cubas y una botanita de cacahuates salados.
En otra mesa cercana, lo mismo. Otro cincuentón, este muy gordo y desaseado –a varias mesas de distancia se intuye el olor a sudor de su camisa de cuadros sucia y entreabierta hasta casi la mitad del pecho–, alza la mano y llama a otra mujer mucho más madura que luce los ojos muy pintados y perfilados, y lleva el pelo negro muy estirado y recogido en un chongo. La mujer, que con la ayuda del maquillaje y de unos profundos ojos negros aún conserva en su rostro parte del atractivo que tuvo en su juventud ya lejana, le sonríe también con familiaridad. Pero el tipo sigue con los codos apoyados en la mesa y la mirada perdida en la nada. Por momentos, cuando ella le pone la mano sobre la nunca, en un gesto que parece más maternal que de cortejo, de ‘venga hombre, ánimo’, el tipo parece que va a romper a llorar en cualquier momento.
A la media noche, los músicos hacen acto de aparición con sus trompetas, bongos y timbales. Uno de ellos, el que va a cantar, es un señor mayor muy delgado; prácticamente un anciano encorvado que, no obstante, conserva la sonrisa pícara de un showman de crucero de vacaciones en el mar cuando saluda a su público.
Por fin, la música suena y el silencio y los murmullos se apagan.
El anciano, que viste un ajado traje blanco color marfil que le queda muy grande, lleva con manos temblorosas el micrófono a un palmo de la boca y coge una bocanada de aire.
“Amiga, déjame decir todo lo que sientooooo”
Con los primeros compases del tema ‘Qué locura enamorarme de ti’, del salsero Eddie Santiago, las ficheras se levantan como un resorte de sus sillas y toman de las manos a los tipos que, a estas alturas de la medianoche, aún están en condiciones de bailar sin salir rodando por la pista.
“Qué locura fue fijarme justo en ti/
Y en silencio, yo te quieroooo”
Con cada nota alta, aguda, el viejo showman desafina horrible. Parece a punto de ponerse a toser sin control y a escupir gárgaras sobre el suelo.
“Si creo que antes de nacer ya te estaba amandoooooo”.
Con la última tonada chirriante, un tipo de unos cuarenta y tantos, de los pocos que permanecen sobrios en el viejo cabaret, niega con la cabeza y esboza una sonrisa observando el escenario.
–Qué mal canta el hijueputa –le comenta con acento colombiano y por lo bajo a otro comensal que ríe y le da un sorbo a la cuba–. ¿Pero sabes qué es lo mejor, güeón? Que al señor ya no le importa; está derrotado. Como todos acá: están derrotados –dice el colombiano que pasea la mirada por las mesas del local.
El viejo showman sigue cantando ante la mirada de las modelos ochenteras de los pósters tan amarillentos como su dentadura.
“Amiga, muero sin tener el beso de tu bocaaaaaa”
Abajo del escenario, en las mesas más alejadas, las que parecen estratégicamente ocultas por la penumbra, los borrachos de ojos vidriosos permanecen recostados sobre sus antebrazos. Ahí parecen transitar su particular tormenta y naufragio; solos, en silencio, y sin dinero suficiente para comprar una de esas fichas con las que muchos en este viejo cabaret buscan plática, escucha, y algo de compañía con la que no sentirse derrotados.